Cielo amarillo

29 Dic

“Aparte del western, el jazz y el blues, no hay demasiadas expresiones artísticas que sean originalmente americanas.”

Sam Peckinpah

 

 

Cielo amarillo

 

Cielo amarillo

Año: 1948.

Director: William A. Wellman.

Reparto: Gregory Peck, Anne Baxter, Richard Widmark, James Barton, John Russell, Robert Arthur, Charles Kemper, Harry Morgan.

Tráiler

 

 

            Es bien conocida la afortunada comparación entre el western y la tragedia griega: los grandes y angustiosos conflictos del hombre dirimidos ora con quitón y máscara, ora con sombrero de ala ancha y cartucheras. No menos acertado sería extender este paralelismo hasta la obra de William Shakespeare, sobre todo dados casos como Cielo amarillo, que no en vano adapta -con bastante libertad, todo sea dicho, a partir de la reinterpretación del siempre interesante W.R. Burnett-, La tempestad, el considerado drama testamentario del escritor inglés, según los expertos.

            Producto de una renovada colaboración entre el guionista y productor Lamar Trotti y el director William A. Wellman –que tan buenos frutos había dado antaño con Incidente en Ox-Bow-, Cielo amarillo plantea de nuevo un western que se aleja de los grandes paisajes abiertos característicos del género.

Encajonado entre unas montañas inexpugnables, vastos y estériles desiertos de sal, la amenaza de los sanguinarios apaches y las heridas aún latentes de la derrota confederada en la Guerra de Secesión, un pueblo fantasma recibe a una no menos espectral horda de desertores del ejército de la Unión, un grupo de forajidos que huyen del robo de un banco y que hacen acto de aparición en pantalla anunciados por el restallido de los truenos en el cielo.

             Wellman compone un western que habla de la maldad del hombre enfrentada a la humanidad de su redención, rasgos intrínsecos del ser humano, concitados en la heterogeneidad de esos cuatreros que acechan como coyotes la mina de oro escondida y guardada por un anciano y su nieta (Anne Baxter), mujer de armas tomar.

Desapasionados atracadores de bancos que han hecho del pecado costumbre, una rutina desprovista de trascendencia alguna, pero que poco a poco desvelan su naturaleza diversa; desde el pistolero encarnado por Gregory Peck, bandido de estricto código personal, hijo del desgarrado contexto de violencia del país, hasta el villano que interpreta Richard Widmark, cuya gelidez metálica se diría emanación directa tanto de la bala que se aloja incrustada en su pecho vacío, como de su sed de oro –hecho que quedaría simbolizado en un desenlace extraordinario, innovadoramente resuelto fuera de campo-.

             Un escenario que se erige como antesala al infierno (o al cielo), recubierta de sal, polvo y oro, retratado en un precioso blanco y negro -que, como la trama, parece más propio de una película de turbio cine negro-, y en el que Wellman hace una demostración de pericia técnica y narrativa a la hora de plasmar el encomiable guión de Trotti, dominando a su antojo, con grandes resultados expresivos, la composición de la escena y su simbolismo, el uso de la profundidad de campo, la mencionada fotografía o la desnudez de la práctica ausencia de banda sonora; ayudado también por el encomiable trabajo de un elenco en el que hasta Peck se muestra más que convincente en la defensa de su ambiguo papel.

             Un western seco pero intenso en la confrontación de tipos y emociones humanas, de ambiciones desmedidas, lujuria, misericordia. De amor incluso.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

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