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55 días en Pekín

14 Nov

“Si necesitas una cúpula pintada, una carrera de cuádrigas, una ciudad sitiada o abrir en dos el Mar Rojo, piensa en mí.”

Charlton Heston

 

 

55 días en Pekín

 

Año: 1963.

Director: Nicholas Ray.

Reparto: Charlton Heston, Ava Gardner, David Niven, Robert Helpmann, Flora Robson, John Ireland, Kurt Kasznar, Leo Genn, Paul Lukas, Lynne Sue Moon.

Filme

 

 

               Décadas de añoranza del Hollywood clásico. Apoyado en la peseta, Samuel Bronston, productor norteamericano de origen ruso, fundaría en Las Rozas los que por entonces serían uno de los más grandes estudios cinematográficos del mundo para llevar a cabo, con espectaculares resultados y relativamente asequibles condiciones económicas, superproducciones a la altura de las películas de aventuras y los colosales de La Meca del cine, con la marca de la MGM y Cecil B. de Mille como modelos a los que aspirar.

               Son películas en las que prima el fasto, la exhibición de músculo y recursos, el entretenimiento generalista al alcance de toda la familia y que, como detalle de distinción, contará con actores de primer nivel (y alguna vieja estrella con el salario venido a menos), guionistas, compositores y escenógrafos de renombre, así como con directores de demostrada capacidad para lo artístico y, al mismo tiempo, aunque probablemente con menor relevancia a la hora de su elección, no así en los resultados finales, atentos al detalle íntimo de sus personajes: tipos como Anthony Mann (El Cid, La caída del imperio romano), Nicholas Ray (Rey de reyes) o Henry Hathaway (El fabuloso mundo del circo).

Todo al servicio del espectáculo hollywoodiense por definición, con lo bueno y lo malo que tal cosa puede significar.

               Será precisamente Nicholas Ray quien repita encargo en 55 días en Pekín tras despachar la insufrible Rey de reyes y jurar que no volvería a ser el chico de los recados de Bronston. Su apoyo artístico sería una vez más con el guionista de cabecera del productor, Philip Yordan; un tándem que, en tiempos de mayor independencia, había legado para la posteridad el mayúsculo western Johnny Guitar.

               Recuerdo de aquellas producciones de exotismo y colorido colonialista de los años treinta, 55 días en Pekín toma como escenario, a su manera, el episodio histórico de la revuelta de los bóxers contra las legaciones políticas y militares extranjeras acontecida en China en el año 1900, uno de los primeros avisos de la inminente decadencia del dominio colonial de las grandes potencias del viejo mundo.

Este aire profundamente crepuscular que rodea el suceso se apreciará en el filme tan solo a ligeros (pero expresivos) retazos, desplazado por la épica que se exigía desde la producción. Significativo es el inicio en el que suenan sin cesar fanfarrias de hasta ocho países distintos; músicas y gentes fuera de lugar en un país al que no pertenecen, en el que residen solo bajo su velada condición de depredadores. A excepción, por supuesto, de los valerosos marines comandados por el mayor Lewis (Charlton Heston, estrella de superproducciones por excelencia), en principio autoproclamados iguales a los nativos en pie de guerra y, de hecho, casi únicos en hacer realidad un posible sueño de paz futura: el mestizaje de razas ejemplificado en la pequeña Teresa (Lynne Sue Moon).

               El buen hacer de Yordan y Ray, expertos en personajes marginados y terminales -situación a la que corresponde sin excepción todo ese cúmulo babélico de diplomáticos, militares y colonos- consigue conferir relevancia al dibujo de personajes, salvando el carácter remendado de un libreto trastocado por más plumas de las deseables. Todos poseen sus motivos, todos actúan según una lógica propia, más o menos acertada, a pesar de la necesaria atribución de un villano concreto, que recae en la figura del confabulador príncipe Tuan (Robert Helpmann), mano dura nacionalista, y que, bien mirado, y acaso involuntariamente o fruto de una postura contemporánea, encuentra ciertas justificaciones detrás de sus maquiavélicos medios. No evita esto, no obstante, que se mueva en un círculo descrito con el más estricto tópico e interpretado, con esa costumbre inefable característica de este tipo de cintas, por anglosajones maquillados: la corte que bulle en luchas intestinas, el tirano oriental superticioso, cruel a ojos del civilizado occidental, aislado de la realidad y aficionado a expresarse mediante filosóficas perífrasis (aquí la emperatriz viuda Tzu Hsi, encarnada por la británica Flora Robson).

También esta delicada construcción de personajes cae bajo el yugo a la opulencia de cartón piedra de la épica –cabría aquí citar al propio Ray, que sufrió un colapso durante el rodaje a causa de sus acaloradas discusiones con Bronston y Gardner y hubo de ser relevado-, aspecto que, sin embargo, cumpliendo otro de los rasgos habituales de la desmesura, es la que en último caso peor ha soportado el caer de los años.

              Los movimientos de masas y espléndidos decorados cumplen en coordinación pero sorprenden poco, y el transcurso general del relato resulta anquilosado en comparación con pequeños pasajes, desgraciadamente reducidos casi a rellenar las junturas entre esos voluptuosos despliegues de batallas, como el del sacrificio de la condesa Ivanoff (Ava Gardner) -ocultado en parte por un romance con Lewis que reviste un interesante halo de desesperación, dignidad y supervivencia pero finalmente de escasa intensidad y nula química con Heston- o los avatares del comprensivo, atribulado y flemático embajador británico (David Niven) y su juego de contraste y complicidad con el aguerrido y expeditivo marine norteamericano.

              Una enormidad que ya en su día resultó un fracaso de crítica y público y que, con el paso del tiempo, y si bien ostenta vitola de ‘clásico’, ha sucumbido en buena parte bajo su propio peso.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6.

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