Río Conchos

17 Jun

“Si un western es un buen western logra transmitir al espectador el sentido de todo ese mundo, así como las cualidades que poseían sus hombres: su camaradería, lealtad, valor,… En cambio, no me interesan nada los nuevos tipos de western. Tratan de destruir algo que ha sido vital para la gente durante mucho tiempo.”

James Stewart

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Río Conchos

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Año: 1964.

Director: Gordon Douglas.

Reparto: Richard Boone, Stuart Withman, Anthony Franciosa, Jim Brown, Wende Wagner, Edmond O’Brien.

Tráiler

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             En la década de los sesenta el western se encaminaba ya hacia una decadencia oscura, malhumorada y desesperanzada. Las inagotables llanuras tocaban a su fin, terminando con las oportunidades accesibles a la mano de todo individuo con las agallas suficientes como para revertir su suerte. Los viejos pistoleros descubrían su verdadero carácter de asesinos despiadados y sin gloria. Al mismo tiempo, los nuevos aires procedentes de Europa, aventuraban un mundo poblado de personajes sucios física y moralmente, ambiguos y antiépicos. La epopeya dejaba paso a la cruda supervivencia entre lo hostil.

             Río Conchos aparece en este camino de transformación como humilde estación de paso entre dos gigantes y dos formas de entender este mundo en cambio. Gordon Douglas, un realizador cuyo espíritu trasgresor lleva a excluirle de la simple etiqueta de artesano, erigía un western taciturno y profundamente pesimista.

Lassiter (un acertado Richard Boone), comandante del derrotado ejército de la Confederación, aparece, después de asesinar de manera brutal a un indio, sentado entre los escombros de una vivienda, abatido, apático, satisfecho. Un paraje solitario, mugriento y desolado que sirve como metáfora de un antiguo luchador que porta en su rostro duro, con profundos surcos esculpidos a hachazos, la pesada carga de la derrota, el reproche, el odio y la muerte, desarraigado, acosado por demonios recurrentes y con la caza del apache su única razón de ser.

Como aquel tío Ethan de Centauros del desierto, película del mayor representante del western clásico, John Ford, es un hombre convertido en bestia obsesiva por el dolor.

            Lassiter será un personaje más atrapado a la fuerza en una misión suicida con halos de redención terminal. Al igual que él, el resto del contingente arrastra al cuello los males y decepciones de su pasado y su presente: un oficial del ejército que ha perdido torpemente el cargamento de armas a recuperar tras las líneas enemigas, un mexicano sin más identidad o fidelidad que el disfrute egoísta y a grandes bocanadas de la vida, un negro que no parece haber superado su condición servil tras la victoria nordista, una mujer apache, representante del pueblo legítimo propietario de la tierra, desplazado y aniquilado sin remordimientos, como alimañas.

El postrero grito de honrada furia de un hombre acorralado, posible y digno integrante del grupo salvaje de Sam Peckinpah, poeta elegíaco y airado de un Oeste que desaparece en una explosión de rabia, entre sangre y fuego. 

            Pese a no alcanzar del todo la trascendencia de uno, ni el lirismo del otro, Douglas compone el relato intenso y apasionado de un mundo amoral, pútrido y descompuesto, que ha declarado proscritos los viejos códigos que hacían al ser humano merecedor de tal nombre. De la vívida pesadilla resultante tan solo brota desesperación, como ese patético y terrible reino en ruinas del Coronel Pardee (el magnífico Edmond O’Brien), auténtico antecesor del alucinado imperio del Kurtz de Apocalypse Now. La violencia, expresada tanto en los actos como en unos diálogos precisos y sangrantes, no es más que una herramienta puesta al servicio de un fin resuelto sin nobleza ni gloria, si acaso, más próxima al sadismo que a la practicidad, producto de venenosos rencores enquistados.

Contundente hito.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7,5.

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