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Muertos y enterrados

26 Feb

“Cada vida hace su propia imitación de la inmortalidad.”

Stephen King

Muertos y enterrados

Muertos y enterrados

Año: 1981.

Director: Gary Sherman.

Reparto: James Farentino, Jack Albertson, Melody Anderson, Robert Englund.

Tráiler

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            Aunque no lo parezca, se puede hacer cine de terror sin limitarse a acumular sustos gratuitos en medio del absoluto vacío, sin calcar modelos pornográficos adaptándolos a la banal sed de hemoglobina falsa, sin recurrir al impacto simplón de efectos visuales y de sonido que funcionan más por arrollamiento que por inteligencia, sugestión o conocimiento del lenguaje visual. Ni siquiera es necesario un presupuesto amplio; sí, al menos, buena voluntad y respeto por el interlocutor al otro lado de la pantalla, unos sólidos fundamentos sobre narración cinematográfica y ganas de divertir contando una historia de miedo.

             En Muertos y enterrados nos encontramos, para empezar, un guion firmado por los escritores de Alien, el octavo pasajero y que recorre la investigación del sheriff de un pequeño pueblo costero a propósito de una serie de atroces asesinatos de forasteros ocurridos un breve lapso de tiempo y sin motivo aparente, perpetrados en realidad a modo de deportiva caza del hombre a fin de mantener sana y unida la hermética comunidad de vecinos.  

Una premisa inicial llena de desparpajo y sibilinas trazas de humor negro que puede leerse, a su vez, como denuncia del arraigo y la fascinación por la violencia en la sociedad americana, el culto a los muertos derivado hasta casi la necrofilia e, incluso, el mismo miedo a la supresión de la conciencia y la libertad individual en favor de un ente superior y omnímodo que tantas películas de terror había dado durante los años del red scare y la Guerra Fría como representación metafórica del sistema comunista.

             Es, de hecho, el personaje del amortajador interpretado por el entrañable Jack Albertson sobre el que inconscientemente va girando todo el asunto: un autoconsiderado artista de la muerte, un esteta del cadáver, un creador de souvenires para la eternidad, acaso también imagen simbólica de esos constructores de ficciones ‘ultrarrealistas’ que son los creadores del cine de terror. Si el lema de la Tyrell Corporation de Blade Runner para sus replicantes era “más humanos que los humanos”, el de la funeraria que regenta tan insólito individuo podría ser perfectamente “más vivos que los vivos”.

Trasladándolo al contexto de la producción, sería aquí Stan Winston quien, precisamente, bien merecería equipararse con el citado sepulturero; un clásico del maquillaje y los efectos especiales que entrega aquí unas cuantas muestras de artesanía pura de tiempos en los que los ordenadores tan solo eran capaces de generar cifras en verde sobre pantallas negras.

             Un aspecto gore que más que del director, Gary Sherman, quien prefería centrarse en el subrepticio y ácido sarcasmo oculto bajo la trama, provendría de parte de la productora, que a la postre dedicaría además una buena ración de tijera a las partes más mordaces de la película.

Sea como fuere, Sherman exhibe todavía en el corte final un templado manejo de la tensión narrativa, que logra hacer bueno el suspense del libreto dibujando un ascenso progresivo en la intriga y el desasosiego gracias a la modulación de los sorprendentes giros en el relato –cada vez más desvergonzadamente tramposos, eso sí, según nos adentramos en el desenlace-, al mismo tiempo que controla con mano férrea el ritmo interno de cada escena, sus momentos de ansiedad y espera y sus correspondientes sobresaltos.

             En suma, Muertos y enterrados proporciona un grato divertimento incluso para aquellos que, como un servidor, están lejos de ser fanáticos del cine de terror. Un filme, por tanto, muy entretenido, impactante y sangriento cuando precisa serlo y dotado además de cierto sustrato de mala leche que lo hace aún más disfrutable.

            Con escaso éxito en taquilla, pasaría a ostentar esa sobada y difusa calificación de ‘película de culto’. E, irónicamente, sería la despedida del veterano Albertson de la gran pantalla, fallecido poco después a causa de un cáncer.

Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

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