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Viento en las velas

24 Feb

“La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras.”

Jean-Jacques Rousseau

 

 

Viento en las velas

 

Viento en las velas

Año: 1965.

Director: Alexander Mackendrick.

Reparto: Deborah Baxter, Anthony Quinn, James Coburn, Benito Carruthers, Nigel Davenport.

Tráiler

 

 

            No es La isla del tesoro, ni Capitanes intrépidos, ni las aventuras de Los Cinco. Como en las dos primeras, el mar, con sus abruptos contrastes de belleza y desolación, sirve el escenario para el crecimiento moral y emocional del niño, para la pérdida de su inocencia si es que alguna vez la tuvo. Una niña, en esta ocasión, que forma parte de una patrulla de cinco hermanos embarcados en las más inverosímiles aventuras, como en el tercer caso.

Sin embargo, en Viento en las velas, basada de la novela Huracán en Jamaica, de Richard Hughes -de la cual el realizador, Alexander Mackendrick, era admirador confeso-, el viaje iniciático está poblado de malicioso humor, los niños distan de ser querubines cándidos y desprotegidos, y la más densa amargura, descerrajada sin paños calientes y sin rebajar con azúcar, forma también parte indisociable de la experiencia, como en la vida misma.

No se trata, ni mucho menos, de una película infantil.

            La pequeña Emily (impecable Deborah Baxter, ayudada por su aspecto nada angelical), hija de colonos británicos en el Caribe y enviada junto a sus hermanos a civilizarse a Inglaterra, vive una revelación cuando ve ascender por la proa del barco-guardería al rudo y malencarado capitán Chávez (Anthony Quinn, exagerando su acento mexicano y explotando las contradicciones entre su aspecto brutal, su vis cómica y su capacidad para generar emociones), líder de un desarrapado grupo de piratas. Es el encuentro con el modelo vital a imitar con desesperada vocación. Porque, de hecho, son los niños quienes en realidad abordan el barco pirata.

            No obstante, como decíamos, esta no es una comedieta de medio pelo basada en la ruptura de los arquetipos de conducta propios de los niños para que estos hagan enloquecer a unos a priori temibles adultos –entre los que figuran tipos tan duros como el gran James Coburn o el propio Quinn-, reducidos al ridículo a partir de esta apariencia peligrosa que no sería tal.

Todos ellos son individuos fuera de su elemento, efectivamente –incluso el barco pirata sigue fiel al viento y las velas en un mundo que hace tiempo descubrió la navegación a vapor-, pero la lógica de  las actitudes, los comportamientos, y los acontecimientos se mantiene en esencia dentro de los parámetros de la verosimilitud.

Los niños, por tanto, no son cursis, ni irritantes, ni sus ocurrencias suenan a impostura. Ellos actúan con la lógica incomprensible y genial de la infancia, ajena a su típica y mentirosa idealización, en la que la muerte y la religión son conceptos abstractos y difusos que pueden provocar indiferencia o burla y el instinto es lo suficientemente fuerte para intuir el bien y el mal y, acaso, puede inclinar a sentir una fascinación retorcida, inconsciente o simplemente interesada, por qué no, por este último.

            La vida en el barco de Chávez y su supersticiosa tripulación puede ser una aventura que vaya de asombro en asombro, de juego en juego, y, aun así, Viento en las velas no escatima en absoluto en dar agresivas y perturbadoras muestras de la turbulencia real del choque de los críos con la vida de estos bandidos y forajidos: la violencia sexual, ejercida sobre otra cautiva adolescente y hasta sugerida en ocasiones sobre la niña protagonista, sobrevuela el relato desarmando su apariencia de cine familiar, aguijoneando al desprevenido espectador como una avispa.

            Con la dirección de un Mackendrick pletórico, sagaz, rotundo y sutil a la hora de jugar con los ritmos y, en especial, el tono de su película, la historia avanza bajo sus excelentes y divertidas formas de aventura clásica hacia una contundente, emotiva y al mismo tiempo hermosa, agria y cáustica resolución atravesando un camino que para nada es dulce, sino que, por contra, cada vez se aprecia más melancólico, turbio y angustioso a pesar de la viva, profunda y en ocasiones ambigua relación entre un bribón que reencuentra el oro alojado en su pecho y una niña con ansia por experimentar las apasionantes vivencias, fuertes emociones e indómita libertad que ve reflejadas en el basto rostro del capitán.

Una joya.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 9.

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