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Mátalos suavemente

16 Oct

“No es nada personal, Sonny. Solo negocios.”

Michael Corleone (El padrino)

Mátalos suavemente

Año: 2012.

Director: Andrew Dominik.

Reparto: Brad Pitt, Richard Jenkins, Scout McNairy, Ben Mendelsohn, James Gandolfini, Ray Liotta, Vincent Curatola.

Tráiler

 .

             La devoción de la mafia por el sistema es cosa conocida desde tiempos de Al Capone, capitalista de éxito, paradigma del sueño americano, el de hacer un millón a partir del primer centavo. Al fin y al cabo, y como bien ha reflejado el cine en tantas ocasiones, no es algo personal, sino solo negocios. Una empresa de manufacturas, con ambiciones de cuotas de mercado, directores generales, vicepresidentes, asesores legales y financieros, marketing y asalariados supernumerarios.

Por otro lado, el Estado norteamericano, otro ente organizado y jerarquizado, es visto con recelo por aquellos que se dicen garantes de los valores de libertad, individualismo y prosperidad idiosincrásicos del país. Los mismos que reclaman que su gestión eficaz solo puede ser llevada a cabo por un empresario. Es decir, que sea tratado como un organismo destinado a producir superávit económico, engrandecido a sinónimo de libertad.

             Mátalos suavemente no expone, por tanto, nada nuevo –acudiendo tan solo al icono de iconos del cine de mafia, la trilogía de El padrino, ya se puede seguir la evolución paralela de una familia, de los Estados Unidos y de un modo de hacer negocios-, pero lo que dice lo hace con clase, eficacia y contundencia, a veces a costa incluso de ser explícito en alguna ocasión, como en la ya renombrada sentencia final –cosa que no quiere decir que esté de más-.

             Auspiciado por Brad Pitt -satisfecho por los resultados de la colaboración en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, western de desigual acogida-, Andrew Dominik remoza la novela de George V. Higgins respetando su fondo (según los expertos, un servidor desconoce el original) y con una cierta estética setentera (fotografía, gafas de sol dignas de Punto límite: Cero) pero barnizándola de actualidad de plazo medio-corto; la del Estados Unidos ante las orejas del lobo financiero, post-Irak, post-Katrina y del amanecer del fenómeno Obama.

Así, la campaña de imagen de las elecciones presidenciales de 2008, que enfrentaría al entonces senador por Illinois contra el republicano John McCain, sirven el decorado y, casi, narrador de otra campaña de imagen, de una empresa diferente. La mafia no puede consentir una agresión flagrante en territorio propio como es la de el asalto a sus timbas de póquer. Urge la acción, la demostración de fuerza.

             Sin embargo, Mátalos suavemente se salta los patrones clásicos de acción-reacción brutal. El sindicato del crimen ya no es lo que era. En esa comparación de mafia con políticas de Estado y Estado con políticas de mafia, y ambas con métodos de corporación multinacional, la malavita, tan solo para resolver una anécdota nimia, se empantana en decisiones de comités, trámites inacabables, gestiones engorrosas, corruptelas, chapucillas, errores de estimación, apuros de fin de mes en tiempos de crisis, gelidez estadística y cúpulas directivas avariciosas sin respeto por el currante.

             Poco a poco, la película va tomando cuerpo desde un comienzo con poca fuerza. Las conversaciones triviales y naturalistas –muchos apuntan aquí al recuerdo del gángster tarantiniano- que rigen este espectáculo no basado en los tiros y las sangrías criminales –aunque de aguerrido hiperrealismo cuando viene al caso- van funcionando progresivamente, desvelando el reflejo de un país –una nación, un pueblo, una compañía- en el que sus individuos, también divididos y clasificados en estratos, clases y funciones, tratan de sobrevivir en la jungla; desamparados, solos, corrompidos moralmente, desheredados y sin futuro, piezas capitalizadas por el omnipresente y omnipotente Mercado.

             La realidad es cruda, de un estudiado feísmo, sin espacio apenas para una escueta banda sonora que cuando aparece lo hace con mala baba, aunque con una poco sutil tendencia al subrayado. Dominik, siempre atento a la forma, hace ostentación de creatividad rayana en el esteticismo en solo dos actos, de los pocos también adornados con música: un asesinato a cámara lenta, coreografiado casi como un vals al son de Love Letters, de Ketty Lester; y una conversación adulterada por un chute de la heroína –campo en el que el cineasta neozelandés había experimentado en su debut, Chopper– con precisamente Heroin, de The Velvet Underground, de fondo, en este caso llegando a imponer el regodeo en la retórica visual por delante de mantener el ritmo del filme.

             El resultado, sin ser perfecto, logra tener alma, estilo, sentido y mensaje.

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

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