Horizontes perdidos

25 Dic

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

Eduardo Galeano

 

 

Horizontes perdidos

 

Año: 1937.

Director: Frank Capra.

Reparto: Ronald Colman, Jane Wyatt, John Howard, Edward Everett Horton, Thomas Mitchell, Isabel Jewell.

Tráiler

 

 

           A finales de la década de 1930, el cine de aventuras se erigía como uno de las producciones más recurrentes entre las majors de Hollywood debido a su tirón entre el público de entreguerras, aún saliente a duras penas del trauma del crack del 29 y con el recuerdo reciente de la Gran Guerra y que ahora observaba de reojo el polvorín que comenzaba a formarse en la crispada Europa. Espectadores ávidos de aventuras exóticas que los alejaran de su realidad cotidiana para transportarlos a lugares recónditos repletos de insospechados misterios, encantos, pasiones y emociones que solo entrañaban peligro dentro de una sala oscura. De la magia del cine en definitiva.

Una popularidad que evidencia el éxito de cintas como Tres lanceros bengalíes, La carga de la brigada ligera, Gunga Din,… películas donde el héroe civilizado sometía el salvajismo de la Naturaleza o del bárbaro al mismo tiempo que, de paso, conquistaba a alguna beldad de dorados cabellos.

            Horizontes lejanos, traslación al celuloide de la famosa novela de James Hilton, será uno de los grandes éxitos de este cine, si bien posee un fondo más cercano al cuento moral que a la novela de aventuras.

Frank Capra, director que nunca perdía de vista, dentro del espectáculo, una posible lectura moral o un apelativo a la conciencia de la platea, escogía rebajar el peso de la acción y ceder paso a los procesos internos y a las reflexiones de su personaje principal, Robert Conway (Ronald Colman), egregio diplomático británico en el Lejano Oriente, un hombre racional, humanista, curioso, mesurado y flemático al que la casualidad y una enigmática mano negra lleva a dar con sus huesos, junto con sus heterogéneos acompañantes de huida de la China en rebelión, en un refugio utópico en las montañas del Tíbet: el icónico Shangri-la.

Son un grupo de personas representativas de las fútiles y vacuas ilusiones que ofrece la decadente cultura occidental –un diplomático desterrado por la guerra, un hermano que vive de su estela, un vilipendiado hombre de negocios arruinado por la crisis, un científico que vertebra su existencia en torno a un pasado insustancial, una mujer moribunda- hijos de un mundo desorientado, alienado, abocado a despeñarse, y que son recibidos, o encerrados, en la jaula de oro de un paraíso perdido, una ecuménica arca de Noé de fundación belga –se exige una mano occidental en tiempos todavía coloniales, al fin y al cabo- donde se vive con moderada felicidad, sin las ataduras, esfuerzos, egoísmos, vicios y preocupaciones que envejecen y matan al hombre –el “suicidio indirecto”-.

            Un sueño, una oposición antitética del hostil y cruento mundo del otro lado de las montañas en el que, para integrarse, es necesaria conservar una cierta dosis de la bondadosa y natural ingenuidad humana –constante muy capriana-, un idealismo que crea que es posible esta versión adulta de Nunca Jamás.

Es esta una dualidad que se repite y ejemplifica en los hermanos Conway. Robert es capaz de creer, de imaginar ese reducto edénico, mientras que George (John Howard), pragmático y terrenal, lo rechaza desde su mirada de hombre del siglo XX. La inocencia perdida como pecado más terrible de aquel siglo, aún joven y ya cansado.

El final será esclarecedoramente metafórico.

            Capra aporta su mejor elegancia y pasión de cuenta cuentos para narrar un viaje introspectivo que tampoco rechaza el empleo de la escenografía majestuosa propia del género, apoyado en un guion que conserva un gran sabor aventurero a la vez que deja por el camino unas cuantas concienciadas perlas sobre la sociedad de su tiempo, aún convaleciente de una y mil penurias y en la que se presentía ya el hedor de un posible retorno a horrores pasados.

Muy interesante.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

4 comentarios to “Horizontes perdidos”

  1. ALTAICA 26 diciembre, 2011 a 01:51 #

    Siempre recuerda uno esta película con mucho, muchísimo cariño. La vi de niño y me fascinó su historia y el mundo “feliz” que visita. Creo que pese al inexorable paso del tiempo, siempre nos gustará volver a viajar ese lugar mágico.

    Magnífica crónica y ya son… Pese a sus “cosas”, algún día habrá que reivindicar a Capra por habernos dejado un puñado de maravillosas películas, entre las que se encuentra ésta, pese a aquellos que desde hace algún tiempo no saben hacer otra cosa más estúpida que rebajar a un grande del cine. Sí, sí, algo moralizante sin duda, pero también un genio detrás de la cámara, un humanista indiscutible y bastante social, y ¡ojo! con algunas comedias magistrales.

    • elcriticoabulico 26 diciembre, 2011 a 15:44 #

      Tengo a Capra por un autor versátil, de gran técnica y con un rasgo esencial para ser un gran director de cine: una enorme pasión y habilidad para el viejo arte de contar historias. Además, procuró dotar en muchas ocasiones a sus obras de un fondo trascendente que las alejara de la gratuidad. Una cierta enseñanza moral -como buen cuentacuentos-, normalmente en defensa de un sistema, el norteamericano, que consideraba garante de las libertades del individuo -que no era poco en aquellos tiempos convulsos, como se ve en el idílico Shangri-La-, siempre desde un profundo agradecimiento al país de las oportunidades -él mismo había nacido en el seno de una familia inmigrante y pobre-.
      Por ello, hay veces que sus intenciones pueden resultar a día de hoy un tanto conservadoras, ingenuas e, incluso, ñoñas. Pero Capra también era capaz de tener la suficiente perspectiva, honestidad y compromiso como para denunciar las desviaciones e injusticias de ese mismo sistema o los atropellos del mundo en general -como se ve, de nuevo, en el presente filme-. Por ejemplo, la primera parte de Caballero sin espada, una película eminentemente positiva en su sentido último, es de un criticismo feroz contra la clase política estadounidense.
      Y todo ello combina sin renunciar al entretenimiento como otra de las razones de ser de una película, porque, como decía Billy Wilder, hay mucho pedante que confunde solemnidad y aburrimiento con trascendencia.
      Gracias por pasarte, siempre se aprecian tus palabras.

  2. ALTAICA 26 diciembre, 2011 a 20:55 #

    Maravilloso y preciso comentario sobre el cine de Capra, con el que estoy absolutamente conforme. Un lujo el “dueño” de este blog. Un abrazo y mis mejores deseos para el próximo año.

    • elcriticoabulico 27 diciembre, 2011 a 01:14 #

      ¡Muchas gracias por los elogios, que siempre sientan bien! Espero que se te de bien la salida y entrada del año, que se suele decir.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: