Soy un fugitivo

6 Dic

“Bajo un gobierno que encarcele injustamente, el sitio adecuado para una persona justa es también la cárcel.”

Henry David Thoreau

 

 

Soy un fugitivo

 

Año: 1932.

Director: Mervyn LeRoy.

Reparto: Paul Muni, Glenda Farrell, Edward Ellis, Helen Vinson.

Tráiler

 

 

            Convertido a día de hoy en uno de los subgéneros más populares y exitosos del séptimo arte, conviene revisar los orígenes del cine de cárceles, que tiene como modelo fundacional Soy un fugitivo, película de 1932 a partir de la cual se puede considerar que surgen, con más o menos variantes, generalmente con escasas diferencias, muchas veces disimuladas bajo la tan manida excusa del “homenaje”, todas las cintas posteriores.

            Basada en la autobiografía de Robert Elliott Burns, fugado de una prisión de Georgia, Soy un fugitivo propone una amarga reflexión sobre el estado de la justicia y el sistema penitenciario estadounidense de entreguerras a partir del caso de Allen James, condenado injustamente, fugado y, de nuevo, sometido a una condena incomprensible y brutal, fuera de toda lógica y, sobre todo, contradictoria con el propósito que en teoría justifica la existencia de la cárcel en una sociedad fundamentada en el derecho de libertad del individuo: la rehabilitación y la reinserción del condenado como ciudadano de bien.

La cárcel como producto de unas instituciones y un sistema que coarta al individuo y sus derechos esenciales y  que amenaza una de las claves que se consideraba hacía grande al país: la posibilidad de conseguir el sueño americano, de alcanzar, con esfuerzo y honradez, la plenitud vital y social.

            No es en vano que las trampas del sistema se ciernan sobre un excombatiente de la Primera Guerra Mundial, decepcionado y perdido en su propia vida, que busca rehacer todo lo que el conflicto, la sinrazón inhumana más absoluta, había destruido en largos años de trinchera. Es también la problemática inmemorial del retorno a casa del soldado, desmoronado mental y moralmente, que recibe a cambio ingratitud e incomprensión; uno de los numerosos contenidos polémicos de una cinta valiente, que, aparte de ofrecer un muy entretenido espectáculo con la descripción de la vida del peso, con sus terribles condiciones y crueldad y sus planes de fuga, sabe hacia adónde apuntar en sus intenciones de compromiso y denuncia, desvelando las taras de una sociedad imperfecta, en este caso, con especial hincapié en el sentido último del sistema penitenciario, cuestionado con dureza hasta la última escena, la última devastadora frase, la que niega cualquier disculpa para el objeto de la crítica.

Eran, claro, tiempos en los que el Código Hays, redactado en 1930, no se aplicaba de manera sistemática –sería a partir de 1934-.

            LeRoy orquesta la función con ritmo férreo –aunque algo reiterativo en el uso de las elipsis-, apoyado en un guion poderoso y un Paul Muni soberbio. Un filme que aún conserva una vigencia pasmosa hasta en lo más difícil, la pervivencia de su frescura como entretenimiento, que deja, desde una mirada retrospectiva, en bastante mal lugar a casi todas las cintas posteriores del subgénero.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8.

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