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J. Edgar

27 Sep

“Los miles de criminales que he visto en cuarenta años de aplicación de la ley, han tenido una cosa en común: Todos y cada uno de ellos era un mentiroso.”

John Edgar Hoover

 

 

J. Edgar

 

Año: 2011.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Leonardo DiCaprio, Armie Hammer, Naomi Watts, Judi Dench.

Tráiler

 

 

            Aunque el ácrata Clint Eastwood cuente con un breve periodo como alcalde de su pueblo y se dedique ahora a señalar sillas vacías para la causa republicana, su relación con el poder y el Estado, en lo personal y en lo cinematográfico, está marcada sobre todo por el escepticismo y la desconfianza desde un punto de vista humanista, individualista y libertario. Clint va a su bola.

No hay nada como el FBI, la agencia federal de investigación, con jurisdicción sobre todo el territorio Estados Unidos, para ejemplificar el poder del Estado. Un poder materializado en un solo hombre, John Edgar Hoover, creador del organismo y su presidente durante casi medio siglo; una figura en la que realidad y leyenda confluyen para crear un personaje complejo y controvertido como pocos. El Estado no es un ente abstracto, sino individuos que plasman su personalidad en él y lo utilizan para satisfacer sus apetitos.

              Eastwood procede a desnudar al hombre, al mismo tiempo que reflexiona sobre la memoria y, como no podía ser menos, sobre el dilema entre seguridad nacional e intimidad personal, instrumento útil a su vez para diagnosticar tiempos contemporáneos.  Así pues, el realizador californiano no trata con ello de juzgar la mezquindad del poderoso, algo que parece evidente en el caso de un tipo tan siniestro como Hoover, sino que expone su condición.

Hoover es un tipo perdido que imprime a fuego, casi inocentemente, una reivindicación personal en un organismo estatal de la trascendencia del FBI. El hombre aparece en pantalla como un dechado de complejos, con una determinación casi vengativa hacia una sociedad que lo atormenta y a cuyos integrantes ve como objetos a los que clasificar; obsesivo con detalles fruto de una enfermiza relación maternofilial y el tabú de una reprimida homosexualidad. Un individuo frágil pero determinado a alcanzar una grandeza a la que se le ha enseñado que está predeterminado, por lo civil o lo criminal, por talento, oportunismo o manipulación.

            O, al menos, es así como se restringe la percepción de su polémica existencia, desde la propia mirada del personaje, que es la que compone la narración, indica Eastwood, atento a la hora de señalar los problemas de identificación de la verdad del relato, de diferenciar entre la mirada subjetiva y la objetiva, de la creación de esa verdad  con la influencia de herramientas propagandísticas en la creación de una memoria colectiva que se da por auténtica, caso, por ejemplo, de los inocentes cómics financiados por Hoover o de la influencia popular del cine, no se sabe bien si por delante o a rastras de los gustos del público.

Las imágenes del pasado son, de este modo, las imágenes del pasado de la memoria de Hoover, por ello simplificadas y autocondescendientes –y que puede llevar a una malinterpretación de la cinta-, con la glorificación de los ciertos logros como la inclusión de la ciencia en los métodos policíacos o las espectacularizadas detenciones de la ‘era del enemigo público’, si bien no evita su carácter paranoide y egomaníaco.

            Sin embargo, es difícil sustraer a Hoover de su tenebroso significado histórico, cercano al fascismo, y es cuestionable, del mismo modo, eludir una mirada quizás algo más crítica hacia el mismo. Igualmente, el demérito de J. Edgar es que el personaje acaba por ser menos fascinante que los tiempos en los que vive, que la evolución política y social de la América que ocurre ante él y que resulta en demasiados aspectos un reflejo difuso de la América contemporánea, herencia directa de ellos.

            Además, la película, extensa de por sí y pese a la elegancia clásica de Eastwood, sufre algunas caídas de ritmo producto de cierta redundancia en la narración, a lo que se suma la cuestionable decisión de someter a un envejecimiento de látex a sus protagonistas, relativamente creíble (que no adecuado) en DiCaprio –si bien su fuerza interpretativa queda malograda por un deplorable trabajo de doblaje- y Watts –personaje secundario que acaba por quedar desdibujado o ninguneado-; horrendo en cambio en Hammer.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

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