Tempestad sobre Washington

18 Feb

“En política son los medios los que deben justificar el fin.”

Albert Camus

Tempestad sobre Washington

Tempestad sobre Washington

Año: 1962.

Director: Otto Preminger.

Reparto: Henry Fonda, Charles Laughton, Don Murray, Walter Pidgeon, Lew Ayres, Franchot Tone, Gene Tierney.

Tráiler

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            Hace una semana, el ministro de Economía y Hacienda, Cristobal Montoro, ponía una vez más a prueba la proverbial dureza granítica de su rostro cuando trasladaba en una rueda de prensa una máxima del sentir popular: de qué se quejan (en referencia a la oposición), si corrupción política la hay en todos lados, de toda la vida.

Desde luego, que un ministro se lance a afirmar tal cosa es de una desfachatez inaceptable, si bien, obviamente, sí es cierto que la corrupción es parte intrínseca del egoísta ser humano, paliada en buena medida –no la suficiente- por un Estado de derecho basado en principios éticos humanistas y democráticos.

             La preocupación por las fallas de la democracia, las que permiten la acumulación de polvo y mugre en las recónditas esquinas del sistema y la conversión de la profesión política en un juego marrullero, cínico y de intereses particulares o, como mucho, de partido, es un punto de reflexión y debate desde prácticamente el inicio de la misma.

El cine, efectivo condensador y fiel proyector de las inquietudes sociales, también se ha hecho eco de la misma, como no podía ser de otra manera.

              Tempestad sobre Washington supone uno de sus más claros y más logrados ejemplos, basado en la novela que le valdría el premio Pulitzer a Allen Drury, ostentador de una vigencia desgraciadamente incuestionable y al que, si acaso, se me ocurre que cabría actualizar añadiendo la incidencia de los denominados poderes fácticos en la elaboración de políticas, factor clave y decisivo a nivel global y, en especial, en el paisaje estadounidense.

              El caso es que austriaco Otto Preminger, dueño de una libertad dentro de la industria hollywoodiense que ya le había permitido abordar temáticas tan ásperas, polémicas y anticomerciales como la drogadicción en la pionera El hombre del brazo de oro o los oscuros callejones del poder eclesiástico en El cardenal, procedía ahora a poner bajo su incisivo foco la alta política norteamericana en tiempos de Guerra Fría, contradictorio paradigma de libertad.

Una corriente crítica propia que se apoya a su vez en el auge paralelo de la generación del compromiso, un grupo de nuevos cineastas que plantearía a lo largo de la década cintas políticas como El mejor hombre, Punto límite, El último testigo, El mensajero del miedo, Siete días de mayo o la icónica Todos los hombres del Presidente –algunas más cercanas al cine de intriga y el thriller-, además de otras tantas centradas desde otros puntos de vista –judicial, policial,…- en la defensa de los valores liberales y democráticos de la sociedad.

               A propósito del nombramiento como Secretario de Estado de un senador ferozmente independiente y abiertamente dialogante, en medio de una crisis de liderazgo por los rumores de la agonía del Presidente en cargo, Tempestad sobre Washington explora los retorcidos recovecos y sórdidos tejemanejes que conlleva, enturbiándolo, cada proceso político.

Así, el principal conflicto del filme, sobre el que bascula toda la historia, es el bloqueo del nombramiento por parte del veterano, histriónico y ególatra senador de Carolina del Sur (Charles Laughton, disfrutando de lo lindo en un papel a su medida), en cuyo origen se encuentra tan solo una nimia venganza personal.

               Y es que, en realidad, cada personaje que pasea por la pantalla tiene motivos para hacer lo que hace; el problema procede de su justificación ética o, en muchos casos, del proceso tomado hacia la consecución de los mismos. El maquiavelismo, el debate entre la pertinencia de los medios en comparación con el fin de los mismos, la contradicción entre cómo y por qué, supone uno de los puntos clave de la obra: un ardoroso buscador de la paz puede tornarse en despreciable villano; una mentira sobre un hecho intrascendente crea un dilema moral cuya resolución afecta de manera directa a la supervivencia del mundo.

               De este modo, más que desde una postura distanciada de ideologías y colores políticas, el filme revela el juego de mezquindades, rencores, hipocresías y sectarismos que se esconde tras el noble y racional sistema democrático, reducido a una serie de idas y venidas de individuos seguidas por la cámara incansable, de conversaciones de pasillo, de pactos en la sombra y de complejo calibrado, equilibrio y reequilibro de intereses, conveniencias, intenciones, ideologías, intransigencias y fuerzas –en este sentido, impecable ese personaje de líder de la mayoría, político profesional de cabo a rabo, encarnado con inigualable solemnidad por Walter Pidgeon-.

Es revelador que la falta de peso en el voto, como en el caso de nada menos que el Vicepresidente del país, solo halle el menosprecio es la única a sus ingenuos y honestos esfuerzos.

De ahí que el verdadero idealismo, la genuina voluntad de servicio público, no encuentre en esa cáustica profesión política más que dilemas éticos, morales y personales, ejemplificados primero en el continuo y vergonzante menoscabo del candidato a Secretario de Estado (magnífico Henry Fonda, imagen viva de la integridad y la dignidad y abanderado del Hollywood liberal) y, en segundo lugar, en la situación del joven senador de Utah (Don Murray), al que la rectitud en el desempeño de su decisivo cargo de presidente del comité de evaluación le pasará una grave factura política y personal.

Un hecho este último que sirve para introducir la parte de pura intriga de la cinta y que, pese a su pretendido suspense, resulta bastante menos absorbente e interesante que el tenso e intrincado drama político, cae un tanto en el tremendismo y, posiblemente, hubiera salido favorecida por una mayor síntesis o por haberse reducido a un plano más conceptual y menos explícito, pese a que toca con loable atrevimiento temas tabúes especialmente sensibles para la época.

               No obstante, al igual que sucedía en Caballero sin espada –pese a la sensiblería y conservadurismo del que se suele acusar a Capra, la mordacidad de su filme es demoledora, envolviendo en la bandera y el himno americano una descripción lacerante de la corrupción y decadencia del sistema-, la desgarrada crítica se condensa finalmente en una firme moraleja y en la corajuda apuesta por la democracia como sistema más perfecto dentro de sus imperfecciones, erigiéndose como una llamada atronadora al deber para con el bien común a la distanciada y desquiciada clase política. 

De necesaria revisión.

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8,5.

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