Manhattan

7 May

“No quiero alcanzar la inmortalidad a través de mi obra. Solo no muriéndome.”

Woody Allen

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Manhattan

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Año: 1979.

Director: Woody Allen.

Reparto: Woody Allen, Diane Keaton, Michael Murphy, Muriel Hemingway, Meryl Streep.

Tráiler

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            Con Annie Hall, Woody Allen entraba, y cómo, en la etapa de madurez de su filmografía. La lucidez en el análisis de la condición humana, en especial en el terreno de la realización amorosa, con sus logros, pero sobre todo con sus incontables absurdos, se amalgamaba en su justa proporción con la verborréica comicidad del neoyorkino para hilvanar una historia sólida y con coherencia que superase la estructura próxima, en mayor o menor medida, a la acumulación o sucesión de sketches y ocurrencias.

            Como sucesión casi natural de la anterior, salvando el intermedio de la pedante, plomiza e impostada Interiores, Manhattan continuaba la detallista disección de Allen de las variaciones amorosas de la mediana edad, siempre en un entorno biográfica y estilísticamente reconocible como es la ambientación en la media-alta sociedad de formación cultural elevada, el uso de la cita intelectual y cultural para la definición de caracteres, la acidez y el sarcasmo pesimista pero ligeramente esperanzado, un reconfortante aroma clásico presidiendo la realización, definido por la excelente fotografía vintage firmada por Gordon Willis, y la conmemoración de una indeleble sinfonía urbana con hilo musical de George Gershwin para honrar de su admirada Manhattan.

            De nuevo, su propio alter ego como eje gravitacional: un escritor en plena crisis de los cuarenta, fracasado en lo amoroso tras dos agrios divorcios y en lo laboral por la incapacidad de llevar a buen puerto un libro que se eterniza. Es el paradigma de una generación que afronta desde el terror la decadencia, la cuesta debajo de su vida, ante lo que reacciona abocándose al egoísmo, a las excusas, a la banalidad y a las huidas atolondradas hacia delante.

Y ante él, como puerto seguro en la tormenta, dos opciones de realización amorosa, un fin en sí mismo sin importar los medios (“mi psicoanalista me advirtió de tu bisexualidad, pero eras tan guapa que me cambié de psicoanalista”), a saber:

  1. La joven Tracy (Muriel Hemingway), la (presunta) inocencia de la juventud, reflejo de un pasado perdido, fuente tanto de felicidad nostálgica como de culpa. Un juego melancólico, nada serio.
  2. La arrolladora Mary (Diane Keaton, aún musa y pareja de Allen), una chica independiente e inconformista que, acechada también por las pavorosas incertidumbres y sinsabores de la edad, trata de obtener una fingida seguridad por medio de la cháchara pedante y vacía. La seducción de la amenaza, el atractivo del desafío.

            Allen, lengua afilada, oído de tísico y olfato de sabueso, vuelve a demostrar la infravalorada capacidad de la comedia como preciso bisturí para destripar los entresijos del ser humano y abandonarlo desnudo ante el espejo, con sus vergüenzas al aire; para pesar sus sentimientos y medir sus mezquindades; para crear una identificación y, con ella, una reflexión autocrítica que nos atañe a todos y a ninguno, haciendo disfrutar al espectador al mismo tiempo gracias a un ritmo chispeante, al ingenio, la complicidad y la sonrisa, surgida en ocasiones de puro placer, en otras como gesto de profunda amargura.

Y con todo ello, Manhattan es una película que el genio neoyorkino suele repudiar de su filmografía.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 9.

2 comentarios to “Manhattan”

  1. Chris 8 enero, 2019 a 18:38 #

    Se podría decir que estamos ante un melodrama muy crítico, violento, a veces oscuro y también con alguna inclinación a la comedia, heredando, sobre todo, el estilo de Bergman y Fellini (nombrados literalmente en el film), el cual se destapa como una condensación del universo de Allen, aquél que iría presentándose en cada una de sus obras posteriores, marcada por el sello de terribles angustias existenciales y un humor más amargo, más volcado a una retorcida ironía que a la simpática risa que practicaba en sus primeros trabajos. “Manhattan” es, ni más ni menos, que “la tragicomedia clásica de Woody Allen”, con esas conversaciones tan intelectuales, esos museos de arte moderno y esos personajes tan típicamente neoyorkinos (de los cuales el director hace un retrato agresivo y paródico) atrapados en sus fobias, sus manías, sus discursos, sus problemas amorosos, sus visitas al psicoanalista, etc..
    Cada uno de éstos ya son clásicos de la ficción “alleniana”: el sufrido protagonista (Isaac), algo torpe, susceptible, obsesivo, egoísta, negativo, con facilidad de palabra y teniendo que llevar siempre la razón; la mujer vengativa (Jill), amenazante, despiadada y muy atrevida; la frívola (Mary) snob que va de intelectual, que no es capaz de poner su vida en orden y que a pesar de pretenderse fuerte y decidida es en realidad infeliz e insegura; la chica inocente (Tracy) y optimista que cree en el amor y que al final se ve traicionada o engañada; el hombre también inseguro (Yale), racional, que se siente culpable al haberse dejado llevar por sus instintos en lugar de haber elegido la comodidad del matrimonio. Pero entre estos personajes hay uno clásico que no podemos olvidar, uno que acompañará al hombrecillo de gafas de pasta durante décadas: la propia Manhattan.

    Grande, ruidosa, triste, hermética, llena de delincuencia, basura y drogas, y sin embargo, la película se abre con planos de la ciudad de una belleza espectacular, realzada por la deliciosa música de Gershwin y por el blanco y negro vaporoso del perfeccionista Gordon Willis. De este modo, el director nos presenta su paraíso particular, romántico, atractivo, entre clásico y moderno, repleto de luces que tintinean en la noche, haciéndonos ver que las frías y oscuras calles neoyorkinas también pueden ofrecer calidez, refugio y pasión.
    Allen reinterpreta muy bien su personaje de Alvy Singer mientras que Keaton se consagra como una gran y versátil actriz; una joven Meryl Streep da el pego como la odiosa ex-mujer, Anne Byrne, más comedida, brinda una sutil y brillante actuación y Michael Murphy está sensacional, pero los elogios hay que dárselos a Mariel Hemingway, magistral en el papel de Tracy, seguramente el más espinoso de la película. Karen Allen hace una pequeña aparición al igual que Tisa Farrow, la hermana de la futura compañera de Allen (Mia Farrow).

    Muchos críticos no le prestaron la suficiente atención y otros fruncieron el ceño ante el romance entre un cuadragenario y una chica de 17 años (opiniones que se generalizarían en la vida real del director tras el asunto Soon-Yi), no obstante, “Manhattan” fue un éxito absoluto de taquilla, y hoy sobrevive como uno de los más grandes logros del cineasta.
    Quedan para la Historia los inolvidables diez minutos finales y el espectacular plano del amanecer sobre el East River contemplado por Isaac y Mary, ya convertido en un icono de la cultura popular.

    • elcriticoabulico 9 enero, 2019 a 15:04 #

      Personalmente, mi favorita de Allen. Qué lástima que lo perdiéramos a este nivel.

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