Dementia

13 Dic

“Intento imaginarme algo, quizás tu puedas ayudarme: Cuando una persona está loca, como es tu caso, ¿es consciente de que lo está? Imagínate por ejemplo que estás leyendo, masturbándote sobre tus heces y, de repente, te detienes y piensas… joder, realmente resulta increíble lo chiflado que estoy.”

Detective David Mills (Seven)

 

 

Dementia

 

 

Año: 1955.

Director: John Parker.

Reparto: Adrienne Barrett, Ben Roseman, Bruno VeSota, Richard Barron.

 

 

            Desde los bajos fondos de la industria, ámbito pobre en dólares y repercusión pero rico en libertad y experimentación creativa, Dementia, también conocida como La hija del terror, surgía como una interesantísima y cinéfila propuesta, mezcla de thriller criminal y terror psicológico, que trataba de bucear, con escasos medios y celuloide racionado -61 minutos en la versión original- pero enorme autonomía, talento, imaginación y respeto, entre los entresijos de una mente enferma, devastada por los impulsos homicidas y la culpabilidad.

             Dementia explora los tenues e intrincados márgenes entre realidad e imaginación y adopta para ello las hechuras del surrealismo y el expresionismo alemán -casi perdidas, marginadas y transformadas en la relativamente libre serie B- para trasladar al celuloide la pesadilla sonámbula de la psicótica protagonista y su inexorable sed de sangre, odisea en la que una histriónicamente tétrica voz guía los pasos del profano en la locura a la vez ejerce de demonio acusador.

Es el recorrido de una mente perturbada por calles sumergidas en la niebla y la sombra, entre paredes cubiertas de desconchones y suelos asolados por la basura y los charcos de una lluvia que no ha logrado limpiar la mugre, pobladas por seres esquivos y torcidos, deformes, de rostros viscosos, hostiles. Un mundo alucinado donde el diablo de las pulsiones de muerte y de los remordimientos se oculta en cada esquina.

            Esa percepción alterada impregna la pantalla de planos esquivos, perspectivas oblicuas y descentradas y percepciones adulteradas entre tinieblas que devoran rasgos y formas, con un montaje liberado que se detiene a observar seres surgidos de un mundo paralelo e irreal y una música onírica de la que surgen sonidos espectrales compuestos por expresiones sordas y ruidos sueltos, inconexos, desincronizados, arrastrados por el viento o amortiguados en la bruma, ecos en la noche sin luna.

            Una ambientación conseguida y desasosegante que se erige como principal baluarte de una cinta con leve fatiga en la penúltima escena, demasiado larga, y que, sobre todo, empeora cuando trata de ser psicológica en su afán de presentar al asesino como víctima, como producto de un pasado extraído de un manual de psicoanálisis para principiantes –padre violento, madre casquivana- pese a presentar alguna idea interesante –padre como primera víctima, transmutado luego en implacable perseguidor-, y, sobre todo, cuando esa hórrida voz en off, machachona y subrayadora, verbaliza unas sensaciones que de por sí esa atmósfera febril, malsana, inquietante, fascinante, lograba empapar en el subconsciente del espectador, si bien se trata de una añadidura que se encuentra solo en la versión posterior de 56 minutos, inexistente en la primigenia.

Una pequeña joya.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 8.  

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