Archivo | junio, 2012

El estrangulador de Boston

22 Jun

“Uno debería juzgar a un hombre por sus vicios. Las virtudes pueden ser fingidas, pero los vicios son reales.”

Klaus Kinski

 

 

El estrangulador de Boston

 

Año: 1968.

Director: Richard Fleischer.

Reparto: Tony Curtis, Henry Fonda, George Kennedy, Murray Hamilton, Mike Kellin, Jeff Corey.

Tráiler

 

 

            En 1968, en medio de una etapa de optimismo, de creencia en lo posible de lo utópico, Richard Fleischer, representante de la anárquica y hosca generación de la violencia, asestaba un mazazo en la mandíbula a todas estas concepciones idílicas con El estrangulador de Boston.

            La reproducción de los crímenes e investigación policial del caso de Albert DeSalvo, asesino confeso de trece personas en la tranquila ciudad de Boston, trasciende su carácter de crónica criminal para servir como extrapolación y punto de apoyo para un ataque frontal y despiadado contra la corrompida sociedad estadounidense, putrefacta por mil vicios y, sobre todo, enferma de un incurable puritanismo hipócrita.

DeSalvo es un deleznable e irracional aberración que emana, a modo de tumoración indeseable y aterradora, directamente de la esquizofrenia del individuo y la urbe media de Norteamérica, refinado y moral, sórdido y morboso. El hijo brutal de un país fundado en la violencia y fascinado por ella, ávido consumidor a través de unos medios de comunicación de masas, fieles servidores de sangre y vísceras para el público de a pie y vates de la policía a la hora de elucubrar comportamientos criminales.

Nadie de entre esos honrados, escandalizados y temerosos ciudadanos parece sobresalir del lodo, padres y víctimas del monstruo, a su vez ejemplo meridiano y patético de esta perturbación.

            Fleischer moldea un thriller de novedosas y subyugantes formas, nada gratuitas, puestas al servicio de la contundencia del mensaje. Durante la detallista, tensa y absorbente investigación policial la pantalla fraccionada es, además de un recurso de gran capacidad de sugerencia, la representación de un estado mental. Es la concepción bipolar del asesino –repetimos, creación de esa sociedad esquizoide-, que conjuga en un mismo plano muerte atroz e inofensiva cotidianeidad, creando un efecto desasosegante, agrio y pegajoso. Consecuentemente, en el episodio de su repliegue autodefensivo, la imagen se volverá concisa, sobria, inane. Es también la imagen de la paranoia, los mil ojos desquiciados por la sospecha, impregnada en cada rincón.

            Es el continuo círculo vicioso en el que la sociedad produce al asesino y el asesino repercute en la sociedad con las armas con las que ésta le ha provisto. DeSalvo aparece metódico, aplicando una violencia seca, retratada de modo frío y desapasionado, próximo al documental, en el que la inconmensurable interpretación de Tony Curtis, con sus cambios de tono, repentinos y casi imperceptibles, imprime un halo veraz y aterrador al carácter del psicópata.

            Con ello, la segunda parte del filme depara el enfrentamiento cara a cara contra un investigador aparentemente aislado de ese civilizado salvajismo colectivo: un tipo de métodos arcaicos pero eficaces, incapaz de hacer caso al televisor. El hombre idealista, propio de otros tiempos, pero también con el espíritu del depredador que disfruta con sadismo de la caza. Para ello, nadie mejor que Henry Fonda.

Un cambio de tercio en el que los aspectos puramente psicológicos de la indagación parecen resistir algo peor el paso del tiempo, si bien aún lega impresiones poderosísimas a propósito de la recreación de la mente enferma de DeSalvo.

            Una jugosa cinta sobre asesinos en serie avant la lettre, fresca y acre como el primer día.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8,5.

The Man from Earth

21 Jun

“La verdad es perfecta para las matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida. En la vida, la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza cuentan más.”

Ernesto Sabato

 

 

The Man from Earth

 

Año: 2007.

Director: Richard Schenkman.

Reparto: David Lee Smith, Annika Peterson, Tony Todd, John Billingsley, William Katt, Ellen Crawford, Alexis Thorpe, Richard Rihele.

Tráiler

 

 

             Un taciturno profesor de historia proclama ante su círculo de amigos, reunido para despedirse antes de su partida, que en realidad es un cro-magnon de 14.000 años de edad y que, además, hace algún tiempo también fue Cristo.

Tal y como suena, esta es la premisa que da pie a The Man from Earth, cinta de presupuesto pírrico –su principal vía de difusión y descubrimiento, con el sentido agradecimiento de sus autores, será el infamado P2P- nacida de la mente del fallecido guionista de ciencia ficción Jerome Bixby, participante en buques insignia del género fantacientífico como En los límites de la realidad y Star Trek –que tendrá su guiño correspondiente en el presente filme-.

             Como le sucede a los desconcertados oyentes del relato del protagonista, uno no sabe si nos encontramos ante una historia genial o una estupidez de gran calibre, a medio camino entre un relato cómico-fantasioso infantil y una desacomplejada y entretenida obra de divulgación científica con estructura de pregunta-respuesta, lo que afecta a un guion que en determinadas líneas parece más propio de estos soportes, discursivo –en especial en la explicación reiterada de las ‘reglas del juego’- y un tanto acartonado.

De este modo, el público acomodado en la única sala que compone el escenario del filme, formado por un antropólogo, un biólogo, un arqueólogo, un psicólogo y una literata religiosa entre otros, es el que, a modo de detective, interroga al presuntamente milagroso individuo en este juego de supuestos y adivinanzas, tratando de desentrañar el misterio o el engaño al mismo tiempo que se repasan hitos principales de su campo de experiencia y se reflexiona sobre las convenciones culturales establecidas, las limitaciones del propio conocimiento y la posibilidad de realidad.

             Dentro de sus características, la historia sabe cautivar y mantener la atención del espectador a lo largo de todo el metraje, unido al grupo crítico e inquisidor como uno más, por medio de un cuidado libreto que juega en todo momento con la credulidad y el poder de sugestión y elucubración fantasiosa, libre de las barreras de la lógica, del clásico ¿y si…?, caminando sobre el alambre de lo interesante sobre el vacío de lo ridículo. Un precipicio en el que, en mi opinión, está demasiado cerca de caer en ocasiones puntuales, si es que no lo hace, como en la exploración religiosa o en un giro final tontorrón y, sobre todo, innecesario.

             En todo caso, The Man from Earth es una película atrevida y curiosa como pocas.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7.

Westworld, almas de metal

20 Jun

“-Esas personas son anima… anima… ¿eróticas?

 -No, no, no, aquí no tenemos animatrónicas.”

John Hammond (Parque Jurásico)

Westworld, almas de metal

Año: 1973.

Director: Michael Crichton.

Reparto: Richard Benjamin, James Brolin, Yul Brynner, Alan Oppenheimer.

Tráiler

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            1973. Michael Crichton, novelista y guionista de películas de ciencia ficción de bajo presupuesto, estrena Westworld, almas de metal, su primera obra como director para la gran pantalla. El argumento, emplazado en un futuro cercano donde triunfa un parque de atracciones que, por medio de la robótica, recrea tiempos pasados (la Roma imperial, la Edad Media, el Salvaje Oeste) para el disfrute del presente, propone la aventura de supervivencia de dos amigos en un lugar producto de la mejor tecnología creada por la orgullosa mente humana, en el que nada puede salir mal. Sus discretos resultados, inferiores a su influencia ulterior, la convertirán en una obra de culto.

1993. Steven Spielberg revienta las taquillas una vez más con Parque Jurásico, un filme en el que la tecnología del futuro permite una experiencia ‘real’ en un pasado perdido. El perfecto parque de atracciones en el que una imperfección da pie a la aventura y el thriller. Con el éxito de la película, Michael Crichton, autor de la novela original, hasta entonces poco popular guionista y director de cine, escribe su nombre con letras de oro en los escaparates de la ciencia ficción, más allá del reconocimiento restringido a círculos especializados.

             Crichton, como ya habían hecho en la literatura Asimov o Dick, anticipaba con Westworld, almas de metal el choque entre ser humano y máquina que tanto proliferaría en el cine de los ochenta, tiempos en los que ya se percibía el desmesurado potencial de la tecnología: Blade Runner, Terminator, TRON, Desafío total, Runaway, brigada especial -también escrita y dirigida por Crichton-,…

La rebelión de las máquinas contra su tiránico y envanecido demiurgo de carne y hueso. Los perfectos dioses de metal contra sus falibles creadores.

Como en Parque Jurásico la tecnología se sirve en su ofensiva de una apariencia arcaica y brutal, que no es sino el fruto de la morbosa atracción del hombre por lo violento: el dinosaurio en aquella, un pistolero interpretado por un crepuscular y aún así digno Yul Brynner –‘el divino calvo’ tiene clase y personalidad hasta para hacer de máquina-, ataviado como su personaje de Los siete magníficos en esta, cuyo legado, además, se apreciará en alguno de los futuros monstruos del slasher y, de modo más obvio, en los distintos villanos de la saga Terminator, desde su estructura y movimientos, hasta su visión de infrarrojos, ya generada por una novedosa animación informática.

Perseguidores implacables e infatigables a derrotar con virtudes y vicios humanos como la inteligencia analítica o la capacidad de engaño.

             Compuesta con unos mimbres sencillos con regusto a cómic, Westworld, almas de metal, a pesar de la cierta descompensación en su metraje -en realidad la cinta no tiene demasiado que contar aparte de la exposición de ese sugerente ocio futurístico inicial y alargado, y la huida y persecución final, más concisa pese a lo insistente que resulta un enemigo casi indestructible-, ofrece un entretenimiento ligerito, aprovechable y simpaticón, sin demasiadas pretensiones, más allá de esa combinación entre fascinación por lo tecnológico y tibia crítica por su omnipresencia y descontrol –pese a no insistirse en la idea posteriormente, es significativa la secuencia en la que robots y humanos se activan/despiertan al mismo tiempo-.

              Propiciará una secuela (Mundo futuro), una serie propia con el mismo nombre, una parodia pornográfica (Sex World) y otra bastante popular en la serie Los Simpson -el episodio Rascapiquilandia, en la que se entremezclan a su vez elementos de Parque Jurásico-, así como un buen número de imitaciones y deudores.

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6.

El último mohicano

19 Jun

“¿Por qué iba a querer interpretar a un inglés de mediana edad y clase media?”

Daniel Day-Lewis

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El último mohicano

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Año: 1992.

Director: Michael Mann.

Reparto: Daniel Day-Lewis, Madeleine Stone, Steve Waddington, Rusell Means, Eric Schweig, Jodhi May, Maurice Roëves, Wes Studi.

Tráiler

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             Cineasta tardío, Michael Mann lograría llamar la atención de la crítica especializada con su cortometraje Jaunpuri, galardonado en el Festival de Cannes, y un telefilme, Hombre libre, vencedor de tres Emmys y del premio del Directors Guild of America. Aunque su mayor reconocimiento posterior se deba al thriller, concebido éste como un grandilocuente espectáculo trágico, la primera obra en consagrar a nivel popular a Mann tras cintas inadvertidas como Hunter -primera aproximación a la figura del doctor Hannibal Lecter– y una labor más centrada en los aspectos de producción de la serie televisiva Corrupción en Miami, será la adaptación de un clásico de aventuras del siglo XIX, El último mohicano, de James Fenimore Cooper.

             Una revisión ésta en la que Mann juega sus cartas con inteligencia y habilidad de artesano, introduciendo sustanciosas variaciones a partir de un hilo conductor similar –una epopeya romántica ambientada en las pugnas anglofrancesas en la América colonial del siglo XVIII- para componer un atractivo, aunque epidérmico, entramado de épica bélica y melodrama amoroso.

El cuidado en el tratamiento de los personajes permite que, pese al cierto maniqueísmo en parte matizado, estos resulten vivos –un tanto menos la protagonista femenina que, al igual que la algo acartonada trama amorosa de la que forma parte resulta algo más desdibujada-, enriquecidos por la capacidad interpretativa de un sólido reparto encabezado por el siempre intenso Daniel Day-Lewis quien, en uno de esos alardes de exhibicionismo gratuito e irrelevante tan del Método, tuvo a bien instalarse en lo salvaje durante varios meses sustentándose del terreno para capturar el alma del agreste Ojo de Halcón.

             Narrada con pulso firme, El último mohicano goza de un cuidadísimo acabado artístico en lo que se refiere a una sobrecogedora escenografía natural, un esmerado ejercicio de recreación histórica y una banda sonora, firmada por los compositores Trevor Jones y Randy Edelman, de lo más resultona.

Eficaz en sus pretensiones.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

A bayoneta calada

18 Jun

“Una película es un campo de batalla. Amor, odio, violencia, acción, muerte… En una palabra, emoción.”

Samuel Fuller

 

 

A bayoneta calada

 

Año: 1951.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Richard Basehart, Gene Evans, Michael O’Shea, Richard Hylton, Craig Hill, Skip Homeier.

Tráiler

 

 

            El éxito de Casco de acero había propiciado a Samuel Fuller un contrato de siete colaboraciones con la Warner Brothers. Era su primera incursión en el cine bélico, el que sería su género predilecto. En él desplegará sus abundantes conocimientos en materia castrense, buena parte de ellos extraídos de su propia biografía, ya que había formado parte de la campaña de África de la Segunda Guerra Mundial.

            El primero de estos siete proyectos para la Warner retornará a la Guerra de Corea por entonces en curso, una de las principales espitas de la naciente Guerra Fría. Elaborada en colaboración con el Departamento de Defensa, A bayoneta calada se presenta como un homenaje al valor y el sacrificio de la infantería estadounidense, personalizada en un destacamento encargado de acometer una maniobra de distracción para asegurar la retirada del grueso del ejército y, más en concreto, en la figura del dubitativo cabo Denno (Richard Basehart), militar de carrera frenado por su incontrolable terror al liderazgo y la muerte en combate.

             A diferencia de Casco de acero, una visión bastante pesimista e individualista de la guerra, donde la mayor gloria del soldado consiste en una supervivencia ajena a cualquier contenido político, A bayoneta calada acentúa el carácter propagandístico de la trama, rebajando por el contrario la oscuridad en el retrato de la guerra, donde las muestras de flaqueza tan solo se destinan a una futura reversión ejemplarizante.  

Es por ello por lo que A bayoneta calada resulta un filme plano, entregada a su carácter de himno destinado a enardecer la moral en primera línea y retaguardia. Las vacilaciones de su protagonista poseen un desarrollo ramplón y previsible, mientras que el resto de personajes se ciñen a su representación de los distintos tipos humanos del ejército, sin mayor intento de tridimensionalidad que los insertos ocasionales de una voz en off, bastante burda en general, a excepción del sargento Rock, un hombre transformado en un perro de presa profesional, con la muerte mecanizada en su interior, veterano de mil batallas, limpio de toda duda, posible antecedente de ese Zac de Casco de acero interpretado también por Gene Evans que abogaba por la necesidad de aislar toda reflexión o sentimiento humano como indispensable garantía de supervivencia física y mental.

             Apenas sobresalen unos pocos rasgos del poder visual y expresivo de su director –la lograda atmósfera sepulcral de la separación del valeroso pelotón del contingente principal, la cruda representación de una muerte carente de adorno alguno- en una cinta de abierto militarismo y escaso interés.

Filme de debut de un imperceptible James Dean.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 4,5.

Río Conchos

17 Jun

“Si un western es un buen western logra transmitir al espectador el sentido de todo ese mundo, así como las cualidades que poseían sus hombres: su camaradería, lealtad, valor,… En cambio, no me interesan nada los nuevos tipos de western. Tratan de destruir algo que ha sido vital para la gente durante mucho tiempo.”

James Stewart

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Río Conchos

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Año: 1964.

Director: Gordon Douglas.

Reparto: Richard Boone, Stuart Withman, Anthony Franciosa, Jim Brown, Wende Wagner, Edmond O’Brien.

Tráiler

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             En la década de los sesenta el western se encaminaba ya hacia una decadencia oscura, malhumorada y desesperanzada. Las inagotables llanuras tocaban a su fin, terminando con las oportunidades accesibles a la mano de todo individuo con las agallas suficientes como para revertir su suerte. Los viejos pistoleros descubrían su verdadero carácter de asesinos despiadados y sin gloria. Al mismo tiempo, los nuevos aires procedentes de Europa, aventuraban un mundo poblado de personajes sucios física y moralmente, ambiguos y antiépicos. La epopeya dejaba paso a la cruda supervivencia entre lo hostil.

             Río Conchos aparece en este camino de transformación como humilde estación de paso entre dos gigantes y dos formas de entender este mundo en cambio. Gordon Douglas, un realizador cuyo espíritu trasgresor lleva a excluirle de la simple etiqueta de artesano, erigía un western taciturno y profundamente pesimista.

Lassiter (un acertado Richard Boone), comandante del derrotado ejército de la Confederación, aparece, después de asesinar de manera brutal a un indio, sentado entre los escombros de una vivienda, abatido, apático, satisfecho. Un paraje solitario, mugriento y desolado que sirve como metáfora de un antiguo luchador que porta en su rostro duro, con profundos surcos esculpidos a hachazos, la pesada carga de la derrota, el reproche, el odio y la muerte, desarraigado, acosado por demonios recurrentes y con la caza del apache su única razón de ser.

Como aquel tío Ethan de Centauros del desierto, película del mayor representante del western clásico, John Ford, es un hombre convertido en bestia obsesiva por el dolor.

            Lassiter será un personaje más atrapado a la fuerza en una misión suicida con halos de redención terminal. Al igual que él, el resto del contingente arrastra al cuello los males y decepciones de su pasado y su presente: un oficial del ejército que ha perdido torpemente el cargamento de armas a recuperar tras las líneas enemigas, un mexicano sin más identidad o fidelidad que el disfrute egoísta y a grandes bocanadas de la vida, un negro que no parece haber superado su condición servil tras la victoria nordista, una mujer apache, representante del pueblo legítimo propietario de la tierra, desplazado y aniquilado sin remordimientos, como alimañas.

El postrero grito de honrada furia de un hombre acorralado, posible y digno integrante del grupo salvaje de Sam Peckinpah, poeta elegíaco y airado de un Oeste que desaparece en una explosión de rabia, entre sangre y fuego. 

            Pese a no alcanzar del todo la trascendencia de uno, ni el lirismo del otro, Douglas compone el relato intenso y apasionado de un mundo amoral, pútrido y descompuesto, que ha declarado proscritos los viejos códigos que hacían al ser humano merecedor de tal nombre. De la vívida pesadilla resultante tan solo brota desesperación, como ese patético y terrible reino en ruinas del Coronel Pardee (el magnífico Edmond O’Brien), auténtico antecesor del alucinado imperio del Kurtz de Apocalypse Now. La violencia, expresada tanto en los actos como en unos diálogos precisos y sangrantes, no es más que una herramienta puesta al servicio de un fin resuelto sin nobleza ni gloria, si acaso, más próxima al sadismo que a la practicidad, producto de venenosos rencores enquistados.

Contundente hito.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7,5.

La edad de oro

16 Jun

“El amor sin pecado es como un huevo sin sal.”

Luis Buñuel

 

 

La edad de oro

 

Año: 1930.

Director: Luis Buñuel.

Reparto: Gaston Modot, Lya Lys.

Filme

 

 

            En 1930, después de proyectarse durante seis semanas con la sala llena, recibir ataques terroristas de extrema derecha con bombas de humo y ser ferozmente vilipendiada por la prensa del mismo signo, las autoridades de París decidían atajar la estruendosa polémica y prohibir la película que la había desencadenado. Era La edad de oro, de Luis Buñuel.

Buñuel, afincado en París desde la década anterior, formaba entonces parte del grupo de los surrealistas junto con grandes nombres del arte contemporáneo como Man Ray, André Breton, Max Ernst, Yves Tanguy o René Magritte; una corriente que defendía la idea de revolución contra el mundo existente, objetivo a desmantelar con el escándalo como arma. El de Calanda se había sentido atraído por el movimiento por su pasión por los sueños y lo irracional, y había sido aceptado por ellos gracias al respaldo de su primera obra como director, Un perro andaluz, realizada en colaboración con su amigo Salvador Dalí.

            Después de ésta, además de por las férreas normas antimaterialistas del surrealismo, la posibilidad de efectuar cine comercial era inexistente. Con el generoso mecenazgo de una familia de la aristocracia francesa, los vizcondes de Noailles, Buñuel pondría en marcha su nuevo filme, plasmando ideas pergeñadas y acumuladas durante todos estos años anteriores. Esta vez, la participación de Dalí se reducirá casi a la anécdota –la escena del hombre paseando con una piedra en la cabeza, al igual que una estatua del mismo jardín-, distanciado de Buñuel y el surrealismo por la influencia de Gala, su pareja.

            La edad de oro, una de las primeras películas sonoras de Francia, retoma estas intenciones iconoclastas que Buñuel compartía con el surrealismo. Desde su talante crítico y combativo, el cineasta analiza los mecanismos del deseo y la irracionalidad del amor apasionado, irrefrenable aunque, finalmente, estrangulado e imposibilitado por las barreras de la sociedad –es curioso ese estado de permanente coitus interruptus que más tarde parece recordar, si bien en un contexto diferente, Ensayo de un crimen-. Unas barreras de la realización personal y sentimental contra las que arremete con vitriólica sorna: las convenciones sociales, la religión como entre opresor y absurdo, el poder político y militar,…

Todo un mensaje de rebelión anticlerical, antielitista, antipatriótico, antimilitar,… que subyace bajo formas surgidas de un estado onírico y alucinado, con su impulsividad e inconexión propia, destinado unas veces a agudizar la crítica mediante la asociación y la metáfora despiadada y audaz, y otras muchas a provocar un impacto visual sin más significado que la sugerencia, el desconcierto o la provocación, como la coda con Lionel Salem, actor especializado en interpretar a Cristo, aquí caracterizado en vestuario, maquillaje y afectación dramática como tal pero llevando a cabo el papel de un noble depravado, trasunto del Marqués de Sade.

            Como suele suceder con casi toda vanguardia, el escándalo y la trasgresión quedan mitigados por el paso del tiempo, los hallazgos visuales sorprenden menos y el fondo parece restringido a una situación particular que, no obstante, aún conserva visos de actualidad, vista la pertinaz preeminencia en la sociedad de estas fuerzas vivas inmovilistas. Permanece sin embargo intacta la furia vitriólica y anarquista del genial aragonés y el arrollador estímulo de muchas de las imágenes paridas por su subconsciente.

            Buena muestra de ello es que la prohibición de La edad de oro duraría medio siglo.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

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