Salvador

19 May

“La historia enseña que las guerras comienzan cuando los gobiernos consideran que el precio de la agresión es bajo.”

Ronald Reagan

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Salvador

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Año: 1986.

Director: Oliver Stone.

Reparto: James Woods, James Belushi, Elpidia Carrillo, Michael Murphy, John Savage, Colby Chester, William MacMillan, Juan Fernández, Tony Plana.

Tráiler

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            En 1980 Ronald Reagan conquistaba el sillón presidencial de la Casa Blanca. El ex actor de Hollywood será el artífice de una política destinada a recuperar los valores tradicionales que habían hecho grande a América (familia, religión, individualismo) y la reconquista de la hegemonía mundial tras el “ingenuo” periodo de Jimmy Carter, firme defensor de los derechos humanos y las vías diplomáticas.

Tras un periodo de distensión, retornaba la Guerra Fría con toda su fuerza.

Entre los agresivos movimientos bélicos del gobierno de Reagan, la mayor parte finalmente infructuosos, destacarán las campañas bélicas en Centroamérica, destinadas, ante la alerta creada por avance del sandinismo, a limpiar de comunistas el patio trasero de los Estados Unidos y evitar así la consumación de la Teoría del dominó.

            Es en 1986, en el ecuador del segundo mandato del californiano, cuando Oliver Stone, hasta ahora más conocido por su labor como guionista en cintas como El precio del poder, Conan el Bárbaro u Ocho millones de maneras de morir, acusado de fascistoide por sus personajes erráticos, ambiguos, autodestructivos, violentos –quizás como él mismo-, daría, influido por el Rojos de Warren Beatty, la primera muestra de las constantes características de su cine: el mensaje como parte esencial del filme, el estudio del poder y la revisión crítica de la alta política; también el barroquismo formal, el impacto visual.

Es entonces ahora, con el presidente del tupé indestructible en la cima de su poder, cuando Stone recupera uno de los pasajes recientes de la oscurantista política internacional estadounidense: la participación en la guerra civil salvadoreña del cambio de década, acontecida justo durante el advenimiento de la era Reagan.

Y Stone, claro y directo, empleará las memorias del veterano y desahuciado periodista Richard Boyle –participante junto al propio director en su traslación al guion- para apuntar y acusar directamente con su cámara al Presidente en cargo y a los analistas políticos y asesores militares norteamericanos, tipos paranoides alejados de toda realidad, verdaderos cowboys disfrazados de soldado, como implicados materiales en la sombra de la barbarie y el desangramiento de todo un país.

Una tragedia con miles de víctimas que no interesó prácticamente a nadie.

            Como en la Nicaragua de los estertores del régimen de Somoza de Bajo el fuego, el punto de vista recae en el corresponsal extranjero: el malvividor Boyle (James Woods, ideal para el papel) que, acompañado de su compinche DJ Rock (James Belushi), ve en El Salvador, junto a las garantías de una experiencia de vicios a precio de saldo, la última oportunidad de reflotar su maltrecha carrera periodística y su cochambrosa vida.

            Así, Salvador, combina el relato político con la historia de redención de un hombre abandonado al pecado en su huida de los terrores de un mundo que ha recorrido de guerra en guerra hasta transformarse por el inaceptable horror en un personaje escéptico y depravado –el tono tragicómico del inicio, servido por este carácter retorcido de los personajes, parece emparentar a los dos amigos con un trasunto de Hunter S. Thompson y Oscar Zeta Acosta en tropicales aventuras bélicas-.

Es decir, una desintoxicación por la vía de la guerra y la atrocidad, un despertar a la recuperación del compromiso humano como persona –la salvación de los últimos rescoldos de pureza: la bella María (Elpidia Carrillo) y su familia- y como informador, donde evolucionará desde unos inicios de ave de rapiña, alimentándose de los cadáveres de la guerra, hasta representar de nuevo el polo opuesto al periodismo adocenado y oficialista que ejemplifica buena parte de los enviados especiales, finalmente como único hombre capaz asoma la cabeza por encima de esa tolerancia silenciosa para con el tirano local, ‘nuestro hijo de puta’ de turno.

            Honestas intenciones que logran superar excesos característicos como el recargamiento formal –no es de sus peores casos, no obstante-, así como el retrato estereotipado hasta la caricatura de la población salvadoreña -si bien acaso representación voluntaria de las concepciones tópicas del gringo ignorante, personificado por su parte en ese DJ Rock, más tarde enloquecido por el empacho de realidad cruda- para entregar una cinta de intenciones bien definidas, expresadas con contundencia, orientadas a la crítica directa al intervencionismo estadounidense en su forma más absurda, con una simpatías por el izquierdismo que no caen, no obstante, en lo maniqueo, con evidente decepción también con los injustificados desmanes revolucionarios.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

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