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Quemado por el sol

11 Abr

“Esos camaradas amenazaban con provocar una rebelión en el seno del partido contra el Comité Central. Amenazaban disparar sobre cualquiera de nosotros. Evidentemente, pensaban asustarnos y obligarnos a desviarnos del camino leninista. Nos hemos visto obligados a mostrarnos severos con algunos de esos camaradas, pero eso era inevitable. Debo confesar que también yo he contribuido a ello.”

Jósef Stalin

 

 

Quemado por el sol

 

Año: 1994.

Director: Nikita Mijalkov.

Reparto: Nikita Mijalkov, Oleg Menshikov, Ingeborga Dapkunaite, Nadezhda Mijalkova.

Tráiler

 

 

            De vocación universal y popular contrapuesta al hermetismo y elitismo de otros directores soviéticos como Andréi Tarkovski o Andréi Konchalowski, su hermano mayor, Nikita Mijalkov obtendría su ansiado reconocimiento internacional con Ojos negros, colección de relatos de Antón Chéjov protagonizada por el italiano Marcello Mastroianni, Urga, el territorio del amor, el enfrentamiento y el entendimiento entre el campo y la ciudad soviéticos, y Quemado por el sol, culminación del proceso con la consecución del Gran Premio del Jurado en Cannes y el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa.

            Guiado por la melodía de una canción, To ostatnia niedziela, de notas engañosamente románticas, en realidad nostálgica y amarga en su fondo, el día de descanso del coronel Kotov (el propio Mijalkov, muy acertado), héroe de la revolución de 1917, amanece como una apacible comedia costumbrista de inspiración felliniana, a medio camino entre el realismo y el absurdo de corte surrealista, especialmente útil para desenmascarar los frecuentes aspectos incomprensibles de ese totalitarismo que se oculta fuera de campo, interrumpiendo la paz de la bucólica campiña moscovita de la década de los años treinta.

Es el tiempo de las paranoicas y cruentas purgas de Jósef Stalin.

             Las escenas cotidianas y familiares, resueltas con una prodigiosa sensibilidad, sobre todo en aquellas de complicidad paternofilial entre Kotov y su hija, magistrales -ayuda que fuera la hija del director y actor en la vida real-, se ven poco a poco oscurecidas por la aparición de elementos divergentes, gélidos y siniestros, al principio casi imperceptibles, sobre todo derivados de la irrupción como un torbellino de Mitya (Oleg Menshikov), bufón equívoco procedente de la oscura, lluviosa y opresiva capital, hoja de afeitar que reabre las viejas cicatrices de un amor pasado.

Un personaje que esconde bajo su sonrisa y vitalidad un profundo resentimiento y amargura contra un sistema que lo acosa y destierra, en contraposición con la sonrisa franca, comprensiva y jovial de Kotov, convencido estandarte del comunismo.

Se oyen truenos en el cielo claro. La tarde se adviene gélida, poblada de sombras, con la progresión en la intensidad del despecho de Mitya y la estoica entereza de Kotov, sabedor ya de su futuro. Inconscientemente, la inocencia de su hija también es capaz de detectar lo maligno.

Lo cómico e intimista deja paso a lo trágico y terrible.

             Stalin es el sol que indaga y abrasa sus tierras casi aleatoriamente, sostenido por una estructura de paranoia, avasallamiento, terror y traiciones capaces de despertar lo más mezquino que habita en todo individuo. La muerte es un elemento más de sometimiento. Se puede traspasar de vecino a vecino, cualquier excusa es válida. Lo político impregna y emponzoña lo afectivo.

             Mijalkov despliega un arsenal de recursos expresivos para la plasmación y el manejo de las emociones de sus personajes y, por extensión del espectador, componiendo un cuento luminoso y sombrío, lírico y brutal, conmovedor y agrio.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8,5.

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