Archivo | diciembre, 2012

Coffy

22 Dic

“Pam Grier es un icono. En comparación, es como conseguir a John Wayne para un western.”

Quentin Tarantino

 

 

Coffy

 

CoffyAño: 1973.

Director: Jack Hill.

Reparto: Pam Grier, Brooker Bradshaw, William Elliott, Allan Arbus, Robert DoQui, Sid Haig, Rubén Moreno, John Perak.

Tráiler

 

 

            Consecuencia de más de una década de agitación social contra la ignominiosa segregación racial que pervivía en Estados Unidos, autoproclamada patria de la Libertad, los setenta veían nacer una industria paralela a Hollywood, con su propio escalafón de estrellas, su apropiamiento de géneros, su público bien definido y sus códigos particulares destinados a complacerlos.

Es la blackxploitation, películas de bajo presupuesto elaboradas por y para afroamericanos, reivindicación de su orgullo racial –a pesar del contraste con la reproducción de no pocos estereotipos degradantes en sus argumentos-, construía su propia factoría cinematográfica gracias a una avalancha de producciones.

            Dentro del policíaco/criminal, rabioso género estrella de la blackxploitation, si Shaft había sido el icono que serviría para colocar la piedra fundacional de todo el edificio, Coffy confirmaría su basamento descubriendo a la gran heroína de este particular microcosmos, Pam Grier.

Como John Shaft, la sufrida y corajuda enfermera Coffy representa el atractivo físico, la sublimación de las virtudes de su raza y de su género, con la furia indignada como método de actuación en su cruzada personal. Un reverso femenino y popular del expeditivo servidor de la ley interpretado por Richard Roundtree.

             Adoptando así la figura del vigilante -por entonces a las puertas de su etapa de auge gracias a filmes y arquetipos canónicos como la próxima El justiciero de la ciudad de Charles Bronson-, Coffy se erige en baluarte de una comunidad devastada a todos los niveles por el imperio de la droga y la corrupción generalizada al que el racismo en último término ejerce de catalizador para perjuicio de un colectivo desfavorecido como es el afroamericano, sometido en paupérrimos ghettos urbanos.

             Como buena cinta de explotación destinada a exagerar las fantasías del público para su deleite y facilitar así una catarsis de pura furia y hemoglobina, Coffy expresa de la manera más desgarrada todas las perversiones imaginables: la espita que enciende la explosiva venganza de la enfermera es la postración de su hermanita de once años, convaleciente por síndrome de abstinencia del crack. Como para no ponerse a patear culos.

             Coffy, combinación de la más rotunda agresividad del hombre de acción con las más eficaces artes de mujer, suponía el papel idóneo para la rotundidad física de una lúbrica Grier capaz de concentrar sin remedio todas las miradas. Lo más destacable sin duda de una cinta rodada a ritmo de funk –atractivísima banda sonora de Roy Ayers, configurando la auténtica seña de identidad de la industria- con la urgencia habitual de este tipo de productos –el oficio del caucásico Jack Hill, director y guionista del asunto, “el Howard Hawks de la exploitation”, que decía Tarantino, aporta cierta consistencia- y desarrollada a partir de un libreto apresurado, más preocupado por supuesto desde su espartana sencillez, por su pegada que por la coherencia del conjunto, lo que da lugar a escenas ora de un entrañable encanto retro, ora un tanto sonrojantes.

             Su éxito favorecería que Grier, convertida en icono, repitiera papel, bajo otras caracterizaciones, en películas similares como Foxy Brown, Friday Foster o Sheba, Baby.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6.

Dune

21 Dic

“Me encanta viajar a mundos extraños.”

David Lynch

 .

Dune

 .

Dune

Año: 1984.

Director: David Lynch.

Reparto: Kyle MacLachlan, Sean Young, Francesca Annis, Kenneth McMillan, Siân Phillips, Jürgen Prochnow, Paul Smith, Everett McGill, Patrick Stewart, Sting, Dean Stockwell, Max von Sidow, Linda Hunt, Jack Nance, Silvana Mangano, José Ferrer.

Filme

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           Paradigma de película maldita, de creación incomprendida, de obra de culto. David Lynch no dudó en renegar de ella, Dino De Laurentiis, productor de la misma, prefería no opinar. Resultó un absoluto fracaso de crítica y público, si bien sería reivindicada posteriormente por un nutrido grupo de adeptos.

            A pesar de que los tiempos eran propicios –en pocas décadas como en los ochenta se disfrutaría de tal bullicio en el cine fantástico- y de que Dune, la serie de novelas de Frank Herbert, había sido un proyecto acariciado por nombres como el singular Alejandro Jodorowsky -con Orson Welles a los mandos del guion, Moebius en el apartado visual y Pink Floyd en la música- o, más recientemente el emergente Ridley Scott, a priori, la idea de encargar una superproducción de ciencia ficción nada menos que a David Lynch –que, no obstante había demostrado tanto su capacidad para adentrarse en el surrealismo con Cabeza borradora como para narrar una histórica de un modo más tradicional con El hombre elefante– entrañaba un riesgo poco calculado para un productor con la experiencia y visión de negocio de De Laurentiis, capaz de emerger desde el más espartano neorrealismo italiano hasta las más desorbitadas locuras del Hollywood de oropeles.

            Al final, ni Lynch acabaría por desatar su mundo propio sobre las arenas del desértico planeta Arrakis, ni Dune es una película de ciencia ficción clásica en el buen sentido de la palabra, con la que vivir en carne propia las aventuras del universo extraño, único y distinto que aparece en la pantalla.

Sí se acumulan especies y artilugios insólitos, pero la historia es mínima y muy sobada, fundamentada en la premisa de la figura mesiánica que, liderando a los restos de la humanidad desheredada, conservados en su bondad primitiva, es llamada a restaurar la paz en un cosmos confuso, despiadado y mercantilizado –la codiciada especia melange de Arrakis, capaz de alargar la vida y transmutar el cuerpo a lo largo del espacio, funciona casi como una deidad-.

Es decir, tal y como se puede rastrear en John Carter –es curiosa la retroalimentación estética que reflejará la reciente adaptación cinematográfica de la serie de Edgar Rice Burroughs-, tal y como se puede extraer también de la por entonces ultraexitosa saga de La Guerra de las Galaxias.

Por tanto, Dune no solo suena a ya vista -en otros universos lejanos-, sino que aun en la versión del director –la que aquí se comenta-, el efecto de la generosa ración de tijera del montaje es feroz, sobre todo hacia el desenlace, donde, probablemente, la visión diáfana del fracaso que se venía llamaba a salvar mujeres y niños de la manera que fuese.

            Si se tratase de una serie B pequeñita y juguetona, los daños serían menores, pero es un largometraje que alcanza unos 137 minutos –todavía más en montajes posteriores- que, en su descompensación, empequeñecen, cortocircuitan, ahogan y dejan por el camino demasiadas tramas y personajes, en ocasiones vitales para un desarrollo coherente en el relato.

Lynch, no obstante, hace primero lo que puede, lo que le dejan y más tarde lo que las ganas le aguantan. Prueba de ello es el poderío visual de la puesta en escena o la búsqueda de originalidad con el profuso empleo de la voz en off, casi a modo de novela gráfica como elementos sobresalientes sobre el piloto automático. En cambio, el plano onírico de la historia –los dominios de Lynch en principio- no logra superar su estado larvario, pobre y hasta tópico, teniendo en cuenta la sensibilidad de quien dirige el asunto.

            Poca cosa con la que conformarse en comparación con lo que se entrevé que Dune pudo haber sido.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6.

Z

18 Dic

“Desterrada la justicia que es vínculo de las sociedades humanas, muere también la libertad que está unida a ella y vive por ella.”

Juan Luis Vives

 .

 .

Z

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Z.

Año: 1969.

Director: Costa-Gavras.

Reparto: Jean-Louis Trintignant, Yves Montand, Irene Papas, Pierre Dux, Jacques Perrin, François Périer, Charles Denner, Marcel Bozzuffi.

Filme

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             Este mismo mes, Constantin Costa-Gavras estrenaba El capital, una película que pretende retratar con combativa acidez el desaforado ultraliberalismo económico y que fue recibida con críticas desiguales. Excesivo didactismo, simplicidad o falta de garra fueron algunos de los calificativos que sonaron tras el estreno. Visto lo visto, quizás mejor le hubiera ido al cineasta griego reestrenando Z, el filme que sirvió para encumbrarlo en la vanguardia del floreciente, bullicioso y corajudo cine político de los sesenta y setenta.

Y es que Z, a ojos de la actualidad, es todavía una cinta descorazonadora.

             Basada en la recreación del asesinato político del líder izquierdista griego Grigoris Lambrakis a manos de la dictadora militar del país heleno -a partir de la interpretación que de él hace el escritor y político Vassilis Vassilikos en la novela homónima- y realizada con escasez de medios, con un reparto lleno de caras conocidas que participaron reduciendo notablemente su salario habitual y con un desarrollo formal tan feroz como tenso y agresivo, Z es descorazonadora porque en demasiados aspectos parece que está hecha ayer.

             Costa-Gravas se apoya en el guion del también exiliado Jorge Semprún -en este caso de la dictadura militar de España– y, después de toda una guerrillera declaración de principios firmada en el inicio, procede a describir los subrepticios métodos represivos de los que se vale una pseudodemocracia para mantener su corrupto, podrido y totalitario status quo: el empleo como punta de lanza de grupos de extrema derecha donde se concita la bazofia marginal, inculta y víctima de las circunstancias de la sociedad; el boicot de las legítimas y pacíficas manifestaciones políticas desde su interior –¿les suena aquel “¡que soy compañero, coño!”?-; el sometimiento económico de las clases populares, desmotivadas y reducidas a la supervivencia competitiva y egoísta, simples aspirantes “a vivir como los americanos” –¿les suenan las medidas anticrisis destinadas a socavar la clase media?-; el pertinente maquillaje o auto victimización desde el aparato de prensa/propaganda afín -¿les suena la nueva cúpula directiva de RTVE, la extracción de los dirigentes de Telemadrid, el ‘TDT Party’?-; la instrumentalización de la policía, convertida en martillo para el yunque del fascismo -¿les suenan las órdenes de mano dura en las protestas y su impunidad?-; la colonización o intromisión en la independencia judicial del estado  –¿les suena los frecuentes indultos concedidos a dedo por el gobierno español?-; la estulticia e interesada inacción de la clase política –les suena-.

             Una aparatosa construcción que no sirve sino para garantizar la efectividad de unas conspiraciones de acción directa –la eliminación pura y dura de la oposición, de la voz crítica y diferente, el rechazo violento de la razón- que, en su absoluta tosquedad y lo vergonzosamente burdos de sus métodos, solo pueden tratarse de algo creíble, veraz, real.

Los mandamases no tiende a esas enrevesadas tramas indetectables tan típicas del cine y que hacen las delicias de los conspiranoicos, sino que operan mediante la patética y tan humana chapuza, camuflada si acaso a pura fuerza de poder.

             Contra ello, Z planta, a modo de imprescindible barrera sanitaria para salvaguardar la democracia, la neutralidad del poder judicial, encarnado en el personaje de Trintignant, inflexible, insobornable, por encima de las emociones o el parecer personal, hierático hasta en su acertada subinterpretación.

             Claro que Costa-Gavras mantiene una posición sin demasiadas sutilezas pero sí compleja, documentada, minuciosa e intensamente agria. Una línea argumental definida que incide en que algunos detalles puedan excederse en el maniqueísmo intrínseco del relato, como la orgullosa perversión moral de algunos elementos de la extrema derecha, pero ello no es óbice para la verosimilitud y la pertinencia del mensaje que se expone, justificados además por la estremecedora crudeza de los acontecimientos en los que se inspira, nada menos que un atroz homicidio perpetrado con la misma alegría de quien fumiga una pestífera plaga.

De necesaria revisión.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8,5.

Historia de un crimen

16 Dic

“Si el escritor adaptado es famoso, la fama ya conlleva una imagen errónea. La reiteración amplifica el error. El público se nutre de los ídolos y fantasmas que se les da y los transforma a su capricho. Por lo demás, cualquier relato más o menos biográfico acaba siendo una ficción. No basta ser fiel a los datos, hay que aventurarse y darles vida.”

Gonzalo Suárez

 

 

Historia de un crimen

 

Historia de un crimen

Año: 2006.

Director: Douglas McGrath.

Reparto: Toby Jones, Daniel Craig, Sandra Bullock, Sigourney Weaver, Jeff Daniels, Lee Pace, Isabella Rosellini, Peter Bogdanovic, Gwyneth Paltrow.

Tráiler

 

 

             Una de esas extrañas coincidencias de Hollywood. O una cuestionable planificación de la productora. Un año después de que Philip Seymour Hoffman se encumbrara en los Oscar con Truman Capote, llegaba a las pantallas una segunda versión de las aventuras del controvertido literato en relación al proceso creativo de su opus magna, A sangre fría. Un mismo relato, el del coste físico, psíquico y moral del éxito, pero una narración diametralmente distinta.

              Frente a la grandilocuente tragedia íntima expuesta por Truman Capote, grave, solemne y puede que afectada de más, Historia de un crimen -que toma como referencia la biografía de George Plimpton y no la de Gerald Clarke– propone una mirada más fresca, más desenfadada, más ligada a la sensibilidad de Douglas McGrath, habituado a desenvolverse en la comedia como director y guionista.

Un retrato más caricaturesco y libre -y por tanto más divertida-, producto de un guion inteligente en el que además se pueden rastrear auténticas perlas en forma de diálogos, sentencias y recursos de lo más ingeniosos, que no supone un inconveniente, no obstante, para presentar una tesis madura o resultar emotiva cuando debe, mientras que la lectura del personaje, de su obra y del proceso creativo del escritor no es por ello menos seria, ni menos creíble.

No hace falta ser petulante para tratar los grandes dilemas sentimentales de Capote, se puede entretener y al mismo tiempo desnudar a este personaje inimitable, chismoso, extravagante, ególatra, genial y patético, con total efectividad.

            Una mayor naturalidad que se extiende a la figura central del filme: donde Seymour Hoffman desarrolla una camaleónica transformación, todo un alarde de esfuerzo interpretativo exigente también para el espectador, el británico Toby Jones, solvente secundario, presenta un trabajo igual de preciso aunque más fluido y menos ostentoso, desenvolviéndose con comodidad en un papel tan goloso y, a la vez, proclive a caer en el exceso. Imagino que dos galardones seguidos para un mismo rol sería demasiado para las cabezas pensantes de la Academia. A ello se añade el apoyo de un reparto cuajado de estrellas.

             Cabe decir que la inferioridad en la factura técnica de Historia de un crimen es notoria, mucho menos elegante en comparación con la notable atmósfera oscura, fría y depresiva que confería Bennett Miller a Truman Capote, si bien deja detalles como el guiño a la traslación cinematográfica de Richard Brooks de la novela en el encadenado de escenas a partir de elementos compartidos.

Sin embargo, el filme de McGrath resulta más accesible a ojos del no iniciado en el magnífico reportaje social de Capote, toda una puñalada a la idealizada y orgullosa sociedad de plástico estadounidense, un ente dual con una cara brillante y un reverso monstruoso y forzadamente oculto; una agria y lacerante crítica a la pena de muerte, el homicidio meticulosamente legalizado, que convierte al ciudadano en gélido cómplice de asesinato o, directamente, en asesino, donde el Estado ejerce de deshumanizado verdugo.

Injustamente oscurecida por el resplandor de su predecesora.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Truman Capote

14 Dic

“En general la imaginación en las películas sobre escritores vuela muy bajo: siempre acaban mostrándonoslos en el momento más tópico de la creación, sentados delante de la máquina de escribir, dando vueltas alrededor de sus lamentables fantasmas.”

Enrique Vila-Matas

 

 

Truman Capote

 

Truman Capote

Año: 2005.

Director: Bennett Miller.

Reparto: Philip Seymour Hoffman, Clifton Collins Jr., Catherine Keener, Bruce Greenwood, Chris Cooper, Mark Pellegrino, Bob Balaban.

Tráiler

 

 

            Era evidente que A sangre fría, la obra más reconocida y celebrada de Truman Capote, daba para una película, como así sucedió al año siguiente de su publicación con la excelente adaptación que de ella hizo Richard Brooks. También resulta evidente que ese largo proceso de investigación y elaboración, extendido a través de siete exigentes años, daba para otro largometraje. En concreto, para dos, Truman Capote e Historia de un crimen, que prácticamente llegarían a coincidir en las pantallas.

             La primera de ellas, Truman Capote, nace directamente en el asesinato de la familia Clutter, desencadenante de todo: la intermisión de la América más negra en la América idílica de los cincuenta. Sin embargo, en lo posterior la trama delictiva quedará como un elemento residual –en la propia novela queda relegado frente a la pulsación de las reacciones, el estado y la naturaleza íntima de la sociedad estadounidense del momento-, cediendo el protagonismo a la descripción metódica y parsimoniosa del proceso de creación desarrollado por el controvertido escritor, que apela en una de las primeras escenas a la necesidad de ser franco con uno mismo a la hora de conocer por qué se escribe lo que se escribe.

             Es esa disparidad entre las motivaciones que se agitan y remueven el interior del literato, su ambición de éxito y la moralidad de su procedimiento, la empatía sincera o el egoísmo cínico, el balance de honestidad o deshonestidad entre ambos, tanto para consigo mismo como para con los objetos de su estudio –la pareja de asesinos y, en especial, ese Perry Smith que parece la otra cara de la moneda del propio Capote, su posible reverso infausto, tensión sexual incluida-, son los ejes sobre los que se articula el argumento del filme. El coste del qué se hace, medido por el cómo se hace.

             Bennett construye así una película estilizada en su sobrio minimalismo, concentrada en desentrañar las claves íntimas del escritor, en cuya piel Philip Seymour Hoffman –que por este papel sería galardonado con el Oscar, entre otros premios, norma habitual y absurda durante la fiebre del biopic en el Hollywood del nuevo milenio- consigue sobrepasar la mera imitación insuflando complejidad y vida a su composición. Contrasta en cambio con la poca presencia e impacto que confiere Clifton Collins Jr. a un personaje como Smith, capital en el relato, y a cuyas características físicas y psicológicas tan ajustado había resultado Robert Blake en la versión cinematográfica.

             No obstante, aunque no se hace pesada y sirve como un interesante complemento a la lectura –para el profano al libro perderá argumentos-, la tragedia interior que plantea de Truman Capote es mucho menos sugestiva y apasionante que su relato de origen, la innovadora narración de los hechos en torno al perturbador Mal que yace enquistado en las entrañas podridas del país que se atreve a arrogarse la luz que guía al mundo.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

A sangre fría

11 Dic

“A sangre fría es mi obra maestra. Es una obra maestra y no me importa lo que nadie diga de ella.”

Truman Capote

 

 

A sangre fría

 

A sangre fríaAño: 1967.

Director: Richard Brooks.

Reparto: Robert Blake, Scott Wilson, John Forsythe, Jeff Corey, Charles McGraw, Paul Stewart.

Filme

 

 

          En 1966, Truman Capote había asestado con A sangre fría una puñalada trapera en el corazón de la América idílica. Tan solo un año después, Richard Brooks empujaba aún más la daga en el pecho herido del país trasladando el texto de Capote al cine, el mayor medio de difusión cultural.

           Brooks se había destacado ya como adaptador literario con obras de la enjundia de Los hermanos Karamazov y Lord Jim, del mismo modo que se había adentrado también en el análisis crítico de la sociedad estadounidense, demostrando ser un realizador con los pies afirmados sobre la lectura comprometida del presente y la defensa de los valores democráticos, con El cuarto poder, estudio acerca de la libertad de prensa; Hombres de infantería, una denuncia del militarismo; Semilla de maldad, centrada en el sistema educativo, o El fuego y la palabra, sobre la alienación religiosa.

A sangre fría aparece entonces como una película coherente con la trayectoria y el sentir de su director, un instrumento quirúrgico que le sirve para analizar el fenómeno de la preocupante criminalidad como uno de las malformaciones más execrables pero comunes del sistema, para adentrarse en las raíces del mal como aberración de origen inequívocamente humano, para someter a juicio la moralidad y pertinencia de la pena capital, el meticuloso homicidio legal descerrajado a sangre fría.

         Perry Smith (Robert Blake que, casualidades de la vida, sería posteriormente procesado por el asesinato de su segunda esposa), auténtico protagonista del relato –podríamos decir que junto con el país-, es fruto de un contexto determinado, el bastardo no deseado de la tierra de las oportunidades, un reverso oscuro, trágico, mutilado y deforme. Su compañero de correrías Dick Hickock (Scott Wilson), autoproclamado ‘the all american boy’, el perfecto chico americano, no es sino otra versión de esta monstruosidad inherente al sistema, un problema que se prefiere ignorar en aras de una falsa y plastificada perfección, auténtica madre de todas estas perversiones.

          Brooks mantiene admirablemente vivo el espíritu y la atmósfera de la obra de Capote gracias a una adaptación respetuosa y precisa, conservando su fluidez y contundencia mediante un acertado tratamiento de concisión que permite no renunciar a la minuciosidad en la descripción de las motivaciones homicidas de sus protagonistas y del procedimiento policíaco y judicial paralelo –hábilmente incardinados a partir de planos que encadenan elementos en común-, potenciando a su vez los aspectos más relevantes para la sensibilidad del director, como es la abrasiva explicitud del contraste entre la América de postal y su infausta crónica negra y su asimilación como un todo uniforme, en la que esgrime duras sentencias contra un sistema imperfecto y culpable.

         Además de contar con unas encomiables interpretaciones, sobre todo en el caso de la pareja protagonista, A sangre fría cuenta con una puesta escena que no es sino un útil más en la descripción del drama y los personajes, como la partitura de Quincy Jones, que ayuda a marcar el vibrante ritmo de la cinta, o la soberbia fotografía de Conrad Hall, un precioso blanco y negro de contraste duro, expresión de la dualidad interior de los seres que retrata el celuloide al más puro estilo del noir, género absoluto de seres ambiguos en una sociedad opresiva.

Son herramientas éstas que permiten lucirse al cineasta, capaz de regalar escenas como la postrera confesión de Smith, en la que el reflejo de las gotas de lluvia recorren su mejilla a modo de lágrimas de arrepentimiento o parecen brotar de su frente como exudaciones de auténtica ira y rencor.

Sobresaliente adaptación.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 9.

El dragón del lago de fuego

7 Dic

“Los días para los de nuestra clase están contados. Un único Dios llega para expulsar a los muchos dioses. Los espíritus de los bosques y los arroyos guardan silencio. Así es como debe ser. Sí… es el tiempo de los hombres, y sus costumbres.”

Merlín (Excalibur)

 

 

El dragón del lago de fuego

 

El dragón del lago de fuegoAño: 1981.

Director: Matthew Robbins.

Reparto: Peter MacNicol, Caitlin Clarke, Ralph Richardson, Peter Eyre, John Hallam, Chloe Salaman, Emrys James.

Tráiler

 

 

          Siempre atenta a los caballos ganadores de cada momento, la factoría Disney, renovando su alianza con la Paramount a pesar del rotundo fracaso de Popeye, se apuntaba a la moda de principio de los ochenta: las historias de espada y brujería, que películas como la infructuosa e inacabada El señor de los anillos y la más exitosa Conan el bárbaro estaban pronosticando en el cambio de década.

               Tomando rasgos y arquetipos tradicionales de este tipo de relatos y aprovechando los avances en efectos especiales de la época –el uso del go motion heredado de La guerra de las Galaxias, el croma para el vuelo del monstruo, el hábil modelaje de marionetas-, El dragón del lago de fuego aspira a crear una fantasía medieval con un tono que combina una escenografía y música propia de la ensoñación fantástica con el tono general del cuento clásico, protagonizado por un joven aprendiz de mago que se aventura a derrotar con valor y corazón a un legendario dragón devorador de vírgenes.

Como pretendido toque de distinción, el producto contradice el carácter de filme para toda la familia que se podría esperar de Disney aderezando la película con unas notas de oscuridad que, en cambio, resultan perturbadoras en exceso en determinadas ocasiones –algunos abruptos detalles sanguinolentos están totalmente fuera de lugar- o recuerdan en demasía a otras películas coetáneas, como ese ambiente crepuscular de la magia y los seres extraordinarios, desterrados ante el próximo advenimiento del cristianismo, tal y como sucedía en la superlativa Excalibur.

               Bajo la funcional dirección de Matthew Robbins, El dragón del lago de fuego avanza esgrimiendo una aceptable solvencia narrativa y elementos de interés suficientes como para desprender un entrañable encanto, como un diseño de personajes más trabajado de lo habitual –ese ceremonioso rey Cassiodorus es todo un punto-, si bien los duelos a espada resultan algo desmañados y el ritmo del filme termina por decaer en el tercio final.

Supondría un nuevo tropiezo en la taquilla.

 

Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6.

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