El dictador

14 Feb

“¡George Bush debería beberse la sangre de todo hombre, mujer y niño en Irak!”

Borat (Borat: Lecciones culturales de América para beneficio de la gloriosa nación de Kazajistán)

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El dictador

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El dictador

Año: 2012.

Director: Larry Charles.

Reparto: Sacha Baron Cohen, Anna Faris, Jason Mantzoukas, Ben Kingsley.

Tráiler

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            Perdidos en la ciudad, emitido por Cuatro, es un reality show destinado al puro entretenimiento, un espectáculo planificado al detalle que toma como punto de partida el contraste que se da por el intercambio de vidas entre unos salvajes indómitos, refugiados de la civilización en tierras exóticas y recónditas, y unos urbanitas cualesquiera de ese país de nuevos ricos –ahora nuevos pobres-, representante medio de la pujante y hegemónica cultura occidental, que es España.

Dejando a un lado la carga de ficción dramatizada y disimulada bajo sus formas de telerrealidad más o menos presente en el programa, Perdidos en la ciudad muestra un aspecto revelador y de conveniente reflexión: el hecho de cómo una mirada externa -la de los nativos de Namibia, una isla perdida de Indonesia y un claro aislado en medio del Amazonas-, caracterizada quizás por una sencillez y agudeza perdida, es capaz de desnudar de un plumazo, a golpe de lógica elemental, el miserable y en demasiadas ocasiones peligroso ridículo que se esconde detrás de un modelo de sociedad y un estilo de entender la vida que amenaza con imponerse en todo el mundo.

             Una postura esta acaso equiparable a la que Sacha Baron Cohen -nombrado en ciertos círculos heredero legítimo, por su versatilidad camaleónica, del legendario Peter Sellers– descerrajaba, con la consiguiente y ácida caricaturización deformante, en la desternillante Borat: Lecciones culturales de América para beneficio de la gloriosa nación de Kazajistán, donde la figura de un delirante reportero kazajo desnudaba desde el esperpento de su personaje y en medio de salvajes, escatológicas e irreverentes chanzas, repletas de incorrección política sana y malsana, la estupidez supina que se agazapaba detrás del modelo de vida americano, el ideal a seguir a nivel mundial.

Kazajistán protestó airadamente por la imagen que la película mostraba del país (si bien luego, con pragmatismo, perdonaría al controvertido actor por haber supuesto un imán para el turismo). Estados Unidos pudo haber hecho tres cuartos de lo mismo.

Porque es el otro, al fin y al cabo, el risible extraño, señalado con el dedo por su carácter estrafalario, quien soporta, en venganza, el espejo en el que se refleja a su vez nuestra propia fealdad, lo bochornosamente lamentable de nuestra apariencia.

             El dictador, un nuevo capítulo en las performances de Baron Cohen –que siempre van más allá de la pantalla en una maniobra tan promocional como acusadora-, recoge una figura en aparente vía de extinción, la del tirano oriental, que se erigía en barbárica amenazaba de occidente ya desde tiempos de la Grecia clásica, para, por medio de otro nuevo juego de confrontación satírica, hurgar una vez más en las heridas y flaquezas abiertas y supurantes en nuestra sociedad mientras nosotros, incautos, nos reímos de los cómicos estereotipos de las dictaduras petroleras árabes (que también).

           Por desgracia, en esta ocasión las carcajadas son menores. El humorista británico, intermediado como en Borat y Brüno por la dirección de Larry Charles, renuncia al estilo de falso documental que tan buenos réditos humorísticos y críticos había otorgado a sus dos cintas precedentes y lo sustituye por la narración de ficción al uso.

El resultado es así menos ácido y abrasivo, más rutinario, como evidencia que sea la introducción, siguiente a una malintencionada dedicatoria en honor del fallecido reyezuelo norcoreano Kim Jong-Il y expuesta a modo de noticiario, una de las partes más destacadas de una cinta que alterna golpes mordaces por su desbocada contundencia –memorables cameos de Megan Fox y Edward Norton en representación de todo el gremio de actores- y otros bastante flojos o vulgares (en el sentido de su calidad) pese a su pretendida voluntad de provocación contra todo lo que se mueve.

            Que ambos se vayan intercalando, sin acumularse en exceso los de uno y otro tipo, sobre la alfombra de un relato moderadamente gracioso, hace que el show de Baron Cohen consiga permanecer tolerable hasta que se llegue al meollo de la cuestión: un discurso inflamado al más puro estilo El gran dictador, referente inexcusable, que propina unas cuantas andanadas de una fuerza nada desdeñable contra el establishment social y democrático de los Estados Unidos en particular, de todo Occidente por extensión.

No es casual que en México, en un alarde de genialidad y atrevimiento, los carteles publicitarios de la película se camuflaran como un poster electoral más entre aquellos de los candidatos a las elecciones presidenciales que por entonces se celebraban en el país americano.

Pasable.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 5,5.

2 comentarios to “El dictador”

  1. plared 18 febrero, 2013 a 04:52 #

    Mi hija me dijo que estaba bien. Sinceramente igual son perjuicios raros, pero no creo que lo compruebe. Cuidate

    • elcriticoabulico 18 febrero, 2013 a 15:54 #

      Te tiene que gustar Baron Cohen, que tiene la facultad de no dejar indiferente, o lo amas o lo odias. Aún así, a grandes rasgos es inferior a sus películas anteriores.

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