Carretera asfaltada en dos direcciones

23 Nov

“Las road movies son mis películas favoritas. La carretera es un enigma. La carretera es la vida.”

Monte Hellman

 

 

Carretera asfaltada en dos direcciones

 

Año: 1971.

Director: Monte Hellman.

Reparto: James Taylor, Warren Oates, Laurie Bird, Dennis Wilson.

Tráiler

 

 

            Vista a día de hoy, la trayectoria de Monte Hellman, aún en activo, resulta tan marginal como coherente. Hellman, es un cineasta perfectamente identificable con la figura del autor. Un autor cuya alma y códigos propios intransferibles se puede reconocer impresos en sus obras más características.

Hellman rueda para vivir y vive porque rueda, sin pretensiones de grandeza, enclavado en los sótanos y catacumbas de la industria, destinado a ser irremediablemente pobre pero sobreviviendo a base de ser consecuente consigo mismo y, sobre todo, libre.

Para los protagonistas de Carretera asfaltada en dos direcciones, auténtica obra underground y de culto, vivir y conducir es un continuo, es un todo indistinguible. Como habían demostrado anteriormente Easy Rider, todo un hito cinematográfico y contracultural, y Punto límite: cero, las carreteras de asfalto, herederas directas de las grandes planicies vírgenes del Oeste, son el último territorio libre de los Estados Unidos.

             Carretera asfaltada en dos direcciones es una película sobre carreras de coches que es, en realidad, la antipelícula de carreras de coches; una cinta mínima y ascética que huele más a aceite de motor, carrocería y polvo del camino que a nubes de humo, exudaciones de adrenalina y caucho quemado. Los hieráticos e imperturbables conductores de un Chevy del 55 construido de la nada a golpe de pura pasión –el cantautor James Taylor y el batería de los Beach Boys, Dennis Wilson- compiten para seguir compitiendo, con un sentido que poco o nada tiene que ver con lo crematístico. Son gente del presente, sin pasado, con el único futuro de lo que se puede percibir en el horizonte de su parabrisas.

Son individuos a los que poco les sirve tener nombre, integrados como una pieza más en el engranaje del vehículo, sin raíces sobre ningún suelo más allá del de su coche, embarcados en un recorrido narcotizado, hipnótico hasta rayar con la mística inherente al viaje metafísico; escueto en palabras, prolijo en abstracción y latidos existencialistas y nihilistas y al que, probablemente, un metraje más reducido le hubiera ayudado a refrendar con todavía mayor potencia sus pretensiones, en vez de hacer que el ritmo se atragante un tanto.

             Trazada a partir del duelo contra el lujoso Pontiac GTO de 1970 de un tipo con una historia tan mutable como la gama cromática de sus jerseys (el gran Warren Oates), aficionado a recoger autoestopistas en su ruta a la nada -verdaderos jirones y retazos de todo un país confuso y polimórfico-, la competición, si es que la hay, no se resuelve cruzando una línea de meta, sino a través de las arbitrarias e inconstantes decisiones de una joven hippie (Laurie Bird), único e imprevisto objeto de deseo audible sobre el ruido de los motores.

Ni siquiera se percibe con claridad el desarrollo de los desafíos. Como la labor tras las cámaras de Hellman, no tienen fin, es un eterno rodar.

Toda una rareza, con un enorme magnetismo.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

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