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Perseguido

14 Ene

“El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros los que las jugamos.”

Arthur Schopenhauer

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Perseguido

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Año: 1947.

Director: Raoul Walsh.

Reparto: Robert Mitchum, Teresa Wright, Judith Anderson, Dean Jagger.

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            Sostenía Sergio Leone, no sin razón, que el western era la traslación a otros espacios y otros tiempos de la mitología y la tragedia griega. Dramas universales que cambiaban el quitón y la máscara por el sombrero y las cartucheras de cowboy.

Raoul Walsh, experto como nadie en el retrato de trágicos colosos, sean héroes, villanos o no se sepa a ciencia cierta, volvía a revolucionar un género en el que ya había dejado huella con  cintas como La gran jornada, superproducción rodada cuando el cine del Oeste aún pertenecía a la serie B de las majors, o Murieron con las botas puestas, inaugurando ahora el denominado western psicológico.

             Compone en Perseguido un filme sobre condenas heredadas de ignotos pecados ancestrales, destinos marcados en la sangre, venganzas inexorables y despiadadas,  envidias y enfrentamientos cainitas, la suerte como instrumento consumador de la fatalidad inapelable y el intento de redención por amores imposibles que frisan con lo incestuoso.

Un pasado que marcará las cartas de la existencia de un niño de padres asesinados al que la muerte solo ha aplazado la fecha de su condena. Una vida que ha quedado, desde su mismo origen, reducida a la ruina. Difícilmente reparable, derruida cada vez más por la preeminencia del odio en torno a él, por la práctica imposibilidad de consumar un amor reparador en los brazos de su hermanastra, un riesgo gravado por la fuerza de rencores sin piedad que la pueden convertir en cura o en definitivo golpe de gracia.

              El cineasta neoyorkino presenta una obra construida a base de flashbacks, en los que el protagonista rememora el camino recorrido hasta el esclarecimiento de los motivos de su desventura, desarrollados en espacios cerrados –los grandes paisajes del Oeste poco tienen que contar en esta historia atemporal y aespacial- en los que conviven unos personajes movidos por las grandes pasiones y emociones del ser humano: el amor, el odio, la envidia, el arrepentimiento, la ira,… Individuos cuyo destino escapa a su voluntad, donde existen infatigables brazos ejecutores de venganzas inmarcesibles, mutilados para siempre en carne y alma, que ni olvidan ni perdonan, armados con paciencia y una crueldad que supera con mucho el frío plomo de una simple bala.

              Además de la trascendencia dramática y la intriga del misterio, Walsh, hábil autor de intensos espectáculos que traspasan ampliamente lo trivial y gratuito, imprime con mano de hierro y guante de seda un ritmo vertiginoso para narrar la sombría odisea de Jeb (Robert Mitchum, taciturno, con un halo de ternura, decepción y, sobre todo, amargo desarraigo), en busca de respuestas y redención al fatalismo irrespirable, por inexplicable, que, sin renunciar a él, representado en un apellido que se niega a repudiar, envuelve su infausta vida.

Un western poderoso y diferente.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

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