Archivo | febrero, 2012

Mulan

17 Feb

“Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo.”

Napoleón Bonaparte

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Mulan

Año: 2009.

Director: Jingle Ma, Wei Dong.

Reparto: Wei Zhao, Kun Chen, Jun Hu, Jaycee Chang, Rongguang Yu, Yuxin Liu.

Tráiler

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            El éxito arrollador de Tigre y dragón en el cambio de milenio, impensable para una película asiática exhibida en versión subtitulada en el poco receptivo mercado estadounidense, configuró al nuevo cine épico chino -si bien la anterior era de producción taiwanesa- como el género más exportado y exportable del gigante asiático.

            Ya en unos finales de la década en los que se aprecia el agotamiento del modelo, Jingle Ma adaptaba el poema narrativo tradicional Mulan, popularizado por la todopoderosa Disney -al mismo tiempo gran transmisora y gran destructora de mitología y leyendas de toda procedencia-, desde una óptica personal que enfatiza el carácter guerrero y épico del mismo, reduciendo por otro lado el conflicto o el posible simbolismo de la protagonista por su condición de mujer en un mundo exclusivamente masculino, prácticamente irrelevante, ajeno a reivindicaciones igualitarias o, siquiera, suspense por el peligro de su trasgresión, más aún teniendo en cuenta la evidente femineidad de la actriz encargada de encarnar a la heroína, Wei Zhao, cuyo bello rostro da poco pie al equívoco, minando, en cierta manera, su credibilidad.

            Contradiciendo el modo de realización operístico y exagerado que había caracterizado los exitosos esquemas del género, tanto en el preciosismo de la factura técnica como en unas coreografías de lucha estilizadas hasta lo irreal, Mulan opta por un tratamiento a grandes rasgos mucho más convencional y en el que las muestras de personalidad de su autor aparecen, ya desde un desafortunado inicio que provoca comenzar el filme con mal sabor de boca, en forma de recursos de dudoso gusto –forzados giros de cámara, atroces fundidos a blanco con efecto sonoro para los flashbacks o la simple transición de escenas,…- que dotan a la película de un aire de telefilme cutre pese a su espectacularidad de medios, escenarios y movimientos de masas.

Una sensación de lustrosa pobreza en la que abunda un guion corto de miras, sin profundidad ni originalidad, tanto en la caracterización de los héroes –de repente Mulan pasa de brillante estratega a general irresponsable no se sabe bien porqué- como en los villanos –el tirano invasor ofrece el clásico compendio de vicios, desde la crueldad mórbida hasta el parricidio y el incesto, en una caracterización fuertemente influenciada por el Cómodo de Gladiator– y en el que la acción transcurre sin demasiado interés y, en su mayor parte, a salto de mata, equivocando la elección de pausas dramáticas, desaprovechando algunas de gran valor, redundando en otras.

            A pesar de ese ritmo vertiginoso -que aún así se empantana en ciertos momentos debido a ese mal subrayado de algunos aspectos como la relación entre Mulan y Wentai-, la cinta no logra siquiera alcanzar el estatus de entretenimiento aceptable.

 

Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 3.

El cuarto mandamiento

16 Feb

“Cuando fui a ver Un indio en París, faltaba toda la tercera bobina de la película. Pero aun si esta hubiera sido metraje de El cuarto mandamiento de Orson Welles, la película hubiera seguido siendo un asco.”

Gene Siskel

 

 

El cuarto mandamiento

 

Año: 1942.

Director: Orson Welles.

Reparto: Tim Holt, Joseph Cotten, Dolores Costello, Agnes Moorehead, Anne Baxter.

Tráiler

 

 

            Al año siguiente de su espectacular puesta de largo en el Séptimo Arte con Ciudadano Kane, Orson Welles se encontraba inmerso en un frenesí creativo que, como sucederá de manera recurrente en su trayectoria, correrá paralelo a unos resultados inconstantes, que fluctúan entre magníficas películas, trabajos alimenticios, obras fallidas y funciones inacabadas o malditas.

Así pues, Welles trataba de compaginar en este momento la realización de dos filmes, uno, It’s all true, semidocumental, ambientado en Latinoamérica y destinado a que los Estados Unidos, ya inmersos en la Segunda Guerra Mundial, se ganaran el favor de los gobiernos locales; otro, Estambul, en categoría de productor y actor, y, además, su nueva película, la segunda en su haber como director, El cuarto mandamiento, basada en la novela The magnificents Ambersons de Booth Tarkingon, que el propio Welles había adaptado al formato radiofónico para su serie The Campbell Playhouse.

Será la única ocasión en la que siendo director no interpretaría ningún papel en la cinta, aunque sí se reservará desempeñar una expresiva voz en off.

            El cuarto mandamiento –honrarás a tu padre y a tu madre- traza el fresco de un cambio de siglo que es, al mismo tiempo, un profundo cambio social. El fin de una clase, de unos modos de vida y unos valores en decadencia, el de la aristocracia tradicional, representada por esos Ambersons y, en concreto, por el último de ellos, George (Tim Holt), hidalgo sin oficio ni beneficio más allá de correr con su coche de caballos y disfrutar de su opulenta vida, un joven engreído, insensible, despegado de una realidad ya irreparable y trágica para aquello que representa.

Frente a ellos, o más bien mezclados por tensiones amorosas eternas e irrompibles, la familia Morgan, los nuevos ricos, la próspera y emprendedora burguesía urbana, representada por el cabeza de familia, Eugene (Joseph Cotten), ingeniero de automóviles, un viudo inteligente, vivaz, comprensivo y enamorado sin remedio de Isabel Amberson (Dolores Costello).

            Welles compone el melodrama de esa caída de los dioses –cuyo rodaje será, sin embargo, delegado en su mayor parte a la segunda unidad por los anteriormente mencionados problemas de agenda-, paralela a la pérdida de la edad dorada de la infancia de ese consentido George que dará de lleno, en su vida adulta, con los sinsabores de una vida que nunca será lo que él esperaba. Una decadencia que ha de superar por medio de la aceptación del nuevo orden social, simbolizado en la unión sentimental con la clase arribista a la que odia, la misma de ese infame Eugene y su inadmisible romance con su madre, a evitar con los últimos rescoldos de su orgullo y egoísmo de clase, aunque ello conlleve reprimir su esperanza de madurez, los brazos amorosos de Lucy (Anne Morgan), hija de Eugene.

            A pesar de que el melodrama de época no es, ni de lejos, ni será, uno de los géneros predilectos del que suscribe, cabe reconocer la sagacidad de Welles en la presentación de personajes por medio de la sutilidad de sus diálogos –si bien no logra evitar el aspecto caricaturesco del joven aristócrata- y una puesta en escena que es un perfecto reflejo de la naturaleza y el ánimo de los seres que la recorren, como ejemplifica esa mansión desmesurada de los Amberson, cada vez más siniestra, más ruinosa, imbuida en sombras de cuyos rincones surgen individuos intrigantes, defenestrados, con las entrañas reconcomidas por su declive.

Un crepúsculo que, no obstante, entraña también un cierto pesimismo, la pérdida de una cierta imagen idílica a favor de la oscuridad prosaica y sucia de las fábricas de los nuevos triunfadores.

            Virtudes fruto del genio de un director, todo carácter y talento, que sirven de contrapeso a la nada desdeñable ración de tijera que aplicaría a la película la productora –de las 2 horas y 11 minutos originales, quedaría finalmente en 1 hora y 28 minutos-.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 6.

Rounders

15 Feb

“El póquer es 100% habilidad y 50% suerte.”

Phil Hellmuth

 

 

Rounders

 

Año: 1998.

Director: John Dahl.

Reparto: Matt Damon, Edward Norton, Gretchen Mol, John Turturro, Paul Cicero, Famke Janssen, Martin Landau, John Malkovich.

Tráiler

 

 

            El universo del póquer, en la última década de enorme tirón en un país en principio ajeno a la baraja francesa como España, es sin duda, haciendo caso a su historial, el juego de cartas más cinematográfico, siempre asociado a tugurios insalubres en los que eternos perdedores con mayor o menos sabiduría en el arte de encajar los golpes de la vida se alzan con las migajas de un espejismo de éxito, o sucumben indefectiblemente a su naturaleza, puede que ayudados por los labios sensuales de una atractiva mujer que encarna la parte del diablo.

Rounders ofrece una revisión de las viejas películas de cartas, del enemigo a batir, de la improbable redención épica del fracasado, de la lucha por un destino particular difícilmente comprensible o compartible con terceros, modernizada tan solo en la producción.

            Matt Damon, un valor en alza después de su doble nominación a mejor actor y guión original  por El indomable Will Hunting –se alzaría con el segundo-, protagoniza la historia de un joven estudiante de derecho que se paga la vida mediante sus innegables dotes de tahúr al mismo tiempo que sueña con ser el campeón mundial de póquer.

Una ambición en la que se van a cruzar deudas del pasado encarnadas por viejos amigos que han quedado en la cuneta (Edward Norton, otro actor emergente que al menos suele ponerle algo más de empeño), conflictos de lealtades, disyuntivas entre lo que se debe y lo que se quiere ser e inevitables enfrentamientos sentimentales con una pareja que representa el polo positivo del porvenir en contraposición a su amigo descarriado, imagen del futuro posible de uno mismo, de la mala suerte –incluso en el aspecto del tramposo Norton, desastrado, desaliñado-.

            John Dahl, director que tendrá mayor predicamento en la pequeña pantalla, lleva a cabo una realización clásica, con ciertos rasgos de elegancia, sobre todo el la luminosidad de ciertas escenas, para plasmar en pantalla guion rubricado por David Levien y Brian Koppelman, dos guionistas surgidos de la nada y con una incontestable pasión por el mundo del tapete, hecho que da pie a la prolija inclusión de referencias al juego, a su jerga y a su mitología -también destinada a orientar al profano, a que no se sienta ajeno-, pero que no oculta, sin embargo, una notable ración de tópicos y cierta falta de coherencia –en cierto punto, se renuncia a cualquiera de los dilemas planteados para centrarse en lo realmente estimulante para los escritores y, por ende, el espectador: el duelo final de Texas hold’em-.

            Un conjunto que, en definitiva, y salvando parte de la dirección y el trabajo de algunos secundarios ilustres como John Turturro en su rol de ángel de la guarda o el siempre peculiar John Malkovich como monstruo a derrotar, adolece del blando protagonismo de Matt Damon, carente del carisma necesario para un papel que exigía más arrestos, y de una evidente falta de intensidad, derivada de esa acumulación de lugares comunes, resueltos con poca destreza –nunca convence el papel de mujer salvadora de Gretchen Mol, cursi y antipático cuando posee justificación suficiente para no parecerlo, y la figura paterna de un grande como Martin Landau ofrece unas soluciones vergonzosas a alguna de las disyuntivas del personaje de Damon-.

           Una película más bien insulsa, a la que le falta sabor noir, aunque recomendable para acérrimos de la baraja.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 4.

Ensayo de un crimen (La vida criminal de Archibaldo de la Cruz)

14 Feb

“Sed buenos, y si por lo que fuera no podéis, seguid siendo malos, la diferencia es mínima.”

Antonio Gasset

 

 

Ensayo de un crimen (La vida criminal de Archibaldo de la Cruz)

 

Año: 1955.

Director: Luis Buñuel.

Reparto: Ernesto Alonso, Miroslava, Ariadna Welter, Rita Macedo.

Tráiler

 

 

            El asesino en serie según Luis Buñuel, a partir de una novela del dramaturgo mexicano Rodolfo Usigli.

Obviamente, no se trata de una cinta policíaca al uso sino que, prolija en ese simbolismo tan habitual en la obra del aragonés, se asemeja más a una reflexión satírica sobre el poder de la apariencia en la sociedad, enmarcado en una trama narrada con pulso firme –su capacidad de entretenimiento queda evidenciada por unos excelentes resultados en taquilla- en la que un joven y apuesto hombre de clase acomodada trata, infructuosamente, de aplacar sus pulsiones homicidas con las mujeres que se cruzan en su camino.

            Es este un hombre amparado en la impunidad que le confieren sus buenas maneras y su lustrosa fachada. Decente y pobre, dirán, es peor que granuja y rico. Una nobleza urbana decadente que ansía, como capricho último, arrogarse una prerrogativa divina, la de decidir sobre la vida y la muerte, representada en la superstición del poder de una caja de música, reflejo una fascinación por lo macabro rayana en lo sexual.

De esta combinación surrealista de sexo y muerte nace la metáfora de ese hombre que vive en constante frustración, en un perenne coitus interruptus, pues ansía matar y solo lo consigue en su imaginación –pese a que finalmente su deseo sí reviste consecuencias, si bien nunca proceden de su acción, impotente o estéril- o, puntualmente, con la imagen de una de sus aspirantes a víctima, un maniquí –otra vez la apariencia, lo único que logra destruir-, este último, hecho de especial relevancia en la catársis última del protagonista.

Manías que traspasan las fases y el tiempo de una vida mediante una incurable atracción morbosa que transmuta una imagen obsesiva en diferentes personas en la mente de un individuo corriente y respetable en el que, en realidad, se esconden soterrados delirios mesiánicos, considerado a sí mismo entre el santo redentor y el criminal abyecto, carácter ambiguo manifestado en su actitud hacia su prometida, a la que pretende salvar y con la que se pretende salvar, interpretada por la misma actriz que la institutriz fallecida que desencadena toda esa fijación enfermiza del personaje.

            Buñuel aporta detalles realmente originales y sugestivos para manifestar el deseo irrefrenable de Archibaldo de la Cruz, como la plasmación de sus ensoñaciones, de tintes febriles, desarrolladas entre sombras y brumas, con la música de la caja, la banda sonora de la película, sonando solo para él.

Muy interesante.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8.

Uno rojo, división de choque

13 Feb

“Sobrevivir es la única gloria en la guerra, si saben a qué me refiero.”

Sam Fuller

 

 

Uno rojo, división de choque

 

Año: 1980.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Lee Marvin, Robert Carradine, Mark Hamill, Bobby Di Cicco, Kelly Ward.

Tráiler

 

 

            Como ya había hecho en muchos de sus numerosos acercamientos al cine bélico, Samuel Fuller, excombatiente en el frente de África en la Segunda Guerra Mundial, echaría mano de sus recuerdos de batalla, propios y ajenos, para rendir sentido homenaje a “aquellos que dispararon y no fueron disparados, pues sobrevivir es la única victoria  de toda guerra”.

Una idea que ya expresaba en su primera cinta del género, Casco de acero película que precisamente habían comenzado a hacer sonar su nombre como realizador-, a través del memorable sargento Zack, disimulado alter ego cuyas características respondían más a las de un superviviente buscavidas, anarcoide y desencantado, arrastrado por los acontecimientos de una guerra que parece haberlo pillado desprevenido, que a las de un heroico miembro de la infantería estadounidense.

Un alter ego que en esta Uno rojo: división de choque recae en los rasgos de un Robert Carradine que hereda del anterior la fonología del apellido (soldado Zab), el perenne puro en la boca y un cinismo aún moderado –quizás como la versión joven, de una primera guerra que, efectivamente, es cronológicamente precedente a la de Corea en la que se desarrolla Casco de acero-.

            A diferencia de la anterior, Uno rojo no ofrece un estudio psicológico de tipos humanos, casi abstractos, en tiempos de irracionalidad y muerte, sino que abunda en el anecdotario de guerra y recorre los avatares del ejército norteamericano en la Segunda Guerra Mundial de la mano del veterano sargento interpretado por Lee Marvin, un clásico de los tipos duros, y sus cuatro leales muchachos, personajes casi ubicuos e inmortales desde ese carácter simbólico, rasgos que implican, por otro lado, el esquematismo de un retrato destinado a conseguir cierta identificación del público por su sencillez fácilmente extrapolable, con pocos o ligeros trazos diferenciadores como son los elementos autobiográficos de Zap, las dudas y la sensibilidad del soldado Griff (un Mark Hamill que trataba de desmarcarse de Luke Skywalker en pleno auge de la primera trilogía de La guerra de las galaxias), solucionada por lo que sería una razón universalmente justificable para la lucha armada –su choque con el Holocausto, la barbarie absoluta-, o el cierto eterno retorno del sargento de Lee Marvin, El Sargento -con mayúsculas- de todas las guerras, por su entereza, rectitud, decisión y fidelidad a pesar de su halo pesimista.

No en vano, ese Uno rojo, la 1ª División de Infantería, al que pertenece lleva la insignia del último muerto de una guerra, asesinado inconscientemente horas después de un armisticio ante un Dios con las cuencas de los ojos vacías o, aún más terrible, vaciadas.

            Es quizás por este tono general por lo que el libreto, firmado por un Fuller que había comenzado su carrera en estos desempeños, no posee demasiada profundidad ni lega grandes líneas al mismo tiempo que incluye algún cuerpo extraño –una excesiva atención a una Némesis nazi que finalmente no conduce a consecuencias demasiado relevantes para lo que promete-.

En cambio, el mayor cuidado del mismo recae en propiciar el transcurso fluido de una acción bélica por capítulos o campañas, plasmada con energía, dueña de un encomiable vigor pese a ese aire antiguo Apocalypse Now ya se había estrenado un año antes, si bien contaba por su parte con una holgura de medios inimaginable para un Fuller que solía moverse al margen de la gran industria-, fruto del estilo directo y vivaz del cineasta, que ayuda a superar la cierta confusión que se da en las luchas más masivas.

            El resultado es una entretenida cinta bélica, con el nervio y esa particular aura de desencanto individualista de la obra de Fuller, pero sin demasiada trascendencia.

 

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

Quiero la cabeza de Alfredo García

12 Feb

“¡No quiero oír decir que odio a las mujeres! He tratado de demostrar en Quiero la cabeza de Alfredo García que las adoro. Representan el polo positivo de la película, la fuerza de la vida y lo instintivo.”

Sam Peckinpah

 

 

Quiero la cabeza de Alfredo García

 

Año: 1974.

Director: Sam Peckinpah.

Reparto: Warren Oates, Isela Vega, Robert Webber, Gig Young, Kris Kristofferson, Emilio Fernández.

Tráiler

 

 

            Los números en taquilla de La huida, el mayor éxito comercial en la carrera de Sam Peckinpah, sirvieron de llave para liberar de sus eternos grilletes al realizador californiano quien, por primera vez en su trayectoria, contaría con total autonomía para la realización y el poder sobre el montaje final en una película, superando los sinsabores por los resultados de su anterior Pat Garrett y Billy the Kid, mutilada por la productora.

            El fruto será Quiero la cabeza de Alfredo García, filmada a partir de una historia propia, con su participación posterior en su conversión guion, ambientado en su amado México, caluroso y pasional, donde se vive a flor de piel, y protagonizada por Isela Vega, estrella del cine del país azteca, y uno de los más fieles acólitos de su grupo salvaje, el magnífico Warren Oates, que venía exigiendo, desde su rostro curtido y enérgico, un protagonismo ganado a fuerza de carácter y talento.

           Warren Oates para interpretar a Benny, perdedor incurable al que la suerte parece, por fin, sonreír: la posibilidad de construir un futuro sobre un cadáver. Malos cimientos.

Ante la que quizás sea su última oportunidad, agarrado a la máxima de que nadie pierde siempre, se mezclará en la recompensa por la cabeza de un tal Alfredo García, mujeriego, ultrajador de la virtuosa hija de un potentado local.

Benny, un fracasado que no es consciente de que ha dejado de serlo, milagros de la vida, influencia de una mujer redentora –una figura esencial en el cine del presunto misógino Peckinpah-, libre, fuerte e íntegra, consciente y satisfecha con lo que tiene; pero con la necesidad irremediable, casi moral, de demostrárselo a sí mismo y al mundo. No lo será hasta que, de nuevo, lo pierda todo.

Una promesa de felicidad en la que desoye las advertencias del destino, la tensión latente en un camino al espejismo de un paraíso nada plácido pese a su obcecación –los perseguidores, el accidente sorteado en la carretera, los moteros-, elementos que advierten a Benny la imposibilidad de sobreponerse a su condición. Sin embargo, con cada empecinada palada sobre la tumba, sellará su condena.

           La salvación mediante el amor. Lo inútil de unos dólares que son el combustible que alimenta el motor de un mundo ciego e insaciable. La venganza como último grito del que no tiene nada, reducida a impulsos accionan un cuerpo muerto en vida, clamando desde las entrañas por limpiar con sangre el error, la fatal inconsciencia.

Una película en la que parece que no ocurre nada, hasta que todo ocurre.

            Peckinpah filma un amor directo, profundamente carnal, sudoroso y verídico, sin empalagamientos cinematográficos ni artificios folletinescos, entre dos personajes cómplices y complementarios, clementes el uno con el otro. La sensibilidad y el hosco lirismo de un poeta de voz rota, contestado con la ira furibunda, igualmente intensa y expresiva, de su proverbial violencia desgarrada y al ralentí; la catarsis desesperada de un personaje arquetípico de su universo, en cierta manera imagen de sí mismo: el desahuciado que ya no tiene lugar en un mundo que trata de arrollarlo mientras se va al carajo, el perdedor que se rebela e inmola en su visceral despedida con un postrero grito de rabia.

Porque Peckinpah desencadenado, es mucho Peckinpah.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 9,5.

Biutiful

11 Feb

“Existe un mundo mejor, pero es carísimo.”

Andreu Buenafuente

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Biutiful

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Año: 2010.

Director: Alejandro González Iñárritu.

Reparto: Javier Bardem, Maricel Álvarez, Hanaa Buchaib, Guillermo Estrella, Eduard Fernández, Diariatou Daff, Taisheng Chen, Luo Jin.  

Tráiler

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            Hay una fina línea que separa lo melodramático y desgarrador de lo grotesco. Un hilo de alambre en la altura sobre el que el realizador ha de caminar manteniendo el equilibrio, amenazado por la verosimilitud, la credibilidad emocional y la inexcusable y exigente complicidad y capacidad de implicación del espectador.

En la trayectoria de los mexicanos Iñárritu y Arriaga, Amores perros y 21 gramos eran poderosamente desgarradoras. Babel transitaba por él con irregularidad, demasiado asomada al vacío por la muerte por éxito de su fórmula, derivada de la hipertrofia a escala global de esa estructura de vidas y sentimientos cruzados. Biutiful, primer trabajo en solitario del director Alejandro González Iñárritu, volando libre sin el apoyo en el libreto de Guillermo Arriaga, se despeña irremediablemente en lo grotesco.

            Iñárritu se traslada a la Barcelona sucia y suburbial, donde un exdrogadicto, médium, paciente de cárcel terminal y descendiente de trágicos exiliados franquistas, lidia con los esfuerzos de su paternidad entre exmujeres prostitutas bipolares, manteros senegaleses apaleados con la familia rota por la deportación e industriosos y explotadores inmigrantes chinos que ocultan su homosexualidad. Casi nada.

El insoportable dolor del mundo, miniaturizado en El Raval barcelonés.

            El cineasta mexicano vuelve a desplegar su ambición de englobar todo el planeta en los dramas particulares de unos personajes al borde del abismo, un realismo sucio al que se contraponen ciertos rasgos de realismo mágico como el trabajo como médium del protagonista, que no terminará nunca de concretarse siquiera en metáfora.

Una falta total de consistencia y de concreción que afecta a todo el filme, huérfano de un esqueleto sólido -el guion de Arriaga– que explote, y no solo se limite a acumular, al menos algunos de los conflictos planteados: el de ese hombre al que la vida se le escapa de entre los dedos, su contradicción entre sus bondadosas aspiraciones salvadoras del desfavorecido y sus crudos negocios de trapicheos con mano de obra extranjera ilegal, el conflicto de represión sexual en la hermética y tradicional comunidad china, la tragedia del inmigrante y la imposibilidad de prosperar en un mundo hostil e insolidario, la incomunicación que reduce los vivos a muertos, el mensaje final bienintencionado de la convivencia, el entendimiento y el amor, en definitiva, como solución, expresado con levedad.

            Un exceso y grandilocuencia presuntamente descorazonadores que quedan en nada.

Iñárritu aún sabe extraer cierto lirismo de los pequeños gestos, de los episodios y las relaciones más sutiles; menos pretenciosas y con mayor significado. Y Bardem sigue demostrando que es muy buen actor. Pero la película se regodea con tanta ampulosidad en la miseria en la que vive ese cúmulo de sueños rotos, con esa excesiva afectación, que se acerca más a lo ridículo que a lo brillante.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 3,5.

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