Archivo | agosto, 2012

La gran estafa

20 Ago

“Cuando le mostré a Walter Matthau el primer corte de La gran estafa, todo lo que dijo fue ‘Bueno, admito que es una película pero ¿puede explicarme alguien de qué coño va?’.”

Don Siegel

 

 

La gran estafa

 

Año: 1973.

Director: Don Siegel.

Reparto: Walter Matthau, Joe Don Baker, John Vernon, Andrew Robinson, Felicia Farr.

Tráiler

 

 

            Algo tiene el cine de Don Siegel que parece propenso a melancolía, a un estado de pesimismo y decepción que quizás esté ligado a su condición de relativo outsider, de morador de los márgenes de la industria con su cine correoso y auténtico, firme y directo, muchas veces puesto al servicio del mejor postor. “Como una puta”, como él admitía.

Así las cosas, nadie mejor que Siegel para captar el espíritu turbulento, resacoso y triste de los setenta.

Ya lo demostró nada más comenzar la década con la construcción de todo un icóno, el inspector Harry Callahan, que bajo su rostro forjado en plomo escondía ese aura de agria decepción fruto de un sistema cochambroso y corrompido, pasto de la injusticia, la falta de escrúpulos y de moralidad. Unos vicios que, paradójicamente, acabarán por ser, de la mano del sufrido policía, el intento experimental de cura de toda su corrupción.

             Dos años después, y en esta ocasión desde el lado de un criminal que esgrime también su propio código de conducta en un mundo a la deriva – Charley Varrick (Walter Matthau, perfecto rostro para cargar el cansancio y el hastío), humilde asaltador de bancos de poca monta‑, Siegel repite el retrato de un mundo de ilusiones rotas, de cinismo descerrajado; una ficción publicitaria donde nada es lo que parece.

Un pueblecito idílico, bucólico, del corazón del país, oculta en el interior de su nimio banco casi un millón de podridos dólares procedentes del blanqueo de la mafia.

             El típico caso de alguien que se encuentra en el lugar equivocado en el momento equivocado: Charley Varrick –a su vez disfrazado de apacible anciano- y su banda –entre ellos el ultravillano Scorpio de ese Harry el sucio– perpetrando un golpe de lo más chapucero, parido ya con cesárea, destinado a levantar las iras tanto de la policía como de los gángsters, corporeizados en un amable director bancario con alma de serpiente -irónicamente el alcalde de, otra vez, Harry el sucio– y un temible matón que, de la misma manera que, tan solo un año antes, había ideado genialmente Carne viva con su malvado Mary Ann, responde al femíneo nombre de Molly (Joe Don Baker, acertada elección por su apariencia inocente, quizás no tanto a la hora de imprimir esa sensación de amenaza velada que no termina de resultar tan efectiva como pretende).

             En definitiva, un mundo y unos tiempos en los que el final feliz es imposible, en los que todo es maldad, interés material y podredumbre espiritual; todo ello enredado en un guion no demasiado profundo o intenso pero sí bien montado, que sabe explotar la intriga con atractivo e inteligencia pese a dejarse llevar por algún detalle impropio con poca justificación, dirigido por Siegel con su contundencia y sequedad habitual pese contar con algún tramo que deja cierta sensación de irregularidad en el ritmo del filme.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

Colombiana

15 Ago

“Nunca he recibido la influencia del cine, ya que ni siquiera tuve televisión hasta los 16 años. Mi estilo es un reflejo del mundo que he conocido (…). Nunca fui al cine, no sé mucho de sus grandes maestros.”

Luc Besson

 

 

Colombiana

 

Año: 2011.

Director: Olivier Megaton.

Reparto: Zoe Saldana, Michael Vartan, Jordi Mollá, Cliff Curtis, Lennie James, Beto Benites.

Tráiler

 

 

            Luc Besson, uno de los más activos representantes de la acción por la acción en su faceta de director y, sobre todo, de productor, repite esquema una vez más sin remilgos ni disimulo.

            Colombiana, realizada por uno de sus nuevos discípulos y protegidos, el director de temible nombre Olivier Megaton, recoge la maltratada excusa de la venganza por el asesinato de amados familiares para perpetrar una hora y media de ruido y furia continuado con origen en la imagen más tristemente tópico-folklórica del país sudamericano, la de los cárteles y la violencia, si bien en este caso auspiciada por los entresijos de los bajos y turbios fondos de la política internacional.

            Como en Nikita, dura de matar, la obra que puso el nombre de Besson en los oídos del cine internacional, la rabia tiene atractivas formas de mujer (Zoe Saldaña, tratando de sacudirse los píxeles de Avatar), cuya sensualidad es explotada con modosidad de videoclip musical. Una princesa guerrera dura y delicada, solitaria e incomprendida con la inocencia rota, condenada a renunciar a su vida para responder ojo por ojo a un mundo hostil y con un conato amoroso como posible luz sanadora y redentora al final del túnel.

             O no, porque el guion, sin consistencia ninguna y con apariencia de haber sido improvisado en cinco minutos, con pausa para café y cigarro mediante, se construye a partir del viejo de recurso de no dejar respirar al espectador con un bombardeo de planos que creen la sensación de que quizás haya algo detrás de tanto frenesí engañosamente entretenido y de la acumulación de sencillas situaciones estereotipadas destinadas a que no pierda el hilo, ni le haga falta esforzarse lo más mínimo.

Es decir, fast food fácil de tragar, barato, ramplón, insípido, olvidable.

 

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 4.

El vagabundo de Tokio (Tokyo Drifter)

14 Ago

“La atracción del arte está ligada a lo que nos revela sobre nuestro interior más oculto.”

Jean-Luc Godard

 

 

El vagabundo de Tokio (Tokyo Drifter)

 

Año: 1966.

Director: Seijun Suzuki.

Reparto: Tetsuya Watari, Chieko Matsubara, Tamio Kawaji, Eimei Esumi, Ryûji Kita, Hideaki Nitani.

Tráiler

 

 

            Sin complejos. Con El vagabundo de Tokio, al igual que en la posterior y pareja Branded to Kill, Seijun Suzuki decidía dar rienda suelta a un estilo con sello radical de autor, en el que no tienen cabida las contemplaciones.

             El cine negro más clásico –el pistolero solitario incapaz de renunciar a su violento modo de vida, a la llamada irresistible de la propia naturaleza- sirve base sobre la que experimentar en lo que parece el camino contrario a la ascética abstracción ofrecida por otra revisión foránea y más o menos coetánea como es la del polar francés: colorismo propio del cómic y el pop como seña de identidad y expresión del estado anímico del protagonista, personajes como recortes de cartón con la forma de un estereotipo del noir y el yakuza eiga –por tradición local se entroncaría también con la figura del ronin, cambiando eso sí la katana por el colt-, melodrama fatalista con influencias del teatro y el pulp más peleón, puesta en escena de sala de museo contemporáneo, variaciones temáticas a caballo entre la parodia, la deconstrucción y el homenaje.

             Todo tiene cabida, sin contención alguna, sin prejuicios ni inhibiciones, como solo podía darse en los sesenta, siempre con el estilo como elemento conductor y, acaso, objetivo final del filme.

Un mundo extraño que parece brotar de una percepción solipsista –el tema principal como declaración de intenciones tarareado incluso por el protagonista; el uso del color como transcripción de sus emociones-, donde la traición aparece como el destino inexorable.

            Suzuki, en su delirio onanista rodado a salto de mata a causa de una tijera que campa a sus anchas en la sala de edición, consigue soluciones de una expresividad prodigiosa, a la par que propone recursos y escenas bastante cuestionables y aún otros que rayan el ridículo, si no se instalan directamente en él.

            Curiosa como pocas, para ver con la misma falta de tapujos que esgrime un cineasta que va por libre.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

Prometheus

8 Ago

“Es absurdo pensar que estamos solos en el universo.”

Ridley Scott

 .

 .

Prometheus

 .

Año: 2012.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Noomi Rapace, Michael Fassbender, Charlize Theron, Idris Elba, Logan Marshall-Green, Guy Pierce.

Tráiler

 .

 .

            Es quizás su irregular trayectoria reciente la que le haya llevado a Ridley Scott a echar la vista atrás e intentar reverdecer los viejos laureles de quien otrora fuera uno de los más importantes y mejores renovadores de la ciencia ficción gracias a títulos como Alien: el octavo pasajero y Blade Runner.

Un retorno al pasado –recurso en alza en estos tiempos de sensibilidad ochentera y escasez de ideas y originalidad- en el que, no obstante, Scott tira de orgullo y no renuncia a la autoría por medio del reciclaje de una serie agotada por el terror de más baja estofa, un intento de desmarcarse del monstruo creado con una reconversión hacia terrenos más trascendentes, tomando como punto de partida aquel enigmático space jockey que a tantas cábalas ha dado lugar entre los apasionados de la saga.

Nobles, arriesgadas e interesantes intenciones, pero que luego hay que cumplir.

            Si la expedición del Nostromo se adentraba en el infierno, localizado en los confines del Universo, la nave Prometheus lo que aspira es a encontrar el cielo, dialogar con el sumo hacedor y conocer los secretos de la existencia.

Sin embargo, Prometheus –el titán que, en la mitología griega, creó e igualó a los hombres con los dioses entregándoles el fuego- no logra alzar el vuelo como película de ciencia ficción reflexiva, filosófica o metafísica como, proponiendo un modelo lejano, podría ser 2001: Una odisea del espacio o el introspectivo viaje espacial del Solaris de Tarkovski.

Más bien acaba recordando de nuevo, quizás sin quererlo o simplemente resignándose a ello, a uno de aquellos filmes de terror fantacientífico que se quisieron ver como influencia del primer Alien, como la italiana Terror en el espacio.

Esa mirada pesimista hacia el propio ser humano, un demiurgo en sí mismo, acaba por carecer de garra, se acaricia en varios tramos sin incidir nunca en profundidad, mientras que otros cabos quedan sueltos por torpezas de un guion poco atrevido a la hora de la verdad -ese concepto de mensaje prehistórico de ‘llamada al planeta’ no parece tener demasiado sentido-. 

            De la misma manera, esta superficialidad final se extiende a un reparto poblado de personajes en general poco trabajados –a excepción, en parte, de aquellos encarnados con notable corrección por Noomi Rapace y el hiperactivo Michael Fassbender, que continúa labrándose un nombre importante- o directamente desaprovechados o decorativos –como caso más flagrante, el de Charlize Theron-, y a lo que se suma, por otro lado, el total absurdo de maquillar a un actor joven con el único fin de encarnar a un anciano –¿no hay en todo Hollywood septuagenarios de garantías en activo?-.

             Por lo menos, aún permanece el talento técnico de Scott en una factura visual apabullante, demostrando ser un cineasta a priori perfectamente capaz de sacarle todo el jugo a un recurso todavía en pañales como es el 3D, y, más comedidamente, su nervio en la dirección –la película se podría calificar más como insípida que como aburrida-.

Una buena idea con resultados mejorables.

 .

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6.

El tren de las tres y diez

7 Ago

“En los westerns, no hace falta hablar inglés para saber qué sucede en la pantalla. De todas maneras, siempre he dicho que en el cine sonoro se habla demasiado.”

Glenn Ford

 

 

El tren de las tres y diez

 

Año: 1957.

Director: Delmer Daves.

Reparto: Van Heflin, Glenn Ford, Leora Dana, Henry Jones, Richard Jaeckel, Robert Emhardt, Felicia Farr.

Tráiler

 

 

            En la mitad de la década de los cincuenta, el western, territorio receptivo para todo tipo de tragedias y alegorías, reflejaba en sus polvorientos villorrios las heridas causadas por la infamia del mccarthismo.

El héroe se pone en duda: su valor, sus motivaciones, su proceder. Los habitantes del pueblo, hasta ahora poco más que puro decorado, traslucen un sentir colectivo, reflejo acusador de comportamientos contemporáneos. El verdadero duelo no se desarrolla al aire libre, frente al villano, sino en el interior de la mente dubitativa y atormentada del protagonista. La violencia es, como reza la etiqueta, más psicológica que física.

            El tren de las tres y diez es un exponente clásico del western psicológico, quizás menos reconocido que el estandarte oficial que representa Sólo ante el peligro. Aunque comparten una cita temporal como foco de tensión y punto climático hacia el que se dirige el conflicto, en el presente filme, basado en una novela de Elmore Leonard, el protagonista no se embarca en la denuncia meridiana del sheriff Kane -paradójicamente interpretado por el insulso Gary Cooper, quien nunca tuvo el menor problema en delatar a compañeros de oficio- de la exclusión y la cobardía popular de la caza de brujas. El bueno de Dan Evans (Van Heflin, con su rocosa y contundente sobriedad habitual), pacífico granjero, actúa empujado por la simple necesidad, por la ingratitud de una tierra que desprecia el esfuerzo honrado, ávida de dólares como indispensable motor de progreso en la vida.  

Ante él, a la fuerza, como su imagen revertida -quizás solo producto de las circunstancias o la casualidad-, el bandido Ben Wade (Glenn Ford, controlando los matices de su complejo personaje): rico por el dinero expoliado, con amoríos fugaces en cada parada en el camino –un componente sexual que aparece bastante notorio para los cánones de la época- y dueño de un innegable magnetismo. Es un villano que, como el granjero heroico de Heflin, se sale del arquetipo: contradictorio, presentado con extrema crueldad –dispara a sangre fría a uno de los suyos antes de acabar con el cochero que lo mantenía encañonado-, pero también educado, sarcástico, tranquilo, amante de un trabajo bien hecho, en silencio, siempre con la amenaza bajo su mirada dura pero calmada.

         Sin embargo, a pesar de que posee aquello que Evans codicia con obligada desesperación, Wade también envidia en secreto, revelado tan solo en sus ojos, rasgos de la sufrida vida del ranchero.

De ahí el juego mental entre ambos contendientes, un enfrentamiento en el que el revolver poco tiene que argüir.

           Daves, experto en desarrollar una mirada instrospectiva más allá de lo establecido y en las luchas individuales de un mundo anárquico y feroz, y ayudado por la extraordinaria solidez del reparto, maneja a la perfección los tiempos y las dosis de tensión -lo largos que pueden ser diez minutos en una situación de inquietud-, la complicidad y crudeza de un argumento de logrado aire terminal y pesimista, en la que la vuelta de tuerca a las convenciones del género se extienden a algun recurso dramático un tanto forzado y un desenlace sorprendente, acaso cuestionable, pero, al mismo tiempo, libre y consecuente con el alma de sus personajes.

            Como  curiosidad, y según ciertas versiones, este será uno de los títulos por los que el habla popular de Cuba rebautizará a los Estados Unidos como ‘la Yuma’.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

Vivir y morir en Los Ángeles

6 Ago

“Mi mejor actuación tuvo lugar durante la audición para Vivir y morir en los Ángeles. Nada más leer el guión, William Friedkin me dijo ‘el papel es tuyo’. Pensé que era una broma. Volví al hotel, me di un baño y me llamaron para negociar el contrato. Aún no me lo creo.”

William Petersen

 

 

Vivir y morir en Los Ángeles

 

Año: 1985.

Director: William Friedkin.

Reparto: William Petersen, Willem Dafoe, John Pankow, Debra Feuer, John Turturro, Darlanne Fluegel.

Tráiler

 

 

            A mediados de los ochenta, la carrera de William Friedkin, cineasta surgido durante la ola del Nuevo Hollywood como uno de sus integrantes más atrevidos, comenzaba a declinar víctima de la cada vez más frecuente mala elección de sus proyectos.

Quizás por ello, Friedkin quiso volver la vista atrás para adentrarse de nuevo en el thriller de acción con cierto sabor noir, de formas clásicas y sensibilidades renovadas al gusto de la época.

            Y es que Vivir y morir en Los Ángeles tiene algo de French Connection, primer gran éxito de Friedkin y referencia del policíaco de los setenta, si bien pasado por los colores fluorescentes, la horrenda música de sintetizador, el soleado e infernal destartalamiento de Los Ángeles y la violencia sórdida de los ochenta.

Sí mantiene la trama de investigación policial de los dos compañeros de placa complementarios, Chance (William Petersen), chulesco, anárquico y con desprecio por los métodos y las barreras éticas del oficio –qué contraste con el mesurado, pulcro y procedimental Grissom- y su subalterno Vukovich (John Pankow), apocado y formal, enfrentados a un capo esquivo y magnético, en este caso el falsificador de dólares Eric Masters, con los rasgos de un Willem Dafoe todavía sin arrugar.

            Salvando la excusa risible por tópica a estas alturas del veterano policía asesinado a dos días de abandonar el cuerpo, Friedkin compone un thriller repleto de fuerza y agallas, bien dosificado y dirigido con nervio, domando su furia pese a algún encabritamiento puntual, ciertos cortes abruptos de montaje y una solución más que adecuada pero no del todo bien afinada.

             No era esta sin embargo, una tarea nada sencilla dentro del ambiente apocalíptico de la ciudad californiana, del círculo vicioso de unos personajes hechos jirones, donde la única emoción que trasluce su acalorada gelidez parece ser la ira, el desprecio, el asco o, como mucho, una fidelidad negociada, instrumentalizada o mal entendida.

Buen ejercicio de acción.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Aquiles y la tortuga

2 Ago

“Lo más lento jamás será alcanzado en la carrera por lo más rápido, pues es forzoso que el perseguidor llegue primero al punto del que partió el perseguido, de suerte que es forzoso que el más lento lleve siempre alguna ventaja.”

Zenón de Elea

.

.

Aquiles y la tortuga

.

Año: 2008.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Takeshi Kitano, Yûrei Yanagi, Reikô Yashioka, Kanako Higuchi, Kumiko Asô.

Tráiler

.

            Algo debió de sucederle a Takeshi Kitano tras Zatoichi, el mayor éxito de taquilla de su carrera, una estupenda cinta de chambara clásico con el tamiz de su prisma particular y que en principio había renunciado a dirigir.

A partir de ahí, Kitano encadena una trilogía metalinguística, aurorreflexiva y semibiográfica, iniciada por Takeshis’, en la que al más puro estilo felliniano se desdoblaba (o deconstruía) en los fotogramas para cuestionarse sobre los extraños mecanismos de la fama y el éxito; continuada por Glory to the Filmmaker!, un filme sobre la (falta de) inspiración y la creatividad, y culminada por Aquiles y la tortuga, donde con la excusa de una de sus mayores aficiones, la pintura –con una producción propia que frecuentemente aparece adornando la escena de sus películas-, abunda en la investigación introspectiva sobre la creación artística, al que se suma la exploración de las finas líneas que separan pasión y obsesión, éxito y fracaso, necesidad y deseo.

             La biografía de un perdedor que no nació para serlo es el escalpelo elegido por Kitano para el análisis. Un hombre con talento, ganas y recursos económicos para triunfar en aquello en lo que estaba destinado al que un golpe de infortunio convierte en esclavo de una pasión transformada casi en condena.

Organizada a modo de fábula de tres actos, Aquiles y la tortuga comienza con una lucha infantil por los sueños cuya ternura recuerda, si bien sin alcanzar nunca, como el Aquiles de la paradoja de Zenón, a aquella pequeña gran joya que era El verano de Kikujiro. La importancia de la suerte en la vida, de creer. Le sigue el proceso de maduración, una mezcla de desorientación, toma de influencias mal entendida y frustraciones que se acentúan cada vez más hasta llegar a la madurez –donde Kitano toma ya las riendas del personaje-, en la que la confusión es total, el desprecio ajeno y el fracaso propio se transforman en incompresión y sinrazón y, solo alejándose para recobrar la perspectiva del cuadro en conjunto, se logra retomar el camino de una vida errada.

             Pese al hilo de continuidad, refrescantes cameos de míticos de los repartos del realizador tokiota y los aromas y detalles que recuerdan o logran recuperar por momentos tiempos mejores, Aquiles y la tortuga resulta una película un tanto descompensada y errabunda en sus cambios de ritmo y tono, entre los que ese aroma de fábula sencilla y de entrañable pesimismo se va reconduciendo hacia el estrambote y el humor absurdo y negrísimo de Kitano, que puede resultar tan agridulce y melancólico en una ocasiones como desaforadamente salvaje en otras –nada más ver el patetismo con el que aparece la muerte, el símbolo de cada etapa que el artista quema en su evolución-.

En su origen está el ensimismamiento, la dispersión y posiblemente el hastío de un cineasta al que este arte, que tan bien se le ha dado y tan buenos ratos ha ofrecido, parece que ya no le llena.

Y el espectador lo echa en falta.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

A %d blogueros les gusta esto: