Manos peligrosas

7 Ene

“El de Sam Fuller es cine… inmediato, intachable, irrepetible, cine dado y no asimilado, digerido, pensado.”

François Truffaut

 

 

Manos peligrosas

 

Año: 1953.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Richard Widmark, Jean Peters, Thelma Ritter, Richerd Kiley, Murvyn Vye.

 

 

 

            Con su carrera en la dirección ya firmemente asentada, pero todavía sin lograr totalmente su ansiada independencia de creador outsider –lo hará con la fundación de su productora Globe Enterprises-, Sam Fuller se encargaba de rodar una cinta de cine negro para la Twenty Century Fox –que lo había contratado por siete películas tras su éxito con Casco de acero-, la cual acabaría por convertirse en una de las más reconocidas de su filmografía: Manos peligrosas.

            La película se construye en torno al tópico del ratero de baja estofa, aquí Skip McCoy (Richard Widmark, por entonces asociado a papeles de gángster retorcido e impetuoso o, cuanto menos, ambiguo), al que el azar, sus hábiles dedos de carterista y la imprudencia de una atractiva joven de relación dudosa con la legalidad, atrapan entre los dos frentes que componen la policía por un lado y unos mundanales espías comunistas por otro en una trama a gran escala: la conspiración para el envío de microfilmes secretos al enemigo soviético.

No es casual, se filma en el año del traumático proceso y ejecución de los Rosenberg.

             Fuller desenfunda sus armas: un amplio conocimiento de los bajos fondos, producto de su pasado de reportero, y su dilatada experiencia como guionista, que le sirven para construir con veracidad y energía unas situaciones y diálogos creíbles y unos personajes con empaque, como el de McCoy o el de Moe (impecable Thelma Ritter), la entrañable informante de la policía, en los que radican las mayores virtudes de un filme que se desenvuelve mucho mejor en esas calles oscuras, sucias y miserables de Nueva York que en los salones de unos conspiradores comunistas cuya idiosincrasia se presenta con rotundidad por medio del personaje de Joey (Richard Kiley): un cobarde que actúa escondido tras una mujer impetuosa pero lo suficientemente despreocupada como para ser incauta y sin dudas solo a la hora de matar ancianas o de disparar a chicas a sangre fría.

No es, no obstante, un canto rendido al patrioterismo más rastrero y deleznable propio de unos tiempos en los que aún se vivía bajo la gélida y temible sombra del mccarthismo. McCoy viene a simbolizar el ideario de Fuller, recurrente en sus filmes: es descreído respecto del sistema, un individualista que solo confía en sí mismo y en aquellos a los que quiere. Un anarquista que si decide actuar contra un complot político al que tampoco le hubiera importado servir a cambio de unos dólares no es enfundándose una bandera en defensa de los valores de la patria y los ideales, sino como reacción visceral surgida por el ataque frontal a personas muy concretas, parte de su círculo privado.

             Es el Fuller que rueda de manera enérgica y directa, sin concesiones aparte de un romance que se sostenía con mayor solidez y atractivo cuando sus motivaciones consistían en el puro interés de ambos implicados. Un desarrollo algo simplista, quizás inevitable para estos años de código y moralidad exacerbada, que lamentablemente reduce el magnetismo de esa astuta, lúbrica y sudorosa Jean Peters, personaje capital de la película, perfecta contrapartida para ese Richard Widmark que nunca sería ni un completo malvado, ni un completo héroe, aunque siempre íntegro a su manera.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7.

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