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Los verdugos también mueren

3 Jun

“No hay héroe en la soledad; los actos sublimes están siempre determinados por el entusiasmo de muchos.”

Eliphas Lévi

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Los verdugos también mueren

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Año: 1943.

Director: Fritz Lang.

Reparto: Brian Donlevy, Anna Lee, Walter Brennan, Dennis O’Keefe, Alexander Granach, Gene Lockhart.

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            En 1938, Adolf Hitler, canciller de Alemania, confirmaba de nuevo sus agresivas ambiciones imperialistas. Después de recuperar la región del Sarre, bajo control de la Sociedad de Naciones desde el fin de la Primera Guerra Mundial, y anexionar como provincias del proclamado III Reich a Austria y la región de los Sudetes, Hitler realizaba un nuevo movimiento en su jaque a Europa, atenazada por una temerosa pasividad, e invadía Praga el 15 de marzo estableciendo el Protectorado de Bohemia y Moravia. A partir de 1941 situará al frente del mismo, en el cargo de Reichsprotektor, al Obergruppenführer de las SS Reinhard Heydrich, un hombre que según palabras del propio Hitler “poseía un corazón de hierro”. Sus nuevos súbditos acuñarían varios sobrenombres para su persona, bastante explícitos sobre la catadura del individuo en cuestión: ‘el carnicero de Praga’, ‘el verdugo favorito de Hitler’ o ‘la bestia rubia’.  

Anfitrión de la Conferencia de Wannsee, en la que se dibujarán las líneas definitorias del Holocausto que venía –traducida con fidelidad al celuloide por Kenneth Branagh, también Heydrich en pantalla, en La solución final-, y director de los Einsatzgruppen en el territorio checo, su virreinato quedaría jalonado por millares de muertos, ejecutados con una metodicidad casi industrial, y un recuerdo imborrable de terror y crueldad.

El 27 de mayo de 1942, un atentado acometido por paracaidistas del ejército checo en el exilio junto con apoyo británico, dejará malherido a Heydrich. La muerte no se lo llevará el día 4 de junio. La respuesta nazi, perro rabioso y paranoico, promesa de sangre y fuego, no se hará esperar.

Es este el punto de partida de Los verdugos también mueren.

            Hacia 1943, fecha de estreno del filme, Hollywood se había ya integrado de pleno en la maquinaria de guerra norteamericana, producto de la inclusión del país en el conflicto desde el ataque japonés a Pearl Harbor. Así, surgen filmes que van desde la propaganda más explícita para justificar la intervención y mantener la moral hasta películas políticas, concebidas por destacados intelectuales, que reivindican los valores e ideales del mundo libre en oposición al totalitarismo y la barbarie nazi. Entre ellas, Los verdugos también mueren contará con la dirección del alemán Fritz Lang, fugado de su país durante el ascenso del nacionalsocialismo, con experiencia en el cine antinazi (El hombre atrapado y las posteriores El ministerio del miedo y Clandestino y caballero, esta última ya de 1946), y la colaboración en la redacción del libreto de su compatriota el dramaturgo Bertolt Bretch, en la que sería su única participación acreditada en el cine estadounidense.

            Renunciando de inicio a la exactitud histórica, Los verdugos también mueren es un alegato de la necesidad del valor y el sacrificio personal, físico, mental y sentimental como único arma capaz de doblegar la opresión y las imposiciones de la violencia y el terror más absoluto. Un mensaje decidido que presenta numerosas similitudes con otra cinta de ese mismo año, la poderosa Esta tierra es mía de Jean Renoir.

A pesar de que tiende en mayor medida al subrayado de la idea principal y los personajes, aún siendo también tridimensionales, creíbles y humanos, no presentan la elaborada e inspiradora complejidad de ese Albert Lory de Charles Laughton o la feroz ‘razonabilidad’ de los invasores nazis de la anterior, Los verdugos también mueren desarrolla del mismo modo una minuciosa exploración de la geografía de la sociedad uncida por el yugo de la ocupación sangrienta, describiendo la bondad y solidaridad -quizás en una presentación demasiado beatífica, demasiado propagandística, pero desde luego excusada por su contexto temporal- como firme fundamento para la neutralización de los males derivados del miedo por la dominación: el egoísmo como reacción de supervivencia primaria, las traiciones y peligros del patio de vecinos, o el poder maléfico del rumor.

Se asoma por ello algún recuerdo de películas precedentes de Lang con gran influencia dramática de ‘la masa’ como M, el vampiro de Düsseldorf o Furia, así como por esa representación del escenario como permanente amenaza, conformado por calles angustiosas, sombras alargadas y formas acechantes visibles u ocultas.

De esta manera, la resistencia deseable contra la tiranía opresora del monstruo abominable se retrata a través de personajes que, sin perder su gran carga emotiva, funcionan casi a modo de conceptos abstractos: el héroe activo, la civil que ha de implicarse, el pueblo sacrificado, el intelectual irreductible como firme barrera de contención de la barbarie.

           Una llamada a la rebeldía que cierra una segunda mitad convertida en una trama de intriga conspiratoria construida con mimbres sólidos, manejada con soltura y resuelta con garantías de entretenimiento con trascendencia.

           También en 1943 se estrenarían otras dos películas sobre Heydrich, el tiranicidio de éste y las consecuencias posteriores al mismo: Hitler’s Madman, con John Carradine en el papel del Reichsprotektor, y The Silent Village, docudrama británico que recoge la masacre perpetrada por los alemanes en el pueblo de Lídice, borrado del mapa como represalia.  

Los verdugos también mueren jamás llegará a estrenarse en España.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8,5.

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