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Uno, dos, tres

5 Dic

 “Billy Wilder es una mente llena de hojas de afeitar.”

William Holden

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Uno, dos, tres

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Año: 1961.

Director: Billy Wilder.

Reparto: James Cagney, Horst Buchholtz, Pamela Tiffin, Arlene Francis, Hanns Lothar, Liselotte Pulver.

Tráiler

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            En 1960, Billy Wilder, probablemente el mejor guionista de Hollywood, experto conocedor de la naturaleza humana, de sus esplendores y, sobre todo, de sus miserias, había estrenado la que se considerará la opus magna de una filmografía repleta de auténticas joyas: El apartamento. Debido a los azares de la vida, mezclados con el valor universal del humor y el drama de las películas de Wilder, El apartamento recibiría halagos incluso desde el otro lado del Telón de Acero, considerada como el ejemplo paradigmático de la opresión capitalista sobre el trabajador de a pie. Wilder contestaría que Moscú era, efectivamente, el único lugar al que no se podía extrapolar la tragicomedia de C.C. Baxter. Hubiera tenido que compartir su escueto apartamento con otras tres familias.

            Curiosamente, un año después, la crisis política de Guerra Fría y las tensiones derivadas de la dicotomía entre capitalismo y comunismo serían el fundamento de su siguiente película, Uno, dos, tres. Ambientada en el Berlín dividido –máxima expresión de un mundo bipolar-, Uno, dos, tres es de esas comedias osadas que se atreven a hacer sorna de la realidad más actual y rabiosa, de reírse de lo que no tiene ni puta gracia. Las más meritorias, dentro de una de las suertes más difíciles del mundo, donde triunfaron maravillosas cintas como El gran dictador, de Charles Chaplin, Ser o no ser, de Ernst Lubitsch, maestro de Wilder, y, tres años posterior a esta, también en esa problemática de Guerra Fría, con los terrores nucleares que amenazaban con el Apocalipsis, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, de Stanley Kubrick.

Los esfuerzos de un agente comercial de la Coca-Cola (James Cagney, al que siempre se le dio muy bien echar espuma por la boca) en el ostracismo del Berlín Occidental por reverdecer sus antiguos laureles en la compañía convierten al negocio para la expansión del refresco en el mundo soviético casi en cuestión de Estado, un problema menor en comparación con su lucha contra el cronómetro por dignificar el romance de la hija de su jefe con un joven y ferviente comunista del lado oriental antes de la llegada del mismo.

            Nada se salva de la acidez de un Wilder en estado puro, en tareas de francotirador contra el comunismo soviético, con sus apetencias materialistas propias de un capitalista corriente y corruptelas y monstruosidad leviatánica tras la fachada de la ideología de desfile y propaganda; contra el capitalismo norteamericano, con las miserias de un sistema garante de la libertad que mantiene elementos como la segregación racial o el clasismo y cuyas relaciones laborales, único tipo de relación humana existente, se basan en la servidumbre y el arribismo; y contra la sociedad alemana, el propio pueblo de Wilder, que trata de escurrir el bulto de pecados y vergüenzas pasadas tras su proverbial eficiencia y entrega al trabajo, algo muy útil en un sistema capitalista.

Parece sintomático que el principal punto de unión superficial –en el fondo todos se igualan en sus pequeñas ambiciones y patetismo humanos- sea la pasión por esculturales secretarias rubias.

Es Uno, dos, tres una película desatada, con un ritmo frenético –histérico a veces, como parte de las interpretaciones- que no deja títere con cabeza y arrolla al espectador con una densidad de vitriólica ironía que hace que no convenga perderse ni una sola línea de diálogo, que atiza con fuerza desde la primera escena hasta el último fotograma.

            No obstante, sería la propia realidad quien se reservaría la puntilla, contribuyendo en parte a la relativa infravaloración del filme durante mucho tiempo. Esta negra carcajada final fue la construcción del Muro de Berlín.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 8.

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