Veracruz

26 Ene

“Morir por dinero es una estupidez. Antes, ahora y siempre.”

Jesús Raza (Los profesionales)

 

 

Veracruz

 

Veracruz

Año: 1954.

Director: Robert Aldrich.

Reparto: Gary Cooper, Burt Lancaster, Sara Montiel, Denise Darcel, César Romero, Ernest Borgnine, Jack Elam, Charles Bronson.

Tráiler

 

 

            Aún no había llegado su hora, pero el western sucio ya estaba ahí.

Tuvieron que juntarse para descerrajar esta nueva cosmovisión descreída, agria y sombría, un outsider antipático y desengañado como Robert Aldrich –que ya había innovado en terrenos del Oeste con Apache, confirmación del western proindio- y un escritor con los personajes turbulentos como seña de identidad como Borden ChaseRío Rojo, Winchester ’73, Horizontes lejanos, Tierras lejanas-, hermanados los dos en medio del México revolucionario, contexto en el que el escritor Javier Marías, amante del género, situaba al ciclo más pesimista del western, hecho que se confirmará precisamente en la malhumorada y desmitificadora década de los sesenta a través de iracundas y desesperadas epopeyas como Mayor Dundee, Grupo salvaje o Los profesionales, de las que la presente cinta, Veracruz, es claro antecedente.

            El comienzo de Veracruz se advierte ya soturno y terrible, anuncio de la presencia de unos buscadores de fortuna que se materializarán a través de dos pinceladas, las justas y necesarias, producto del dominio de Aldrich de la narración cinematográfica. Así, un derrotado y amargado combatiente sureño (Gary Cooper) y a un chacal sin amigos, sin creencias y sin ética alguna (Burt Lancaster), se convierten en extraños compañeros de cama por obra y gracia del azar, ambos ávidos del oro que puedan pescar en el río revuelto de la revolución juarista.

            La ambigüedad, el equívoco y la contradicción gobiernan por tanto a los dos protagonistas, tibiamente matizados por un primario apunte de sensibilidad en el primer caso -su misericordia hacia los caballos, cierto refinamiento, su silencio, que de ningún modo oposición, ante las tropelías de la banda de cuatreros-; y por una amplia y resplandeciente sonrisa en el segundo, la cual, sin embargo, pronto se contradirá con manifestaciones de cruda y cínica amoralidad –reflejo de su total abyección, será capaz de usar a un niño como escudo humano, a la vez que se muestra fiel tan solo a su codicia-.

Si acaso, la solución maniquea que serviría para distinguir con claridad al uno del otro se encuentra en el decorado de sus andanzas: el México escindido en guerra civil, con el pueblo entregado a la causa revolucionaria frente a un ejército imperial y extranjero habitado por personajes de siniestro aspecto prusiano y ataviado con una temible indumentaria más propia de otros tiempos y otros lugares.

             Es de nuevo el azar y, sobre todo, el hambre de oro, lo que determina el ideal al que sirven, en este caso la defensa de las posiciones del emperador Maximiliano como escolta de la  comitiva destinada a comprar nuevas tropas en Europa gracias al tesoro nacional. Dado que en realidad su carácter neutral queda garantizado por su naturaleza miserable, no es ésta sino la excusa para acometer la provechosa fechoría que tan oscuros personajes perseguían al cruzar la frontera.

             Esta lucha entre materialismo e idealismo, entre amoralidad y moralidad, entre la avaricia y el honor, es la que determina el devenir del filme y de su pareja protagonista, tenues variaciones el uno del otro –sus elecciones amorosas y de conciencia parecen en ambos casos contravenir su personalidad y su extracción-, condenados, en último término, a dirimir con plomo sus diferencias.

             Resguardado por las excelentes interpretaciones de Cooper y Lancaster –reseñable, ya que no son precisamente mis favoritos- y un solidísimo plantel de secundarios, con tipos del carisma de Ernest Borgnine, Jack Elam o Charles Bronson –cabría incluir a una arrebatadora Sarita Montiel robándole el corazón y la cartera al estirado de Cooper-, Aldrich compone un western poderoso, apasionado y colérico en el que, a pesar de tratarse de su tercer largometraje, daba ya pruebas fehacientes de su saber de narrador –a pesar de algún corte abrupto en la continuidad de un par de escenas-.

Su estilo conciso, contundente y expresivo es capaz, como hemos visto, de definir personajes y situaciones dramáticas de un plumazo y de legar, al mismo tiempo, planos y movimientos de cámara cargados de significado y con destacado valor estético.

            Con todas estas armas, el cineasta norteamericano dota de un ritmo preciso y fluido tanto al desarrollo del atrayente relato original de Chase como a la evolución de sus poco complacientes protagonistas, envueltos en su particular concepto de amistad cómplice, para nada reñida con su imperativo fisiológico de triunfo individual, utilitarista y a cualquier coste.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

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