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Z

18 Dic

“Desterrada la justicia que es vínculo de las sociedades humanas, muere también la libertad que está unida a ella y vive por ella.”

Juan Luis Vives

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Z

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Z.

Año: 1969.

Director: Costa-Gavras.

Reparto: Jean-Louis Trintignant, Yves Montand, Irene Papas, Pierre Dux, Jacques Perrin, François Périer, Charles Denner, Marcel Bozzuffi.

Filme

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             Este mismo mes, Constantin Costa-Gavras estrenaba El capital, una película que pretende retratar con combativa acidez el desaforado ultraliberalismo económico y que fue recibida con críticas desiguales. Excesivo didactismo, simplicidad o falta de garra fueron algunos de los calificativos que sonaron tras el estreno. Visto lo visto, quizás mejor le hubiera ido al cineasta griego reestrenando Z, el filme que sirvió para encumbrarlo en la vanguardia del floreciente, bullicioso y corajudo cine político de los sesenta y setenta.

Y es que Z, a ojos de la actualidad, es todavía una cinta descorazonadora.

             Basada en la recreación del asesinato político del líder izquierdista griego Grigoris Lambrakis a manos de la dictadora militar del país heleno -a partir de la interpretación que de él hace el escritor y político Vassilis Vassilikos en la novela homónima- y realizada con escasez de medios, con un reparto lleno de caras conocidas que participaron reduciendo notablemente su salario habitual y con un desarrollo formal tan feroz como tenso y agresivo, Z es descorazonadora porque en demasiados aspectos parece que está hecha ayer.

             Costa-Gravas se apoya en el guion del también exiliado Jorge Semprún -en este caso de la dictadura militar de España– y, después de toda una guerrillera declaración de principios firmada en el inicio, procede a describir los subrepticios métodos represivos de los que se vale una pseudodemocracia para mantener su corrupto, podrido y totalitario status quo: el empleo como punta de lanza de grupos de extrema derecha donde se concita la bazofia marginal, inculta y víctima de las circunstancias de la sociedad; el boicot de las legítimas y pacíficas manifestaciones políticas desde su interior –¿les suena aquel “¡que soy compañero, coño!”?-; el sometimiento económico de las clases populares, desmotivadas y reducidas a la supervivencia competitiva y egoísta, simples aspirantes “a vivir como los americanos” –¿les suenan las medidas anticrisis destinadas a socavar la clase media?-; el pertinente maquillaje o auto victimización desde el aparato de prensa/propaganda afín -¿les suena la nueva cúpula directiva de RTVE, la extracción de los dirigentes de Telemadrid, el ‘TDT Party’?-; la instrumentalización de la policía, convertida en martillo para el yunque del fascismo -¿les suenan las órdenes de mano dura en las protestas y su impunidad?-; la colonización o intromisión en la independencia judicial del estado  –¿les suena los frecuentes indultos concedidos a dedo por el gobierno español?-; la estulticia e interesada inacción de la clase política –les suena-.

             Una aparatosa construcción que no sirve sino para garantizar la efectividad de unas conspiraciones de acción directa –la eliminación pura y dura de la oposición, de la voz crítica y diferente, el rechazo violento de la razón- que, en su absoluta tosquedad y lo vergonzosamente burdos de sus métodos, solo pueden tratarse de algo creíble, veraz, real.

Los mandamases no tiende a esas enrevesadas tramas indetectables tan típicas del cine y que hacen las delicias de los conspiranoicos, sino que operan mediante la patética y tan humana chapuza, camuflada si acaso a pura fuerza de poder.

             Contra ello, Z planta, a modo de imprescindible barrera sanitaria para salvaguardar la democracia, la neutralidad del poder judicial, encarnado en el personaje de Trintignant, inflexible, insobornable, por encima de las emociones o el parecer personal, hierático hasta en su acertada subinterpretación.

             Claro que Costa-Gavras mantiene una posición sin demasiadas sutilezas pero sí compleja, documentada, minuciosa e intensamente agria. Una línea argumental definida que incide en que algunos detalles puedan excederse en el maniqueísmo intrínseco del relato, como la orgullosa perversión moral de algunos elementos de la extrema derecha, pero ello no es óbice para la verosimilitud y la pertinencia del mensaje que se expone, justificados además por la estremecedora crudeza de los acontecimientos en los que se inspira, nada menos que un atroz homicidio perpetrado con la misma alegría de quien fumiga una pestífera plaga.

De necesaria revisión.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8,5.

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