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Sammy, huida hacia el sur

7 Mar

“Todo es explicable en los términos de la conducta de un niño pequeño.”

Stanislaw Lem

 

 

Sammy, huida hacia el sur

 

Sammy, huida hacia el sur

Año: 1963.

Director: Alexander Mackendrik.

Reparto: Fergus MacClelland, Edward G. Robinson, Zia Mohyeddin, Constance Cummings, Paul Stassino, Orlando Martins, Harry H. Corbett, Zena Walker.

 

 

             Según Alexander Mackendrick, el cine de aventuras infantil no es un espacio luminoso, ni un escenario apropiado para hazañas exóticas e inmaculadas, ni el protagonista del relato superará las pruebas de la vida, alcanzando con ello la madurez, gracias a la inmarcesible pureza que, en teoría, caracteriza a su condición de niño.

Aunque divertidas e imaginativas, las aventuras infantiles que propone Alexander Mackendrick se desarrollan más bien en ambientes que, bajo su espectacularidad, esconden abundantes parajes umbríos y sucios, mientras que el niño no es ni por asomo un dechado de virtudes sin corromper, el buen salvaje de intacta ingenuidad que presume la tradición popular.

             Si bien esta concepción particular, honesta y apasionante alcanzará su cima con Viento en las velas, la precedente Sammy, huida hacia el sur, ofrece ya un estimable ensayo, aunque aún imperfecto, sobre sus principales claves.

La aventura del pequeño Sammy, hijo de la caída del Imperio británico afincado con su familia en el Port Said rebelde de mediados de la centuria pasada, se inicia en un ambiente hostil y extraño, entre alambres de espino y altavoces que escupen lenguas incomprensibles y amenazadoras; una experiencia que nace de la más atroz tragedia: la muerte de sus padres durante uno de los bombardeos ingleses sobre el estratégico enclave egipcio.

Así, a pesar de tratarse de un viaje iniciático, Sammy, tal y como refleja un primer plano sobre su mirada, ha perdido ya la inocencia en la primera secuencia.

             Imagen paralela de toda una nación en decadencia, el antiguo rey del mundo se encuentra ahora confuso y desamparado –de la misma manera que más tarde puede pasar a ejemplificar la integración británica en un nuevo panorama multicultural o, al mismo tiempo, la preeminencia racial capaz de conquistar, aun de niño, un territorio remoto e inhóspito-.

Una situación desesperada que conduce al protagonista la decisión de realizar un descabellado viaje a la lejana Durban, Sudáfrica, lugar de residencia de una tía desconocida; diáfano rito de paso necesario hasta lo obsesivo para la madurez del joven, y, a su vez, auténtico acto catárquico y de expiación personal –significativo en este recorrido circular redentor serían el parecido físico entre los adultos que aparecen en el inicio y el final del filme-.

             Conviene mantener cierta distancia frente los pasajes de la fantasiosa e improbable epopeya que lleva a un crío de apenas diez años a atravesar el continente africano en solitario, perteneciente al cine de aventuras más clásico y envejecido, con diferencia la parte menos entusiasmante del filme por ello, pese lo solvente de su narración. Una actitud condescendiente hacia los códigos del género que servirá para disfrutar en mayor medida de la deslumbrante clarividencia y finura de Mackendrick a la hora de exponer la parte más turbia y perturbadora de la obra.

Porque aparte de la muerte, decisiva y omnipresente en todas las fases del argumento, Sammy, huida hacia el sur no duda en arrojar a la cara del espectador cuestiones tan abrasivas como las insinuaciones sexuales del mercader sirio –en su mayoría cercenadas en el guion y la sala de montaje por la productora-, la mentira como parte indisociable y obligatoria del hombre –compartida en la narración de su vida tanto por el joven como por un ídolo casi mitológico, que en realidad no lo es tanto-, la irreparable y duradera parte oscura que conlleva toda gloria efímera –la caza del leopardo-, la mirada dura y sin brillo de Sammy ante muchas de las maravillas que se despliegan ante él, o la difusa ética de la infancia, ejemplificada en su utilización de otros individuos como simple herramienta para su propósito –los americanos, el santón musulmán- o en la aceptación de la violencia como de un hecho perfectamente risible –el referencia a la terrible huida de casa del viejo cazador, tratada como una anécdota cómica-.

             De este modo, como en la citada Viento en las velas, lo mejor del filme procede de la insólita relación entre el niño y su objeto de idolatría, en este caso un crepuscular Edward G. Robinson de profesión cazador furtivo de diamantes, desde luego un ejemplo de vida alejado de cualquier canon civilizado. Padre, hermano, amigo, posible visión de futuro y, como el capitán Chávez de aquella, un héroe a imitar que hace acto de presencia ascendiendo por una cuerda, con el mismo efecto de instantánea revelación divina ejercido tanto sobre el muchacho como sobre el espectador, emparentados en la experiencia a su vez por una cámara que siempre se sitúa a la misma altura que su protagonista.

Mackendrick explota su habilidad para la dirección de actores, en especial infantiles, para establecer una relación de profunda complicidad entre un hombre de vuelta de todo y un niño que necesita encontrar el rumbo de su propia vida, entre un viejo bribón criado por las implacables circunstancias y un ser humano aún por moldear, con todas las incertidumbres y peligros que ello supone.

             Y, a lo largo de ese agridulce proceso de iniciación y aprendizaje, Sammy, huida hacia el sur compone, por tanto, un cine de aventuras tan desapacible como notable.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

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