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Yo, el halcón

15 Dic

“Disculpen, disculpen no puedo creer que esto sea verdad. Quiero… quiero darle las gracias a Apollo por haber boxeado conmigo. Y a Mickey por haberme entrenado. Yo también os quiero a vosotros. Y sobre todo quiero darle las gracias a Dios, aparte de la noche en que nació mi hijo esta es la noche más emocionante de mi vida. También quiero decirle a mi mujer que está en casa: ¡mira Adrian, lo he conseguido!”

Rocky Balboa (Rocky II)

 

 

Yo, el halcón

 

Año: 1987.

Director: Menahem Golan.

Reparto: Sylvester Stallone, David Mendenhall, Robert Loggia, Rick Zumwalt.

Tráiler

 

 

            A finales de la década de los años ochenta, cuando Reagan dominaba la Tierra, Sly Stallone se encontraba en la cima de su popularidad, muy ligado a la filosofía que por aquel promulgaba el reaganismo reinante: la mano dura contra los enemigos del país (aquello del “imperio del mal”), la inflexibilidad hacia la rampante criminalidad en las calles y el impulso de los valores tradicionales que habían hecho grande a América, entre los que refulgía con brillo propio la creencia renovada en la posibilidad de alcanzar tus propios sueños a través del esfuerzo honrado.

Esta última, quizás una de las constantes de mayor relevancia en el cine de Stallone como creador –ya sea como guionista o director-,  es la que, por citar un ejemplo, había aupado al estrellato a este modesto secundario y actor porno italoamericano de fornidos músculos, mirada bovina y parálisis labial.

            Después de Rocky, La cocina del infierno, F.I.S.T. y el musical Rhinestone –los ochenta no son de este mundo-, Stallone seguía ofreciendo nuevas variaciones sobre ese sueño americano con Yo, el halcón, en la que aportaba protagonismo y libreto –escrito a cuatro manos junto con Stirling Silliphant– mientras que Menahem Golan, habitual productor de películas de testosterona desmadrada, entre otras la que había concedido a Stallone su penúltimo personaje mítico, John Cobra, los dólares y el talento –es un decir- en la dirección.

Stallone compone un refrito de road movie, melodrama y película de competición deportiva en el que da vida a un sufrido camionero que, como promesa a su moribunda esposa –abandonada años atrás, pero aún devotísima a su viril marido-, ha de conquistar el amor de su hijo, un niñato repelente al que acaba de conocer en persona tras (¡caracoles!) perderse su juramento como joven cadete en una escuela militar de élite, al mismo tiempo que recorre bares de carretera fraguando su leyenda de invencible luchador de pulsos y evita el acoso de su suegro, a quien el amor por su nieto ciega hasta el punto de intentar recuperarle para sí con métodos tan poco edificantes como el chantaje o el secuestro.

            El argumento habla por sí solo: tópico, ñoño, retrógrado, incoherente y delirante. Stallone se repite pese a tratar de reinventarse como serio hombre de familia. Ni importa el drama de redención del tristón camionero, capaz de conducir su tráiler mientras practica press banca, ni sus sueños de hombre humilde e íntegro en el predecible campeonato mundial de armwrestling, ni los sobadísimos traumas paternofiliales aderezados con música sensiblera y pastelosa de un crío pijo al que, en vez de enseñar rancias lecciones vitales, dan ganas de echar una mano al cuello.

No interesan porque, entre otras cosas, se conoce hasta la última palabra de cada diálogo, lo que da la impresión de que nada menos que Stallone lo está tratando de tonto a uno, aunque no se termina de saber si lo hace de manera voluntaria o no.

Aburrida, cursi, dolorosa e incluso ofensiva.

 

Nota IMDB: 4,8.

Nota FilmAffinity: 4,7.

Nota del blog: 2.

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