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Vivir (Ikiru)

2 Feb

“El secreto de la existencia humana no solo está en vivir, sino también en saber para qué se vive.”

Fiodor Dostoievski

 

 

Vivir (Ikiru)

 

Año: 1952.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Takashi Shimura, Yunosuke Ito, Miki Odagiri, Nobuo Kaneko.

Tráiler

 

 

            Después de haber situado el cine japonés en el escaparate mundial con el triunfo en Venecia de Rashomon y con su talento refrendado de nuevo por la intensa El idiota, adaptación de la novela de Dostoievski, Akira Kurosawa, el Emperador, entregaba otra de las que serán consideradas sus obras maestras: Vivir.

             Director de un profundo humanismo, Kurosawa ofrece una reflexión sobre el mismo concepto de existencia en la sociedad de su tiempo, sobre la consideración del hombre hacia su vida, a propósito de Kanji Watanabe, un funcionario gris al que se le diagnostica un cáncer de estómago terminal, alegoría de una sociedad enferma en su interior.

El Emperador señala y acusa. El trabajo alienante, vacío, simbolizado por una burocracia conscientemente inmóvil y orgullosamente ineficaz. La pérdida o inexistencia de las relaciones afectivas. El ser humano que vive recluido en su egoísmo e hipocresía, contento con sobrevivir sin alterarse, con efectuar el tránsito entre el pañal y la mortaja sin sobresaltos, rehuyendo de todo y de todos.

Matando el tiempo hasta que el tiempo lo mate.

             En este caso, el conocimiento de la fecha de su condena despierta a Watanabe (un memorable Takashi Shimura, lleno de sentimiento) a su propia vida, anulado e incomunicado hasta entonces por una laboriosidad sin significado ni horizonte y por la desvinculación con su hijo, su única familia, en este momento convertido ya un extraño con su misma sangre. Una rebelión postrera que intenta recuperar el tiempo perdido, de buscar el sentido de todo, primero por medio de las reacciones más carnales y superficiales, más tarde por un amor otoñal patético y desesperado que trata de contagiarse de la vitalidad de una juventud que ha perdido irremisiblemente; por último, y es ahí donde Kurosawa carga las tintas como solución posible, con la entrega al trabajo altruista, camino para la autorrealización y la felicidad de uno a través del servicio generoso y solidario para los demás.

Una actitud redentora capaz de ofender al resto de muertos en vida como ejemplo diáfano de su nulidad.

             Kurosawa traza el fresco del fin –o del principio- de una vida con toda su maestría técnica, evidenciada por su soberbia puesta en escena, con imágenes sobrecogedoras llenas de un contenido y belleza, o su enorme talento para el montaje, como demuestra su elegancia en la introducción de flashbacks y su gran expresividad. También incluye, no obstante, la tradicional cadencia japonesa, lenta, de planos largos, que quizás dilatan en exceso el metraje de la cinta.

             Una película profundamente existencialista, emotiva y compleja que clama por que el espectador tome el poder de su propia vida. Una vida que se demuestra con la acción decidida, con la voluntad inquebrantable, con la necesidad del otro.

Qué arduo resulta averiguar que las grandes cosas de la vida, las que conducen a la felicidad, se encuentran en aquello despreciado como pequeño. Cuán difícil es alcanzar la hondura de Vivir desde su aparente sencillez.

Porque no hay mayor, más preciosa y más conmovedora imagen de plenitud, de paz con uno mismo y con su existencia, que la del anciano Kanji Watanabe balanceándose en el columpio del bonito parque que ha creado, lleno de futuro, sobre un paraje yermo y desolado.

 

Nota IMDB: 8,4.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 8,5.

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