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Mi nombre es Ninguno

3 Feb

“En mi infancia, América era como una religión. Luego, los americanos de verdad irrumpieron en mi vida y decepcionaron mis expectativas. Los encontré muy enérgicos, pero también muy desilusionantes. Ya no existían los americanos del Oeste. Eran soldados como cualquier otros… materialistas, posesivos, aficionados a placeres y objetos terrenales.”

Sergio Leone

 

 

Mi nombre es Ninguno

 

Año: 1973.

Director: Tonino Valerii.

Reparto: Terence Hill, Henry Fonda, Jean Martin.

Tráiler

 

 

            Cuando por 1973 el spaghetti western no solo era ya pujante y popular, sino que incluso iniciaba su etapa de decadencia y muerte de éxito -señalada, y no es casualidad aquí, por el triunfo de Le llamaban Trinidad y su consiguiente influencia e imitaciones-,  Tonino Valerii proponía, a partir de una historia original, la producción y cierta injerencia en la dirección de uno de los padres próceres de la variante, Sergio Leone, una curiosa película que se erige casi como una mirada metalinguística sobre los propios estereotipos y formas del género, tanto en su vertiente clásica como en las particulares de su europeización corruptora.

            Así, se establece la dualidad entre los dos protagonistas del filme, que marcará además el devenir de éste. En un rincón, el crepuscular Jack Beauregard (el gran Henry Fonda), pulcro, mesurado, lacónico, de maneras felinas, hábil pistolero que mata con rapidez y sin arabescos, una leyenda de la ley ya en vías de retiro. Un clásico.

En el otro, Ninguno (Terence Hill), personaje sin nombre como los héroes leonianos del primer spaghetti western, joven surgido de la nada, con una admiración casi fetichista por el pasado glorioso y homérico que representa Beauregard, infantiloide, cómico hasta casi lo chaplinesco, antiépico y que no mata, sino que se juega, inmune ante los villanos. Es, por su parte, el héroe del nuevo Oeste, excesivo, equívoco, pícaro y desarrapado, exhibicionista, a caballo entre la parodia y el homenaje, interpretado por la mitad inteligente, frente al entrañable bruto Bud Spencer, de la exitosa pareja de esa Le llamaban Trinidad que ya se abocaba de pleno a la caricatura de trazo grueso.

Pero quizás se le pueda ver también, en cierto modo, como el propio espectador que exige al ídolo de su vida que acate su condición mitológica de infalible azote de cuatreros, que permanezca fiel e incorruptible a su posición, mientras asiste divertido al espectáculo. De hecho, aparte de sobre su adorado Beauregard, su incidencia es prácticamente nula en el resto de personajes.

            Una reflexión sobre la muerte metafórica de una manera de entender el Oeste y el cénit de otra muy distinta pero emparentada desde el rendido reconocimiento, traducido en los dos personajes y trasladada a la gestualidad de los actores y al lenguaje cinematográfico de Valerii. Tomas concisas para Fonda, directas, precisas y sin aspavientos. Espectacularización y artificios cómicos para Hill, con imágenes aceleradas y sonidos estrambóticos propios de las películas que lo habían alzado a la fama.

            Una abstracción y una simpática mezcolanza de estilos que, sin embargo, funciona solo a medias, mal combinada en muchas ocasiones al no ser finalmente ni una cosa ni la otra, presa de los desmanes del peor western all’italiana, como ejemplifican las retorcidas demostraciones de habilidad de los protagonistas y el gusto exagerado por los zooms o, en menor medida, los duelos alargados hasta el paroxismo, remarcados por un reloj incluso como aquellos típicos del cine de Leone, y la estridente e irregular banda sonora de Morricone –que, no obstante, anticipa el uso épico de La cabalgata de las valkirias como música de presentación de un ejército colosal, en este caso el Grupo Salvaje de los 150 malhechores-.

Detalles que ocultan otras meritorias muestras de talento en la realización como el avance de esa banda de cuatreros, secundados a su paso por la penumbra, o el tiroteo inicial con las tres muertes aunadas por el reflejo de un espejo –objeto clave en la película, un símbolo más de ese género que se escruta a sí mismo-.

            Resulta sorprendente además, que un director que supo captar las mejores esencias de ambos mundos desde un prisma particular como Sam Peckinpah reciba una burla-homenaje –aparte de esa temible Wild Bunch a aniquilar- dando nombre a una de las lápidas del cementerio navajo. Se apunta a la venganza de Leone por el desaire y negativa a dirigir ¡Agáchate, maldito! del californiano como principal razón.

Interesante ejercicio.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6.

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