Archivo | 13:47

Días sin huella

13 Jun

“Hay algo sorprendente: cuando reflexiono sobre todas mis películas, me llama la atención que, en las épocas en que estuve deprimido hice comedias. Y cuando me sentía feliz, rodé temas más bien trágicos. Quizás intente inconscientemente compensar cada uno de mis estados de ánimo.”

Billy Wilder

 

 

Días sin huella

 

Año: 1945.

Director: Billy Wilder.

Reparto: Ray Milland, Jane Wyman, Phillip Terry, Howard Da Silva, Doris Dowling.

Tráiler

 

 

            Don Birnam es un cobarde. Un patético cobarde. También es un individuo acorralado por una enfermedad cruel. Es un héroe que batalla una lucha sucia y desagradecida. Don Birnam es un alcohólico.

            En 1945, Billy Wilder desenfundaba de nuevo el estilete para diseccionar el drama de la dipsomanía con toda la amargura que era capaz este maestro de la risa, como nunca nadie antes lo había hecho, alejada de la condescendencia hacia la cómica, a su pesar, figura del borracho, repudiado por una sociedad que lo observa con ojos despiadados desde la indiferencia, la burla, el chisme o la interesada e hipócrita connivencia.

Días sin huella es un profundo y oscuro melodrama con trazos de reacción y denuncia y elementos lindantes con el thriller y el terror –evidentes en el halo de delirio de las notas de la partitura de Miklos Roszaque no le pierde la cara en ningún momento a una devastadora verosimilitud.

            Un excelente Ray Milland, más efectivo en el aspecto de las dobleces psicológicas del personaje que en la expresión de su embriaguez, pone cara y carga a las dudas, angustias y desaliento del atormentado Don Birnam, simpático en el comienzo de su rutina diaria, ridículo a medida que se acumulan las botellas; un hombre contra las cuerdas que, presa de la propia dualidad creada en su interior por el alcohol, auténtico enemigo interior, sustituye un fin de semana en el campo, recurrente e ilusoria promesa de cura, por un definitivo descenso a los infiernos, irrefrenable para su desesperación.

            Negra y claustrofóbica hasta la náusea, Wilder logra identificar al espectador con la tragedia de la víctima. Pese a la mayor o menor justificación de las causas y motivos de Birnam –la presión del genio frustrado, el terror de la página en blanco, el miedo a la expectativa de aquellos que creen en él- el genio alemán crea una expectación que produce el deseo de que encuentre licor barato para aliviar la desesperación que lo carcome, lo apoya en su denodado y cada vez más debilitado esfuerzo por asomar la cabeza del hoyo, se aflige junto a él en las frecuentes derrotas y las caídas a lo más hondo de una autodestrucción consciente que consume a largos tragos la propia moral, su honor y su amor –quizás último resquicio del luz en el túnel, hecho carne en esa Hellen de fe indestructible-, dejando al individuo reducido a una carcasa vacía, huérfano de cualidades positivas, esperanza y futuro, triste animal acechado por un entorno que, como el escenario, se puebla de sombras según se adentra más y más en su pesadilla.

            Única película junto a Marty en alzarse con el Oscar a mejor película y el Gran Premio (posterior Palma de Oro) en Cannes. Milland también sería galardonado en ambos.

            A tenor de la cita que encabeza la crítica, Wilder debía de sentirse contentísimo por entonces.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8.

A %d blogueros les gusta esto: