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Stalingrado

28 Nov

“Barro, sangre y mierda. Eso era la guerra, eso era todo, Santo Dios. Eso era todo.”

Arturo Pérez Reverte (El húsar)

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Stalingrado

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Año: 1993.

Director: Joseph Vilsmaier.

Reparto: Dominique Horwitz, Thomas Krestchmann, Jochen Nickel, Sebastian Rudolph, Karel Hermánek, Dana Vávrová.

Tráiler

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            Existen en el cine dos maneras de afrontar el drama bélico, especialmente una batalla decisiva, como esta de Stalingrado, uno de los puntos de inflexión en la Segunda Guerra Mundial: describir el sacrificio heroico del soldado a modo de epopeya, justificado en nombre de grandes e incuestionables ideales, o retratar la miseria que alberga toda guerra, sus efectos nada gloriosos, su radical absurdo. La primera suele quedar en el espectáculo patriotero y autocomplaciente, generalmente mediocre en su fondo; la segunda es capaz de entregar películas universales, joyas para el recuerdo (Sin novedad en el frente como modelo fundacional, Senderos de gloria como máxima expresión, Masacre: ven y mira, variante del descenso a los infiernos en clave más onírica, también ambientada en el frente ruso; La delgada línea roja, con una mirada más existencialista e introspectiva del hombre ante la perversión de lo humano).

            Stalingrado es una superproducción alemana -originariamente proyectada por Sergio Leone, que fallecería antes de comenzar el rodaje-, que revisa el papel del ejército alemán y sus hombres dentro del fracaso de dicha batalla, de la cual se conmemoraba entonces el cincuenta aniversario. Los boches de la Wehrmatch también tenían cara y sentimientos, aunque es difícil abordar una película desde el punto de vista de los soldados que habían encarnado el brazo fuerte del Mal con mayúsculas. Al contrario de la opción escogida por Peckinpah en La cruz de hierro, quizás la más directa inspiración del filme, donde los personajes principales se declaraban abiertamente contrarios a las doctrinas nazis dentro de ese caos que ya olía a derrota, Vilsmaier, director y guionista de la cinta, elige no hacer mención a ideologías, mostrar al combatiente como persona, con independencia del sentido último que defiende –en ambas, el militar profesional prusiano, de casta, tiene como único interés el oficio de la guerra el sustrato ideológico que le defiende-, lo que da lugar, no obstante a unos personajes bien definidos, pero también de escaso relieve, sin aristas que llamen a contradicciones internas o polémicas por el fondo que enmarca su situación.  Es el hombre solo ante el monstruo de la guerra, un gigante inclemente, poblado por bestias, asolado por los elementos, donde la esperanza es imposible y donde el heroísmo, si alguna vez lo hubo, ha quedado desterrado por lo trágico o lo penosamente ridículo.

Como Senderos de gloria, es la demostración de la ignominia que supone un conflicto bélico, imposible de ganar para ningún bando, donde nadie sale ileso aunque no sufra ni una sola magulladura. El horror no hace distinciones entre vencedores y vencidos.

            Los personajes de Stalingrado, un idealista teniente recién trasladado al frente y sus hombres, tratan de resistir a una lucha que se desarrolla tanto en el campo de batalla como en el interior de cada uno, feroz pugna que había experimentado su expresión más literal en el Platoon, de Oliver Stone, donde el Bien y el Mal, encarnados por dos superiores en rango, se disputaban el alma del soldado Chris. Sobrevivir a las balas y las bombas, conservar su humanidad como último rescoldo de su espíritu, una aspiración muchas veces contraproducente en el ejercicio de la guerra, ininteligible o aberrante para un mando fanatizado, inhumano y alejado de la realidad.

Una odisea como experiencia personal para escapar de la guerra, siempre incompatible con la integridad como ser humano, comparable a la del soldado Tamura de Nobi (Fuego en la llanura), en la que Vilsmaier no ahorra en crudeza, a veces con simple voluntad de epatar. Más sangre que no significa mayor impacto, ya que Stalingrado resulta, incluso, más complaciente con la gran audiencia que la cinta de Ichikawa, que interpelaba al espectador atacando sus vísceras, más que sus sentidos.

No obstante, no se puede negar la eficiencia de Vilsmaier para el retrato de la acción bélica, sin necesidad de batallas de masas, y su habilidad en el manejo de las emociones de sus personajes, si acaso con un discurso que hacia el final puede caer en la reiteración, con detalles de forzado melodramatismo menos inspirados.

Meritoria.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

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