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El hombre de las pistolas de oro

28 Dic

“No soy tan puro, supongo que he roto tantos platos como cualquier hijo de vecino. Pero por lo visto mi rostro parece lo suficiente honesto para que la gente lo quiera así.”

Henry Fonda

El hombre de las pistolas de oro

Año: 1959.

Director: Edward Dmytryk.

Reparto: Richard Windmark, Henry Fonda, Anthony Quinn, Dorothy Malone.

            A finales de la década de 1950 el western se confirmaba como un género trascendente y universal rebasando el simple espectáculo de epopeya de la creación de los Estados Unidos, campo de una temática mutante, cada vez más compleja, híbrida, fruto de la presencia de rasgos argumentales forasteros de las inabarcables llanuras del Oeste. Progresivamente, la mirada hacia el género se torna melancólica, nostálgica, retratando la decadencia de unos paisajes y unos estereotipos languidecientes, símbolos de un cine que, por su parte, se encontraba entonces a punto de iniciar su propio declive.

            El hombre de las pistolas de oro aparece en este contexto como un western psicológico e iconoclasta, destinado a remachar las grandes figuras del Oeste –las bandas de forajidos de las tierras salvajes, el justiciero misterioso, solitario, ácrata e individualista, los hombres de negocios florecientes en la anomia o en su propia ley-; a la vez respaldo subrepticio de posibles intenciones políticas de fondo, sobre todo si se tiene en cuenta el gusto de Edward Dmytryk –procesado durante el mccarthismo como parte de los Diez de Hollywood por sus filiaciones comunistas- por analizar en sus obras, a través de alegorías, a la sociedad estadounidense contemporánea.

             En Warlock, un pueblo de allende la frontera sitiado por una banda de sanguinarios malhechores, los personajes surgen y se desenvuelven en la ambigüedad. El pistolero Clay Blaisedell (Henry Fonda, tradicional integrante del lado recto de la ley y la moral) es presentado como héroe salvador pese a las reticencias del representante local, informal e impotente de la justicia. Esculpido en piedra por Fonda, frío e imperturbable, es este un personaje cansado, que se sabe crepuscular y que vive de sus últimas oportunidades enriquecerse como brazo fuerte, subsanando la paz y el orden allá donde la ley no se atreve o no es capaz de actuar mediante el ejercicio simultáneo de las tareas de juez sumario y verdugo.

Su poder se apoya allí donde flaqueaba el del sheriff, esta vez legítimo, aunque técnicamente retirado, de Solo ante el peligro, otra obra de pronunciado simbolismo político. Esto es, en la cobardía de unos ciudadanos débiles por la anarquía; miedos que acostumbra a apagarse con el restablecimiento, por él mismo, del orden. Como decía el ronin Kanbê Shimada, ellos son los que siempre ganan.

Su motivación es la paga, más allá de su cierto regusto por el reinado del bien, y abandona los negocios, cargos de conciencia, tiros por la espalda y decisiones trascendentes en manos de su apoderado, Tom Morgan (Anthony Quinn, alejado de la tosca brutalidad de sus roles prototípicos), un tahúr sonriente y simpaticote, avispado y maquiavélico, tullido física y moralmente por oscuras heridas del pasado que implican amor y muerte y que resurgen con el retorno de Lily Dollar (Dorothy Malone), cuya belleza y virtud, siguiendo con las mismas pautas del filme, tampoco se podrían calificar de canónicas.

Ante ellos, el tercero en discordia de la cinta, de trazos a veces menos convincentes, Johnny Gannon (Richard Windmark), antiguo maleante al que los remordimientos por una vida tumultuosa que marcan su nudoso rostro obligan a representar a la ley oficial y la llamada vigorosa a la conciencia cívica que tanta falta hacen en Warlock.

            Seres equívocos, desengañados, torturados, decadentes, que nadan entre dos aguas, donde el problema menor, reducido a simple precipitante, será el de acabar con el gobierno de terror de los malvados. Los duelos, más al de la pólvora y el plomo, pasan al terreno de la justicia objetiva y la moral –pagos donde posteriormente tomará cuerpo la superior El hombre que mató a Liberty Valance-, resueltos con diálogos rotundos y precisos como armas.

             Después del denso e interesante desarrollo de la cinta, a Dmytryk parecen fallarle las fuerzas y el ingenio para hacer encajar del todo a un final que, pese a ser consecuente en su significación con el mensaje del filme, adolece de falta de contundencia, preso de esas mismas intenciones desmitificadoras que reclaman un desenlace antiépico para sellar uno de los actas de defunción de unos estereotipos en su última cabalgada, destinados ya irremediablemente a perderse en el horizonte.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

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