Archivo | 17:02

Ángel

17 Nov

“Si Marlene Dietrich tan solo tuviera su voz, sería capaz de romperte el corazón con ella. Pero es que además posee un bello cuerpo y el encanto intemporal de su rostro.”

Ernest Hemingway

 

 

Ángel

 

Año: 1937.

Director: Ernst Lubitsch.

Reparto: Marlene Dietrich, Herbert Marshall, Melvyn Douglas.

Tráiler

 

 

            Desde el punto de vista del censor, una película de Ernst Lubitsch no puede ser sino una tortura. Son filmes de amplio sentido humano pero nada mojigatos, que derrotan a la tijera, a las convenciones sociales y a la moralina plastificada a través de la sutileza sobre la que se construyen, dueñas de un ardoroso fondo que permanece soterrado, latente, tan solo aludido por gestos, entonaciones, contextos y frases de apariencia casual e inocente pero afiladas como cuchillas. La sonrisa irónica, la reflexión o la sentencia brota de la capacidad de deducción del espectador a partir de una esencia que no existe como tal en pantalla pero que Lubitsch es capaz de fotografiar en el aire.

            Dado a conocer en Hollywood por operetas musicales a inicios del sonoro, evolucionadas paulatinamente en comedias de gran profundidad, con Ángel Lubitsch, en alianza artística con uno de sus guionistas de confianza, Samson Raphaelson, rebajaba la carga de humor de la propuesta para afrontar de frente y sin ambages la sagrada institución del matrimonio.

             Rasgo habitual de sus producciones, poco escenario y reparto basta para tal fin -herencia del origen teatral del filme-, más concentrado en el desarrollo de las relaciones sentimentales entre personajes, en la disección de un matrimonio aparentemente idílico, en este caso a partir un oculto triángulo amoroso entre María (Marlene Dietrich, haciendo gala de la turbiedad sexual que desprendía su icono), su marido, el diplomático británico sir Frederik Barker (Herberth Marshall), y un atractivo encuentro casual en París (Melvyn Douglas).

Una aventura anónima, fugaz, casi anecdótica, se convierte en el símbolo de la insatisfacción de una mujer a causa de la pérdida de un fuego reducido a cenizas; de los apetitos y la pasión que se diluyen en el tiempo, no por el cansancio, el desprecio o el desamor, sino por la rutina inexorable; del clamor por recuperarlo, detectado en señales que se pierden en la escena, de apariencia intrascendente pero reveladora.

             Ángel no es un melodrama sureño de Tennessee Williams. Los gestos pequeños y callados se imponen al alarido desgarrado y la agresión emocional, que sin embargo resultan igual o más impactantes por lo que saben sugerir sobre la impactante carga emocional que bulle queda en el interior de unos personajes vivos, humanos.

Lubitsch, todo inteligencia a la hora de plantear una historia de mimbres sencillos y trasfondo complejo y ponerla en escena, mantiene en vilo al respetable gracias un ritmo que dosifica la intriga y la tensión del relato con puro sadismo, envolviendo y sumergiendo al espectador en un mundo reconocible, descubriendo a cuentagotas las motivaciones y jugando con la percepción de los actos de una Dietrich resuelta, herida, desamparada y poderosa, frívola y decepcionada; revelando su inquietud interna, que transcurre paralela al cara a cara entre ambos contendientes, con un pasado compartido fruto de la casualidad (que, también por azar, flotaba alrededor de otra curiosa situación romántica).

Un compendio de sabiduría cinematográfica.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8,5.

A %d blogueros les gusta esto: