Archivo | 15:13

El tren de las tres y diez

7 Ago

“En los westerns, no hace falta hablar inglés para saber qué sucede en la pantalla. De todas maneras, siempre he dicho que en el cine sonoro se habla demasiado.”

Glenn Ford

 

 

El tren de las tres y diez

 

Año: 1957.

Director: Delmer Daves.

Reparto: Van Heflin, Glenn Ford, Leora Dana, Henry Jones, Richard Jaeckel, Robert Emhardt, Felicia Farr.

Tráiler

 

 

            En la mitad de la década de los cincuenta, el western, territorio receptivo para todo tipo de tragedias y alegorías, reflejaba en sus polvorientos villorrios las heridas causadas por la infamia del mccarthismo.

El héroe se pone en duda: su valor, sus motivaciones, su proceder. Los habitantes del pueblo, hasta ahora poco más que puro decorado, traslucen un sentir colectivo, reflejo acusador de comportamientos contemporáneos. El verdadero duelo no se desarrolla al aire libre, frente al villano, sino en el interior de la mente dubitativa y atormentada del protagonista. La violencia es, como reza la etiqueta, más psicológica que física.

            El tren de las tres y diez es un exponente clásico del western psicológico, quizás menos reconocido que el estandarte oficial que representa Sólo ante el peligro. Aunque comparten una cita temporal como foco de tensión y punto climático hacia el que se dirige el conflicto, en el presente filme, basado en una novela de Elmore Leonard, el protagonista no se embarca en la denuncia meridiana del sheriff Kane -paradójicamente interpretado por el insulso Gary Cooper, quien nunca tuvo el menor problema en delatar a compañeros de oficio- de la exclusión y la cobardía popular de la caza de brujas. El bueno de Dan Evans (Van Heflin, con su rocosa y contundente sobriedad habitual), pacífico granjero, actúa empujado por la simple necesidad, por la ingratitud de una tierra que desprecia el esfuerzo honrado, ávida de dólares como indispensable motor de progreso en la vida.  

Ante él, a la fuerza, como su imagen revertida -quizás solo producto de las circunstancias o la casualidad-, el bandido Ben Wade (Glenn Ford, controlando los matices de su complejo personaje): rico por el dinero expoliado, con amoríos fugaces en cada parada en el camino –un componente sexual que aparece bastante notorio para los cánones de la época- y dueño de un innegable magnetismo. Es un villano que, como el granjero heroico de Heflin, se sale del arquetipo: contradictorio, presentado con extrema crueldad –dispara a sangre fría a uno de los suyos antes de acabar con el cochero que lo mantenía encañonado-, pero también educado, sarcástico, tranquilo, amante de un trabajo bien hecho, en silencio, siempre con la amenaza bajo su mirada dura pero calmada.

         Sin embargo, a pesar de que posee aquello que Evans codicia con obligada desesperación, Wade también envidia en secreto, revelado tan solo en sus ojos, rasgos de la sufrida vida del ranchero.

De ahí el juego mental entre ambos contendientes, un enfrentamiento en el que el revolver poco tiene que argüir.

           Daves, experto en desarrollar una mirada instrospectiva más allá de lo establecido y en las luchas individuales de un mundo anárquico y feroz, y ayudado por la extraordinaria solidez del reparto, maneja a la perfección los tiempos y las dosis de tensión -lo largos que pueden ser diez minutos en una situación de inquietud-, la complicidad y crudeza de un argumento de logrado aire terminal y pesimista, en la que la vuelta de tuerca a las convenciones del género se extienden a algun recurso dramático un tanto forzado y un desenlace sorprendente, acaso cuestionable, pero, al mismo tiempo, libre y consecuente con el alma de sus personajes.

            Como  curiosidad, y según ciertas versiones, este será uno de los títulos por los que el habla popular de Cuba rebautizará a los Estados Unidos como ‘la Yuma’.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

A %d blogueros les gusta esto: