Archivo | abril, 2012

Up in the Air

9 Abr

“El hombre encuentra su goce en comer, en el acto de reproducirse, en vestirse, cuando puede, en suma, en su parte animal, pero no en lo que lo diferencia de éstos: en el trabajo.”

Karl Marx

 

 

Up in the Air

 

Año: 2009.

Director: Jason Reitman.

Reparto: George Clooney, Vera Farmiga, Anna Kendrick, Amy Morton, Melanie Lynskey, Jason Bateman, Danny McBride.

Tráiler

 

 

           Dados los tiempos que nos aguardan en materia de trabajo con una reforma que impone un despido abaratado, más americano, ya sea a partir de reforma laboral, ya sea a través de la llegada de cualquier billonario caprichoso con unos casinos que vender a precio de alma, parece buen momento para presentar a un pájaro de mal agüero cuyo empleo consiste en dejar sin empleo a otros: un despedidor profesional de nombre Ryan Bingham (un George Clooney empeñado en abordar papeles con significación política, económico o social).

           A pesar del lirismo con el que se concibe a sí mismo, no es más que otra víctima del desarraigo de la sociedad norteamericana, cuyas contradicciones e hipocresías ya había explorado Jason Reitman, con la misma apariencia de amarga comedia o desenfadado drama, con resultados meritorios, en sus anteriores Gracias por fumar y Juno.

Es un lobo solitario en eterna huida de responsabilidades, lazos o cualquier cosa tangible, su particular sistema de autodefensa frente a las constantes decepciones de ser adulto. Una existencia de plástico, de falsa cordialidad, falso espíritu acogedor y falsas relaciones. Su ausencia de raíces es tal que considera el avión, el aire sobre lo que nada puede crecer, su propia casa. Su objetivo vital consiste en acumular con avaricia millas de vuelo. Su matrimonio, su profesión, una cosa que, como dice la moralejilla del filme –expuesta por auténticos desempleados recientes y, sin embargo, con un regusto acomodaticio desde la fácil postura de un sobrerremunerado director/guionista de Hollywood-, tampoco es lo más importante de la vida.

Más bien, el desempleo no es sino el simple miedo universal al cambio que podría asaltar al sujeto en cuestión en cualquier otra circunstancia.

            El desarrollo, con todo lo predecible que puede resultar el tópico del hombre seguro de sí mismo que expone como verdades sólidas e incuestionables sus propias teorías vitales, está contado con cierta gracia y ocasionales golpes de inteligencia, pese a que no duda en emplear de vez en cuando algún golpe bajo o facilón que impide trascender la superficialidad que realmente se esconde tras sus pretensiones de radiografía social.

A esto hay que añadir un estilo visual ameno, con interesantes soluciones como ese punto de vista de Bingham, reducido a un cúmulo de acciones mecanizadas, pero que, sin embargo, ni con el apoyo de un elenco que cumple con creces termina de contrarrestar un ritmo demasiado irregular, más pesado de la cuenta.

            Buenas intenciones no del todo satisfechas. Brilla más de lo que realmente es.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

El desafío de Hércules

5 Abr

“¡Cómo osas tocar a Hércules!”

Hércules (Hércules en Nueva York)

 

 

El desafío de Hércules

 

Año: 1983.

Director: Luigi Cozzi.

Reparto: Lou Ferrigno, Ingrid Anderson, Sybill Danning, Mirella D’Angelo, William Berger, Claudio Cassinelli, Rossana Podestà, Delia Boccardo, Eva Robin’s.

Tráiler

 

 

            En la década de 1980 el peplum, género de gran tradición y popularidad aunque con resultados desiguales en cuanto a su calidad, afrontaba una etapa de notable decadencia. El éxito de público de Conan el bárbaro y sus posteriores imitaciones, el denominado cine de espada y brujerías, animó al temible Menahen Golan a recuperar con su productora Cannon y en alianza artística con una mano de obra fundamentalmente procedente de Italia, cuna del peplum de forzudos, el exponente original e icónico del género: el semidios Hércules, héroe errante consagrado ahora a los músculos de un Lou Ferrigno en la cúspide de su fama gracias a Hulk.

             Es precisamente el fornido actor la mejor metáfora para describirel filme. Un aspecto tremebundo por su antiestética enormidad y evidentes carencias artísticas que, sin embargo, acaban por conferirle un aire entrañable, capaz de despertar cierta simpatía.

El desafío de Hércules, presentado como un combate de ecos apocalípticos entre el Bien y el Mal, encuentra su fuerza y su debilidad en esa concepción desvergonzadamente dionisíaca, grandilocuente y alucinada que trata de emular los resabios épicos del anteriormente mencionado Conan el Bárbaro e, incluso, aventurando referencias, del Excalibur de John Boorman, desde secuencias cuya estructura y soluciones son saqueadas de estas y otras muchas –la génesis del héroe con una banda sonora de tintes wagnerianos, la espada extraída de la roca, el héroe que madura dando vueltas a una rueda de molino, ocasos eternos e imposibles, una especie de duelo a espada láser en una pasarela sobre el vacío,…- hasta una estética y puesta en escena operística, crepuscular, hiperbólica, de colores intensos que lo aproximan a lo onírico y que ratifican sus frecuentes incursiones en contextos puramente fantásticos y, por momentos, casi de ciencia ficción, de la mano de unos monstruos fabulosos transformados en autómatas –la amenaza tecnológica, enemigo recurrente en el cine de los ochenta-.

             Un pastiche delirante de mil y una referencias mitológicas y cinematográficas mal digeridas y mezcladas con el homenaje-recuperación de intérpretes clásicos –eufemismo de decadentes- de los géneros chicos italianos,como los William Berger y Gianni Garko -en unos bochornosos cinco minutos de presencia- del spaghetti western o un Brad Harris que ya en su día tuvo la oportunidad de encarnar al mismísimo Hércules en algunas de sus múltiples variaciones nominales, además de añadir muchas chicas monas para adornar el panorama –no se dejen engañar por la controvertida Eva Robin’s, que si interpreta al inventor cretense Dédalo es por algo-.

             Involuntariamente cómica -¿o no?- la mayoría de las veces, inopinadamente audaz en otras más puntuales, El desafío de Hércules, aunque es una película mala con todas sus letras, emana un encanto inexplicable, surgido de su carácter decidida y contundentemente hortera.

Pero claro, para ello no conviene tomársela en serio en ningún momento.

Posee una segunda entrega, Las aventuras de Hércules.

 

Nota IMDB: 3,1.

Nota FilmAffinity: 4,2.

Nota del blog: 5,5.

Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas

4 Abr

“La vida es un constante proceso, una continua transformación en el tiempo, un nacer, morir y renacer.”

Hermann Keyserling

 

 

Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas

 

Año: 2010.

Director: Achichatpong Weerasethakul.

Reparto: Thanapat Saisaymar, Jenjira Pongpas, Sakda Kaewbuadee, Natthakart Aphaiwonk, Geerasak Kulhong.

Tráiler

 

 

           Desde que en 1951 el Festival de Venecia descubriera el cine de Japón al mundo tras conceder el León de Oro a Rashomon, de Akira Kurosawa, el microuniverso de los festivales de cine siempre se ha mostrado proclive a la apertura hacia nuevos prismas de entender el cine, miradas exóticas que ofrecen nuevos modos y sensibilidades muy apreciadas desde el ojo de la crítica especializada, unas veces con un acierto justificado, otras bastante más cuestionable.

           Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas aparecía en 2010 como la revelación del nuevo cine sudasiático, procedente un país, Tailandia, con una industria aún en relación de desigualdad con sus vecinos y más limitada incidencia en las carteleras pese a su carácter manifiestamente renovado y emergente, en vías de apertura internacional sobre todo a través de este tipo de plataforma festivalera, en la que el director Achichatpong Weerasethakul aparecía como principal nombre tras lograr un controvertido Gran Premio del Jurado en Cannes en 2004 con Tropical Malady, primera participación del país en su sección oficial.

En esta segunda oportunidad, su nuevo filme sería coronado por unanimidad con la Palma de Oro.

           Signo característico del cine oriental, Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas presenta una historia narrada con un tempo pausado, contemplativo, de tomas largas que se deleitan con el lirismo de la vida rural, aislada y modesta en la que el tío Boonme del título apura sus últimos días, víctima de una enfermedad renal que apaga su existencia. El fin de una vida sirve para que Weerasethakul componga un poema recitado en voz baja sobre la conexión entre lo prosaico y terrenal –la enfermedad, los pequeños placeres- y el mundo espiritual –las apariciones de su pasado que lo socorren, las conexiones universales que no entienden del tiempo-, elementos líquidos conjugados en un realismo mágico en el que vida y muerte, sueño y vigilia, no se distinguen, partes equivalentes de un todo o estaciones de paso de un mismo camino.

            Que hay belleza en la composición es indudable. Weerasethakul muestra una enorme ternura hacia sus personajes, que asumen su pequeñez en el espacio y el tiempo con sabiduría y serenidad atávica. Es una exploración de la trascendencia confeccionada más desde cierto punto de vista sencillo que desde la solemnidad. A ratos, transmite una paz contagiosa.

Que, sin embargo, es un ejercicio algo pretencioso, también. El ritmo, destinado a configurar un tenue estado de hipnotismo y que siempre exige al espectador poner de su parte, acaba por llegar a lo desesperantemente lento, condenando el interés por la obra y desgastar su originalidad. Los elementos fantásticos y surrealistas derivan en un final alargado, con aire un tanto ñoño y, sobre todo, inescrutable para un servidor.

            En definitiva, Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas resulta en su total una película más exótica y curiosa que magistral.

Desde luego, no deja indiferente.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 5.

Tiempo de amar, tiempo de morir

3 Abr

“Hay dos cosas más grandes que todo lo demás. La primera es el amor y la segunda la guerra… Y como no sabemos en que va acabar la guerra, vida mía, hablemos de amor…”

Rudyard Kipling

 

 

Tiempo de amar, tiempo de morir

 

Año: 1957.

Director: Douglas Sirk.

Reparto: John Gavin, Liselotte Pulver, Don DeFore, Dorothea Wieck, Keenan Wynn, Thayer David, Erich Maria Remarque.

Tráiler

 

 

          En 1930, cuando el Séptimo Arte aún adaptaba su naturaleza al sonoro, el director Lewis Milestone erigía una de las piedras fundacionales del cine antibélico: Sin novedad en el frente, una película que se metía, y cómo, en la piel de un grupo de jóvenes combatientes alemanes en la Primera Guerra Mundial. Un reflejo de la inhumanidad del conflicto, la imposibilidad de la razón y el sentido, que, al mismo tiempo, procedía a realizar una aguda disección de la sociedad alemana, con sus arquetipos y circunstancias, que había se había abocado con entusiasmo a la barbarie.

En ambas facetas, la película lograba una verosimilitud estremecedora.

           Gran parte de ese mérito recaía en la novela original sobre la que se construía el filme, en la que el escritor germano Erich Maria Remarque había volcado buena parte de sus propias experiencias de combate. Es fácil apreciar que el hombre sabía de lo que hablaba. Muestra de su alcance, sus libros arderían durante la Alemania nazi, el retorno de esa misma barbarie que había denunciado en su obra.

De este nuevo conflicto nacerían las otras dos novelas antibélicas de su trayectoria: Arco de triunfo, llevada a la gran pantalla en 1948, también por Milestone, y Tiempo de amar, tiempo de morir, adaptada por Douglas Sirk, director también de origen alemán, exiliado en Hollywood -para mayor gloria de éste- ante el avance del nacionalsocialismo en su país, como tantos otros artistas centroeuropeos. El propio Remarque contaría con un pequeño pero muy simbólico papel en el filme.

           Así pues, el rey del melodrama tomaba las riendas de un proyecto que define el amor como refugio de la esperanza en la desolación emocional y degradación moral absoluta de la guerra.

Ernst Graeber (John Gavin), joven soldado del diezmado y desmoralizado ejército alemán inmerso en el insostenible frente ruso de la Gran Retirada de 1944 –esta es de las primeras y escasas producciones norteamericanas que conceden el protagonismo al bando vencido, sin su tradicional caracterización maniquea de villanos sin alma- retorna de permiso a casa en una guerra en la que se puede percibir el hedor de la derrota.

No es más que el salto de un frente a otro, donde ya toda muerte es aún si cabe más inútil. Sin embargo, el romance con la hermosa Elizabeth Kruse (Liselotte Pulver) ofrece una impensable oportunidad de futuro, una nueva vida que se mide en los 21 días que dura el permiso militar.

           Como en Sin novedad en el frente, Tiempo de amar, tiempo de morir combina la experiencia intensa de unos jóvenes dibujados con credibilidad que tratan de resistir con la mayor integridad física y mental el sinsentido y el horror absoluto, al mismo tiempo que ofrece una mirada no siempre condescendiente o amable a la sociedad de la que había surgido el nazismo –la creación o la sorda complacencia con el monstruo como la derrota real, de antemano e incluso ajena al desarrollo mismo del conflicto-, con probada capacidad para dejar salir lo peor de sí mismos, pero aún con ciertos rescoldos de bondad a los que urge insuflar vida para poder mantener, al menos, cierta esperanza de sobrevivir como seres humanos, con todo lo que ello significa.

           La historia de amor desgarradora y concentrada, quizás la parte más melodramática en la que más a gusto se podía sentir un Sirk que rueda con sabiduría y elegancia –no es esta su primera película bélica, la antecede Himno de batalla-, no solo no molesta, sino que está bien desarrollada en sí misma, además de ajustarse sin desentonar dentro del drama bélico y social –aún así la parte más interesante de la función-. Incluso llega a resultar bonita.

Sin embargo, el final, algo forzado, no logra satisfacer sus propias pretensiones.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7,5.

El círculo rojo

2 Abr

“Cada vez que veo mis películas, solo veo lo que en realidad debería haber hecho en ellas.”

Jean-Pierre Melville

El círculo rojo

Año: 1970.

Director: Jean-Pierre Melville.

Reparto: Alain Delon, Bourvil, Gian Maria Volonté, Yves Montand.

Tráiler

 .

            El silencio de un hombre había confirmado a Jean-Pierre Melville como principal referencia autoral del cine policíaco francés, el polar, que proponía el reciclaje de los códigos estéticos y argumentales del cine negro del Hollywood clásico desde el punto de vista admirado y nostálgico de la Francia de los sesenta y setenta, la misma por la que confluía entonces la Nouvelle Vague, ese movimiento libérrimo y heterogéneo que proponía una actitud crítica frente al decadente cine contemporáneo y la recuperación de la sensibilidad minusvalorada de unos tiempos ya olvidados.

            El círculo rojo, su retorno al polar tras el (teórico) receso que había supuesto El ejército de las sombras, película sobre la Resistance, maneja las constantes recurrentes de Melville. Personajes marginales, desarraigados, entregados a un final épico aún a sabiendas de que se trata de un juego perdido, de que el destino juega con las cartas marcadas. Habitantes de un mundo hostil, frío, con calles perpetuamente húmedas donde nunca despunta el día. Un mundo en el que todos los hombres son culpables, sin excepción.

Dos hombres culpables en camino hacia ninguna parte son los que cruzan sus pasos: el rostro del polar en su faceta interpretativa, el imperturbable y adusto Alain Delon, y la principal figura del cine del compromiso italiano, el volcánico Gian Maria Volonté, aquí bastante contenido.

Dos formas opuestas de consagrar a sus actuaciones a una tremenda intensidad, como dos son también las maneras en que ambos personajes alcanzan la libertad: alquilada a cambio de un incierto golpe en una joyería parisina, conquistada en una fuga desesperada.

El intercambio de favores entre dos condenados, el reconocimiento de una lealtad mutua y unos códigos inquebrantables, quizás una traba más en ese universo despiadado y depredador. Los criminales perseguidos por el perspicaz e infatigable comisario Mattei. El comisario seguido de cerca por el paranoide jefe de policía. El capo de la mafia marsellesa vigilando cada movimiento de aquel al que ha arrebatado libertad y amor y desconfía de que puedan ser verdad sus ansias de dejar todo atrás.

Los demonios particulares de cada cual, siempre al acecho.

            Melville impone un estilo sobrio y riguroso -solo roto por una incomprensible sobreabundancia de cortinillas laterales hacia la mitad del relato- que captura la desolación de una vida sin futuro, y un ritmo quedo, rayano en lo contemplativo, rasgo que incide en la sobreabundancia de metraje pero que, sin embargo, se revela de gran utilidad para imprimir tensión en el preciso robo y la huida posterior.

           Una obra sombría, magnética, elegíaca, con el lirismo épico y melancólico de quien se sabe desplazado al abismo, derrotado de antemano, pero no puede evitar intentar la última burla, resistirse al destino implacable.

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8.

Naves misteriosas

1 Abr

“Desgraciado aquel cuya conducta está en discordancia con los tiempos.”

Nicolas de Maquiavelo

Naves misteriosas

 .

Año: 1972.

Director: Douglas Thurnbull.

Reparto: Bruce Dern, Cliff Potts, Ron Rifkin, Jesse Vint.

Tráiler

 .

 .

            El amanecer del Nuevo Hollywood, despertado por el éxito de una producción independiente como Easy Rider, favoreció una breve pero intensa política de estudios caracterizada por la reserva de una partida presupuestaria destinada a la creación de películas con ese mismo perfil: producciones baratas en las que se concede total libertad artística al autor.

Douglas Trumbull, uno de los artífices de los efectos especiales de obras de ciencia ficción como 2001: Una odisea del espacio y La amenaza de Andrómeda -junto a la cual se estrenaría esta-, además clásicos posteriores como Blade Runner, lograría así el soporte financiero para su puesta de largo en la dirección: Naves misteriosas, considerada la pionera del cine ecologista.

            Ambientada en un futuro relativamente lejano, Naves misteriosas presenta un panorama desolador: los últimos ecosistemas del mundo condenados a sobrevivir artificialmente en naves en constante periplo por espacio exterior.

El universo se ha tornado más habitable que la propia Tierra, reducida a un planeta de plástico ecológico y emocional, donde la falta de problemas y de desafíos ha abocado a la extinción a la genialidad y el sentimiento, elementos definitorios del ser humano, ahora condenado a una inane vida resuelta. Plácida pero sin belleza.

Ahí surge la figura del botánico Freeman Lowell (Bruce Dern), el representante de los viejos y buenos modos de vida en conexión con lo natural. El último hombre vivo, capaz de apreciar el milagro de la existencia, de experimentar emociones.

            Lo que comienza como un canto ecologista al respeto por la Naturaleza se enturbia por la contradictoria actitud de Lowell, activista defensor del derecho a la existencia de toda forma de vida pero de ética reprobable a la hora de llevar su postura hasta el último extremo –asesinar con relativa frialdad a sus compañeros de viaje sideral, menos concienciados-, para acabar transformándose, torpeza tras torpeza, frustración tras frustración, en un tibio relato de soledad y remordimientos en compañía de tres entrañables drones.

            Así, pese al cariño con el que está concebida, la noble idea inicial, a día de hoy incluso más necesaria que entonces, queda difuminada por la inconsistencia de un argumento pobremente desarrollado y lo farragoso de la dirección, sobre todo producto del mal manejo de la tensión visual del relato, en parte culpa de esos futuristas y trabajados aunque farragosos planos de naves espaciales.

No obstante, recibiría buenas críticas en su tiempo, contrapuestas a un notable fracaso en taquilla.

De culto para no pocos nostálgicos.

 .

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5.

A %d blogueros les gusta esto: