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Un tranvía llamado Deseo

29 Nov

“¿Me aplaudirían si fuese un buen fontanero?”

Marlon Brando

 

 

Un tranvía llamado Deseo

 

 

Año: 1951.

Director: Elia Kazan.

Reparto: Vivien Leigh, Marlon Brando, Kim Hunter, Karl Malden.

Tráiler 

 

 

            En camiseta ceñida, sudoroso, viril, con el brillo de una impetuosidad irreflenable y salvaje marcado a fuego en su mirada. Marlon Brando hacía su irrupción en la memoria colectiva del cine como mito –había debutado el año anterior con Hombres-. Para muchos, será el mejor intérprete de todos los tiempos. El Actor.

 

Venía a desterrar a los antiguos modelos de galanes de la época dorada de Hollywood. Con un magnetismo universal pero más ambiguo, más versátil, más radical, rostro visible de un estilo que llevaba al actor a desarrollar en su interior las vivencias de los personajes, en experiencias extremas y extenuantes. Dueño de un carisma arrebatador, que lo alzaría a las más altas cimas de su arte, así como a preguntarse por el sentido y el fondo de un espectáculo a menudo ingrato y vacío, a cuestionar su propio trabajo, y  a no pocos pozos de decadencia, alquilado al mejor postor, “como una puta”, según sus propias palabras.

 

            Elia Kazan hará de Brando su actor fetiche. Esta será la última película del director de origen griego antes de caer en la ignominia de las delaciones de la caza de brujas del mccarthismo.

 

            Un tranvía llamado deseo, con la que Kazan había triunfado en su traslado a las tablas de Broadway, es la adaptación de la obra de teatro homónima de Tennessee Williams, todo un dramón sureño que traslada al espectador un final, el de la cordura de Blanche DuBois (Vivien Leigh), imagen de toda una parte de la sociedad de su tiempo. La decadencia de un estilo de vida y unos valores representados en una mujer incapaz de dejar atrás un pasado que no volverá, incapaz de afrontar el presente, no digamos cualquier tipo de futuro, refugiada en el último bastión de su belleza, a punto de comenzar a marchitarse, y en el exilio forzoso en la modesta casa de su hermana en Nueva Orleans, esposa de Stanley Kowalski, brutal tirano de sentimientos ajenos, insensible, rudo, impulsivo y con el atractivo de lo indómito. El papel que había encumbrado a Brando en Broadway y que, ahora, lo haría famoso en Hollywood, con total merecimiento.

 

Una ciudad asolada por el calor de estío, donde afloran pasiones incendiadas entre seres perdidos en una moral decrépita, retratados con una crueldad inusitada, con una verborrea que desgrana antiguos rencores, viejas heridas, arcaicos pecados, ahogados en su egoísmo, en su inaguantable sufrimiento, cuya posibilidad de huida que pasa por resistir lo inaceptable o hundirse en el abismo de la locura.

 

            Kazan mantiene la esencia teatral de la obra sobre todo en el guion, denso, con largos y arrebatados –y aligerables, desde luego- soliloquios, exagerados por interpretaciones como la de la muy afectada Leigh –merecedora del Oscar y la Copa Volpi en Venecia-, para una cinta de la que no se puede negar una inmensa capacidad para provocar la sensación de claustrofobia de unos personajes al límite, cuya angustia exuda a través de poderosas imágenes que aportan lo cinematográfico, pero que, desde mi punto de vista, sufre ya un poco disfrutable acartonamiento folletinesco, cosa habitual en el melodrama clásico más exaltado (y plúmbeo).

 

            Lo mejor, Brando desde luego, clavando un personaje de una terrible violencia que va mucho más allá de lo físico.

 

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 6.

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