El cuarto mandamiento

16 Feb

“Cuando fui a ver Un indio en París, faltaba toda la tercera bobina de la película. Pero aun si esta hubiera sido metraje de El cuarto mandamiento de Orson Welles, la película hubiera seguido siendo un asco.”

Gene Siskel

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El cuarto mandamiento

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Año: 1942.

Director: Orson Welles.

Reparto: Tim Holt, Joseph Cotten, Dolores Costello, Agnes Moorehead, Anne Baxter.

Tráiler

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            Al año siguiente de su espectacular puesta de largo en el Séptimo Arte con Ciudadano Kane, Orson Welles se encontraba inmerso en un frenesí creativo que, como sucederá de manera recurrente en su trayectoria, correrá paralelo a unos resultados inconstantes, que fluctúan entre magníficas películas, trabajos alimenticios, obras fallidas y funciones inacabadas o malditas.

Así pues, Welles trataba de compaginar en este momento la realización de dos filmes, uno, It’s all true, semidocumental, ambientado en Latinoamérica y destinado a que los Estados Unidos, ya inmersos en la Segunda Guerra Mundial, se ganaran el favor de los gobiernos locales; otro, Estambul, en categoría de productor y actor, y, además, su nueva película, la segunda en su haber como director, El cuarto mandamiento, basada en la novela The magnificents Ambersons de Booth Tarkingon, que el propio Welles había adaptado al formato radiofónico para su serie The Campbell Playhouse.

Será la única ocasión en la que siendo director no interpretaría ningún papel en la cinta, aunque sí se reservará desempeñar una expresiva voz en off.

            El cuarto mandamiento –honrarás a tu padre y a tu madre- traza el fresco de un cambio de siglo que es, al mismo tiempo, un profundo cambio social. El fin de una clase, de unos modos de vida y unos valores en decadencia, el de la aristocracia tradicional, representada por esos Ambersons y, en concreto, por el último de ellos, George (Tim Holt), hidalgo sin oficio ni beneficio más allá de correr con su coche de caballos y disfrutar de su opulenta vida, un joven engreído, insensible, despegado de una realidad ya irreparable y trágica para aquello que representa.

Frente a ellos, o más bien mezclados por tensiones amorosas eternas e irrompibles, la familia Morgan, los nuevos ricos, la próspera y emprendedora burguesía urbana, representada por el cabeza de familia, Eugene (Joseph Cotten), ingeniero de automóviles, un viudo inteligente, vivaz, comprensivo y enamorado sin remedio de Isabel Amberson (Dolores Costello).

            Welles compone el melodrama de esa caída de los dioses –cuyo rodaje será, sin embargo, delegado en su mayor parte a la segunda unidad por los anteriormente mencionados problemas de agenda-, paralela a la pérdida de la edad dorada de la infancia de ese consentido George que dará de lleno, en su vida adulta, con los sinsabores de una vida que nunca será lo que él esperaba. Una decadencia que ha de superar por medio de la aceptación del nuevo orden social, simbolizado en la unión sentimental con la clase arribista a la que odia, la misma de ese infame Eugene y su inadmisible romance con su madre, a evitar con los últimos rescoldos de su orgullo y egoísmo de clase, aunque ello conlleve reprimir su esperanza de madurez, los brazos amorosos de Lucy (Anne Morgan), hija de Eugene.

            A pesar de que el melodrama de época no es, ni de lejos, ni será, uno de los géneros predilectos del que suscribe, cabe reconocer la sagacidad de Welles en la presentación de personajes por medio de la sutilidad de sus diálogos –si bien no logra evitar el aspecto caricaturesco del joven aristócrata- y una puesta en escena que es un perfecto reflejo de la naturaleza y el ánimo de los seres que la recorren, como ejemplifica esa mansión desmesurada de los Amberson, cada vez más siniestra, más ruinosa, imbuida en sombras de cuyos rincones surgen individuos intrigantes, defenestrados, con las entrañas reconcomidas por su declive.

Un crepúsculo que, no obstante, entraña también un cierto pesimismo, la pérdida de una cierta imagen idílica a favor de la oscuridad prosaica y sucia de las fábricas de los nuevos triunfadores.

            Virtudes fruto del genio de un director, todo carácter y talento, que sirven de contrapeso a la nada desdeñable ración de tijera que aplicaría a la película la productora –de las 2 horas y 11 minutos originales, quedaría finalmente en 1 hora y 28 minutos-.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 6.

2 comentarios to “El cuarto mandamiento”

  1. ALTAICA 16 febrero, 2012 a 20:04 #

    Introduces una reflexión más que interesante en el mundo del cine, y es la lucha titánica que muchas veces se produce entre el creador y la productora a la hora de el remate final de la película y ese elementos esencia de toda obra que es el montaje. Siempre he dicho que hay que opinar sobre lo que finalmente quedó y visto lo visto, a veces, son los productores (muchas veces vilipendiados, pero que en gran variedad de ocasiones saben tanto o más de cine que los propios directores) quienes ponen cierto orden en el caos. No sé si Erice lleva o no razón cuando lamenta lo ocurrido con El Sur, pero tal y como está la película es sencillamente magistral y puede que al final Querejata tuviese razón; o que Scott se equivocó con Blade Runner, pues es mucho mejor el primer montaje que la versión del director. Creo que al final pasa como en la pintura, que los creadores nunca saben cuando empieza algo y termina algo. El mundo del montaje está lleno de genios y es mejor dejar a tales profesionales, pues los directores al final lo único que hacen es dilatar, estirar y sobrar metraje, por no hablar de gestos de grandilocuencia.

    Me sigue pareciendo El cuarto mandamientos una película especial y única, distinta y fascinante, con una presentación de personajes y su espacio/mundo/sociedad/morada extraordinarios. Tendría que volver a revisarla, pero mi recuerdo es de una obra contundente, personalísima y distinta. Un 6 se me antoja muy escaso, pero como digo tendría revisionarla. Un abrazo.

    • elcriticoabulico 16 febrero, 2012 a 23:42 #

      Mucha razón tienes. No pocas veces me he planteado si ciertas películas no han mejorado por medio de la tijera del productor, que si bien quizás no comprenda el alma artística del genio, en otras ocasiones sí introduce un cierto sentido común. Aunque sí, yo creo que en la mayor parte, la libertad del director para montar su obra a su antojo no debería sancionarse desde una producción que suele ver el cine como un fondo de inversiones, lo que tiende a notarse y para mal. No digamos ya la moda que hay ahora de eso que llaman “versión extendida”, un truco comercial más que suele bajar la calidad que anteriormente tenía el producto, tornando obvias ciertas sutilezas que la precisión del montaje había conseguido, rellenando todo con sobreabundancia de escenas superfluas, rompiendo el ritmo de la película,… Un signo más que expresa la afición actual por la brocha gorda y el empacho.
      En cuanto a la película, sí, se aprecia una enorme calidad. La realización es estupenda: cómo Welles sumerge a esos personajes en la oscuridad, cómo los describe con dos pinceladas de su actitud, compuesta por dos frases, un escenario con personalidad propia y unos movimientos de cámara que dicen más que las palabras (y sin que el espectador se dé cuenta).
      Sin embargo, no me gustó ese protagonista tan exagerado y, he de reconocerlo, se me hizo larga para durar hora y media.
      Pero claro, lo dicho, no es la temática que en principio más me atrae.
      Un abrazo.

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