Archivo | octubre, 2012

Heavy Metal 2000

24 Oct

Heavy Metal es rock & roll a todo volumen, mujeres desnudas, extraterrestres,… Lo normal.”

Michael Schlesinger

 

 

Heavy Metal 2000

 

Año: 2000.

Directores: Michael Coldewey, Michel Lemire.

Reparto: Julia Strain, Michael Ironside, Pier Paquette, Billy Idol, Sonja Ball, Rick Jones.

Tráiler

 

 

             Para el cambio de milenio, los adolescentes pajilleros y fumetas (es un decir, con todos los respetos) que en 1983 habían alucinado viendo en pantalla el descaro y la sexualidad explícita de Heavy Metal, ya eran lo suficientemente grandes como para crear su propio juguete: una segunda parte que es un homenaje del homenaje de la popular y libérrima revista de ciencia ficción y erotismo canadiense, traslación de la francesa Métal Hurlant.

             Para la fiesta, los nuevos creadores del proyecto renuncian al mosaico de historietas de la primera parte para desarrollar un relato futurístico, basado en The Melting Pot, novela gráfica ajena a la revista pero de similar sensibilidad, creada por Kevin Eastman (co-autor de Las tortugas ninja y editor en jefe de Heavy Metal desde 1991), Simon Bisley y Eric Talbot, y que recuerda bastante al segmento Taarna de la precedente, incluso con la referencia al striptease invertido de la aguerrida y voluptuosa heroína (cuya voz presta la chica penthouse y actriz de serie B Julia Strain, pareja de Eastman).

             De nuevo, Heavy Metal 2000 presenta la lucha del Bien contra el Mal propiciada por un objeto de resplandor verdoso –también recuerdo del Loc-nar de la anterior- que promete la vida eterna, sumado a una venganza épica familiar y todo ello con el mismo aire de cómic de espada y brujería mezclado con La guerra de las galaxias.

              La animación más lujosa con insertos digitales, el gamberrismo más directo, los guiños al cosmos en el que se inscribe la cinta, los pubis rasurados y algo más de argumento favorecido por el desarrollo de una única trama (aunque su coherencia tampoco es lo realmente importante), marcan el cambio generacional en la realización de este nuevo Heavy Metal. También signo de los nuevos tiempos -y de su carácter de prolongación devota- son un menor encanto, tanto en la factura técnica (el rotoscopio era tan efectivo como entrañable, sobre todo frente a los rígidos y fríos insertos digitales) como en la irreverencia, más impostada, menos auténtica.

               No obstante, el filme es ágil, respeta la hora y media de duración y mantiene el nivel de entretenimiento púber y descerebrado, que es lo que contaba.

 

Nota IMDB: 5,2.

Nota FilmAffinity: 5.

Nota del blog: 6,5.

Monsieur Verdoux

23 Oct

“No hay nada permanente en este malvado mundo. Ni siquiera nuestros problemas.”

Charles Chaplin

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Monsieur Verdoux

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Año: 1947.

Director: Charles Chaplin.

Reparto: Charles Chaplin, Mady Correll, Audrey Betz, Marilyn Nash, Martha Raye.

Tráiler

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            “Una comedia de asesinos”. Ahí queda el subtítulo. Charles Chaplin procedía a emplear su imagen tierna y cómica para descerrajar un puñetazo al estómago del espectador.

Hombre de firmes creencias humanistas y de izquierdas, Chaplin componía con Monsieur Verdoux un nuevo alegato que atacaba la línea de flotación del sistema. La historia, una idea original de Orson Welles y tomada de la vida de Landrú -un conocido criminal francés sobre el que se planteaba rodar un documental-, retrata la sociedad posterior al crack del 29 a través de un producto directo de la misma: Henry Verdoux.

            Verdoux es una imitación de los hombres respetables de su sociedad; un individuo amable, atento y delicado pero descompuesto mental y moralmente por el maltrato de la sociedad, que lo rechaza como un objeto inservible, un ejemplo de la alienación del individuo por la maquinaria financiera global que ya había apuntado en Tiempos modernos. Antiguo cajero, el balance negativo de la crisis lo arroja a la calle, un lugar donde ha de sobrevivir como autónomo gracias a un negocio honorable como cualquier otro (fabricante de armamento, por ejemplo): casarse con mujeres mayores, asesinarlas y robar sus fortunas. Un empleo fatigoso pero rentable.

El asesinato, como las muertes en guerra, no significa nada para Verdoux, solo un trámite más para llevar el pan a casa.

             Monsieur Verdoux parece así una vuelta de tuerca intelectualizada y comprometida del Sospecha de Hitchcock –incluso surge una discusión similar sobre modos de llevar a cabo un asesinato-; dando pie a una comedia negrísima, quizás la más desesperanzada y negativa del británico.

Chaplin, uno de los cineastas más hábiles a la hora de remover los sentimientos del respetable, establece un contraste satírico de macabra ferocidad entre la presentación interpretativa y formal de sus actos, propia de una comedia inocua, y el terrible fondo del relato, que se oculta subyaciente en pequeños pero terribles detalles (un incinerador en un jardín de rosas, unas elipsis livianas en las que entra en la habitación de noche tras una mujer y sale de día con una caja).

Por si fuera poco, Chaplin apela con crueldad a la complicidad del espectador rompiendo puntualmente la cuarta pared y señalándolo como parte y solución del problema y que se extiende a una tétrica acusación directa en el desenlace.

Aun con todo ello, la escena más dolorosa no es la de un homicidio sugerido, sino la de la renuncia al bien, cuando rechaza reconocer a una chiquilla a la que ha ayudado, la corrupción positiva de su despertar cínico, la única vía de salvación para un hombre en el que todavía fluyen vivos (aunque enajenados) sentimientos humanos.

             Aunque está algo descompensada en el metraje –las ‘aventuras de negocios’ acaban por tener un punto de redundancia-, Monsieur Verdoux presenta uno de los latigazos más duros de Chaplin contra los males que asolaban a la sociedad de su tiempo, y como en El gran dictador –del que repite su condena al totalitarismo, hallándolo herencia de este frío y demencial sistema de beneficios y pérdidas-, con discurso final incluido.

             Su lucidez le valdría una acogida fría por parte del público y una próxima denuncia como comunista subversivo por el Comité de Actividades Antiamericanas en la Caza de brujas en Hollywood.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8.

Agallas

21 Oct

“Espero que el Estado me rehabilite como se rehabilita a los drogadictos, porque ser contrabandista no deja de ser una droga como otra cualquiera.”

Laureano Oubiña

 

 

Agallas

 

Año: 2009.

Directores: Samuel Martín Mateos, Andrés Luque.

Reparto: Hugo Silva, Carmelo Gómez, Carlos Sante, Rula Blanco, Xavier Estévez, Tomás Lijó, Celso Bugallo.

Tráiler

 

 

             Agallas, una cinta que se mueve entre dos aguas con atrevimiento pero mucha más torpeza que acierto, es a ratos un intento de cine negro a la española sobre las organizaciones gallegas del narcotráfico –inspiradas en aquellos temibles finales de los ochenta de los Laureano Oubiña y los Sito Miñanco, los años del caballo y las generaciones perdidas-, a ratos sátira del mismo, aprovechando el aroma de pueblerinismo mal venido a más de estas mafias y de la chapuza idiosincrásica del país en general.

             La película exhibe sin pudor un refrito mal digerido de influencias e imitaciones de tramas, soluciones y estilos, a caballo, como decíamos, entre el homenaje y la parodia. Los debutantes Samuel Martín Mateos y Andrés Luque se dedican de esta manera a demostrar al respetable que han visto y adorado muchísimas películas del género y que buscan, de cinéfilo a cinéfilo, su complicidad. Un truco con muchos defensores pero barato, viejo y a estas alturas, tras aguantar mil remezclas de igual calaña auspiciadas por la idolatración popular del genio caprichoso de Tarantino, muy gastado. Sobre todo cuando uno se pasa de listillo.

             A pesar de reírse de sí misma (más bien, solo intentarlo), el filme termina por tomarse en serio más de lo debido, por lo que no se sabe bien si juega a ser un remedo cateto y con devoción adolescente de Scarface y el cine de gángsters de las grandes ligas o aspira, en cambio (o al mismo tiempo) a conseguir establecer, a su manera, cierto parentesco ibérico con el desenfadado cine criminal de Guy Ritchie.

Sin embargo, aparte de la descompensación y la ostensiblemente malograda mezcolanza de ambas corrientes, el denominador común de un guion deplorable, con no pocas líneas de auténtica vergüenza ajena, sobre todo cuando trata de ser contundente –aunque salve puntos en las conclusiones-,  acaba siendo lo cutre y el esperpento mal llevado, representado en su totalidad por su personaje protagonista, un pazguato mal acabado con el que el guaperas televisivo Hugo Silva, en la cresta de la ola por la casposa Los hombres de Paco, trata de zafarse de su vitola de cara bonita a través de la caracterización caricaturesca y la hiperinterpretación añadida. Carmelo Gómez, en teoría destinado a ejercer una contraposición de garantías, tampoco le anda a la zaga en histrionismo.

Visto el plan, mejor quedarse con Airbag.

 

Nota IMDB: 5,2.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 2.

Sympathy for Mr. Vengeance

20 Oct

“La violencia es una de mis obsesiones y uno de los componentes fundamentales del alma humana. En realidad soy una persona pacífica y tranquila, y quizá exorcizo mis pulsiones con estas historias llenas de odio”.

Park Chan-wook

 

 

Sympathy for Mr. Vengeance

 

Año: 2002.

Director: Park Chan-wook.

Reparto: Ha-kyun Shin, Kang-ho Son, Doona Bae, Ji-Eun Lim, Bo-bae Han.

Tráiler

 

 

              Agotado en sus fuentes primigenias, el cine negro y su derivación, el thriller, verían, pasado el cambio de milenio, cómo desde un país en principio tan extraño a él como es Corea del Sur, aparecía ahora su más importante e interesante corriente de renovación, decostrucción y, en casos, demolición. 

              Park Chan-wook surge aquí como el nombre más reconocido del proceso, sobre todo tras la consecución de la Palma de oro con la magistral Oldboy, segundo capítulo de su -según él mismo involuntaria- trilogía de la venganza. Una trilogía que, precisamente, daba el pistoletazo de salida con Sympathy for Mr. Vengeance.

              De espíritu altamente destructivo, Park Chan-wook dibuja la historia de dos hombres a los que el destino, verdadero motor burlón y despiadado de la trama, obliga a la consecución de sendas venganzas entrelazadas, dando lugar a un filme de estructura dual, un juego de espejos en el que los dos personajes se reflejan uno en el otro, intercambiando a mitad de metraje el punto de vista -y con ello la cadencia, incluso- de la película.

Son dos relatos paralelos y confluyentes que comparten un profundo dolor derivado de la incapacidad de poner solución a un drama–la enfermedad terminal de la hermana, el secuestro de la hija- que resulta finalmente en la tragedia de una muerte.

Son seres, por tanto, impotentes ante la fortuna, a los que solo les queda la venganza como única reacción posible (ni siquiera grito de furia, se diría). Una rabia resignada e igual de ridícula e inútil que el resto de sus acciones anteriores.

            De esta manera, es el absurdo -uno de los grandes temas y rasgos característicos de la filmografía del cineasta seulés- el protagonista de ambas vendettas, en las que el humor negro y el regodeo en la expresión explícita y desagradable de la violencia parecen formar las dos caras de una misma moneda.

Sympathy for Mr. Vengeance surge así como una obra altamente corrosiva en el fondo que contrasta con la pulcritud y estilización característica del Park Chan-wook en la puesta en escena y, por qué no, con un ritmo bastante irregular, aún lejos de ese vals musculoso, absorbente y obsesivo que hará gala en la magnífica Oldboy.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

El mundo, la carne y el diablo (The World, the Flesh and the Devil)

19 Oct

“Rara vez se habrá tenido como con esta Guerra Fría la sensación de que el futuro es oscuro y la supervivencia no está asegurada”.

Edward R. Murrow

 

 

El mundo, la carne y el diablo (The World, the Flesh and the Devil)

 

Año: 1959.

Director: Ranald MacDougall.

Reparto: Harry Belafonte, Inger Stevens, Mel Ferrer.

Tráiler

 

 

             La ciencia ficción, una vez más, enjuiciaba los tiempos presentes por medio de una imagen de futuro. En esta ocasión, a la vertiente de crítica a los terrores de la Guerra Fría y su posible holocausto nuclear –aún resta casi un lustro para su pico de tensión álgido, el de los misiles cubanos de la Crisis de los trece días en 1962- se unen las tensiones raciales que experimentaba el país norteamericano a finales de los cincuenta y que se acentuarán en la década posterior: ya había tenido lugar el boicot de los autobuses de Montgomery, con Rosa Parks como icono, y la crisis de Little Rock, Arkansas, por el fin de la segregación de la población afroamericana en el sistema educativo de los Estados Unidos.

             Y es que, El mundo, la carne y el diablo (referencia a los ‘enemigos del alma’ que cita la Biblia) se atreve a vaticinar que, en el inminente fin del mundo por la guerra radioactiva –ya aventurado en el celuloide por Five en 1951, y en versión ‘cine de monstruos de goma’, por Roger Corman en El día del fin del mundo, de 1955-, el único superviviente es un joven negro atrapado en las profundidades de una mina del Medio Oeste durante los cinco días que dura la mortal nube tóxica. Tendrá los rasgos de

Harry Belafonte, rey del calipso, que continúa así con sus incursiones en el cine tras Bright Road, Carmen Jones y Una isla al Sol, otro filme también de fuerte componente racial.

              Así las cosas, la película comienza presentando los rasgos que más tarde se convertirán en arquetípicos para todas las cintas con el tópico del ‘único superviviente’: incredulidad, desesperación, adaptación, rutina y variación de la rutina, generalmente a causa de supervivientes femeninos, obviamente apetecibles (Inger Stevens). Una excusa que sirve aquí para rellenar el incómodo y difícil ‘qué hacemos’ que surge tras mostrar el espectacular, sugestivo y siempre eficaz tema del hombre como el rey absoluto del mundo en ruinas, en este caso un Nueva York desolado retratado por tomas todavía espectaculares y mil veces imitadas.

              El mundo, la carne y el diablo deriva de esta manera hacia un drama romántico conformado por un triángulo amoroso –una Eva, dos Adanes, dilema en el que apenas un año después incidiría más abiertamente Corman, de nuevo, hábil cazador de tendencias, en La última mujer sobre la Tierraen el que, al mismo tiempo, se dirime con arrojo –para la época, hoy queda como un discurso un tanto somero- el problema del racismo de la sociedad americana.

Ralph, el protagonista, aparece como un individuo torturado por toda una vida de menosprecios a causa del color de su piel, y es por ello el primero al que el cuesta afrontar sus nuevas posibilidades –formar pareja con una tractiva joven blanca, ser reconocido por sus cualidades humanas-. El retorno de la ‘civilización’ –el hallazgo de otros supervivientes- significa ser desplazado de nuevo a su condición de marginado, de menos que hombre.

Curiosamente, en la vida real se ligó sentimentalmente a ambos protagonistas, Belafonte y Stevens, formando esa unión interracial que tantos quebraderos de cabeza produce en la película.

              Con todo y ello, tras los fuegos artificiales de la ciencia ficción catastrófica pura, el conflicto social y amoroso queda un tanto más frío, pese al acertado reflejo y potencia de la tensión sexual. No terminan de convencer las dudas emocionales de Ralph, planteadas casi como producto de un complejo propio, ni mucho menos la resolución del conflicto amoroso, al que las jugosas y puede que no del todo involuntarias interpretaciones salaces de ese obligatorio final feliz no libran de su aire entre forzado, improvisado e, incluso, ñoño.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6,5.

Mátalos suavemente

16 Oct

“No es nada personal, Sonny. Solo negocios.”

Michael Corleone (El padrino)

Mátalos suavemente

Año: 2012.

Director: Andrew Dominik.

Reparto: Brad Pitt, Richard Jenkins, Scout McNairy, Ben Mendelsohn, James Gandolfini, Ray Liotta, Vincent Curatola.

Tráiler

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             La devoción de la mafia por el sistema es cosa conocida desde tiempos de Al Capone, capitalista de éxito, paradigma del sueño americano, el de hacer un millón a partir del primer centavo. Al fin y al cabo, y como bien ha reflejado el cine en tantas ocasiones, no es algo personal, sino solo negocios. Una empresa de manufacturas, con ambiciones de cuotas de mercado, directores generales, vicepresidentes, asesores legales y financieros, marketing y asalariados supernumerarios.

Por otro lado, el Estado norteamericano, otro ente organizado y jerarquizado, es visto con recelo por aquellos que se dicen garantes de los valores de libertad, individualismo y prosperidad idiosincrásicos del país. Los mismos que reclaman que su gestión eficaz solo puede ser llevada a cabo por un empresario. Es decir, que sea tratado como un organismo destinado a producir superávit económico, engrandecido a sinónimo de libertad.

             Mátalos suavemente no expone, por tanto, nada nuevo –acudiendo tan solo al icono de iconos del cine de mafia, la trilogía de El padrino, ya se puede seguir la evolución paralela de una familia, de los Estados Unidos y de un modo de hacer negocios-, pero lo que dice lo hace con clase, eficacia y contundencia, a veces a costa incluso de ser explícito en alguna ocasión, como en la ya renombrada sentencia final –cosa que no quiere decir que esté de más-.

             Auspiciado por Brad Pitt -satisfecho por los resultados de la colaboración en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, western de desigual acogida-, Andrew Dominik remoza la novela de George V. Higgins respetando su fondo (según los expertos, un servidor desconoce el original) y con una cierta estética setentera (fotografía, gafas de sol dignas de Punto límite: Cero) pero barnizándola de actualidad de plazo medio-corto; la del Estados Unidos ante las orejas del lobo financiero, post-Irak, post-Katrina y del amanecer del fenómeno Obama.

Así, la campaña de imagen de las elecciones presidenciales de 2008, que enfrentaría al entonces senador por Illinois contra el republicano John McCain, sirven el decorado y, casi, narrador de otra campaña de imagen, de una empresa diferente. La mafia no puede consentir una agresión flagrante en territorio propio como es la de el asalto a sus timbas de póquer. Urge la acción, la demostración de fuerza.

             Sin embargo, Mátalos suavemente se salta los patrones clásicos de acción-reacción brutal. El sindicato del crimen ya no es lo que era. En esa comparación de mafia con políticas de Estado y Estado con políticas de mafia, y ambas con métodos de corporación multinacional, la malavita, tan solo para resolver una anécdota nimia, se empantana en decisiones de comités, trámites inacabables, gestiones engorrosas, corruptelas, chapucillas, errores de estimación, apuros de fin de mes en tiempos de crisis, gelidez estadística y cúpulas directivas avariciosas sin respeto por el currante.

             Poco a poco, la película va tomando cuerpo desde un comienzo con poca fuerza. Las conversaciones triviales y naturalistas –muchos apuntan aquí al recuerdo del gángster tarantiniano- que rigen este espectáculo no basado en los tiros y las sangrías criminales –aunque de aguerrido hiperrealismo cuando viene al caso- van funcionando progresivamente, desvelando el reflejo de un país –una nación, un pueblo, una compañía- en el que sus individuos, también divididos y clasificados en estratos, clases y funciones, tratan de sobrevivir en la jungla; desamparados, solos, corrompidos moralmente, desheredados y sin futuro, piezas capitalizadas por el omnipresente y omnipotente Mercado.

             La realidad es cruda, de un estudiado feísmo, sin espacio apenas para una escueta banda sonora que cuando aparece lo hace con mala baba, aunque con una poco sutil tendencia al subrayado. Dominik, siempre atento a la forma, hace ostentación de creatividad rayana en el esteticismo en solo dos actos, de los pocos también adornados con música: un asesinato a cámara lenta, coreografiado casi como un vals al son de Love Letters, de Ketty Lester; y una conversación adulterada por un chute de la heroína –campo en el que el cineasta neozelandés había experimentado en su debut, Chopper– con precisamente Heroin, de The Velvet Underground, de fondo, en este caso llegando a imponer el regodeo en la retórica visual por delante de mantener el ritmo del filme.

             El resultado, sin ser perfecto, logra tener alma, estilo, sentido y mensaje.

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

Outrage

11 Oct

“Me gustaría poder hacer cine más artístico, pero tengo que hacer entretenimiento para tener espectadores”

Takeshi Kitano

 

 

Outrage

 

Año: 2010.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Takeshi Kitano, Kitamura Soichiro, Jun Kunimura, Renji Ishibashi, Tomokazu Miura, Kippei Shiina, Ryo Kase, Tetta Sujimoto.

Tráiler

 

 

             Después de tres ejercicios de autorreflexión y psicoanálisis filmado –Takeshis’, Glory to the Filmmaker!, Aquiles y la tortuga– Takeshi Kitano, cada vez con más comentarios, sobre todo por parte de sus fieles, arreciando sobre su deriva cinematográfica, decide plantarse y arrojar contra su público aquello que éste parece pedirle: una vuelta a las andadas, un estallido de estilizada violencia yakuza como en los viejos y buenos tiempos.

             A través de esta contestación resignada pero brutal que es Outrage, el realizador japonés pone frente al objetivo a esa organización jerárquica y ritualizada hasta lo ridículo, y más casposa que gloriosa, que es la yakuza japonesa. Aunque la mirada de Kitano siempre tuvo un halo irónico, nunca fue tan directo y descarnado como ahora.

Ya que tiene que volver al cine de gángsteres, a Kitano le apetece divertirse.

             De hecho, más que una nueva entrega de mafiosos nihilistas a los que la muerte les sabe igual que la vida, Outrage parece una de las locuras del incontenible Takashi Miike.

Este conjunto ultraviolento de ascensos y caídas, traiciones y vendettas –rasgos paradigmáticos del género-, protagonizado por un grupo de desheredados empleados como punta de lanza y carne de cañón en unas guerras en las que la senilidad y el sadismo del capo de capos sirve como agente del caos, no es más que una carcajada cruel y abrasiva, hemoglobina y plomo mediante, a costa de ese monstruo mitificado e idolatrado.

             La cinta reconcilia la más cruda fiereza y garra de Kitano, su talento para la puesta en escena –aunque con unas aspiraciones artísticas ostensiblemente rebajadas- y su macabra y burlesca imaginación,conmemorada a impregnar de desorden y absurdo la pantalla y que, dentro de estos vericuetos de escalafones, escuadras criminales y pugnas intestinas, se torna incluso confuso de seguir por momentos.

             Sin embargo, lo que importa es descerrajar el sinsentido de una organización que se mea en el mal llamado honor del criminal. Nada que ver con aquellos estoicos hombres del clan, leales incluso en el destierro y la traición, del tradicional yakuza eiga.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

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