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Esta tierra es mía

18 Nov

“Mi patria es el cine.”

Jean Renoir

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Esta tierra es mía

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Año: 1943.

Director: Jean Renoir.

Reparto: Charles Laughton, Maureen O’Hara, George Sanders, Una O’Connor, Kent Smith, Walter Slezak, Thurston Hall, Philip Merivale.

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            De poco sirvió la llamada a la concordia entre naciones de La gran ilusión, donde reflejaba sus propias experiencias como soldado en la Primera Guerra Mundial. Jean Renoir observó impotente cómo solo dos años después, en 1939, la devastación prometía devorar de nuevo Europa. Así, concluye su etapa frentepopulista, que poseía en su interior un comprometido optimismo vitalista; entrega una última película francesa, La regla del juego, con un significado más trágico a pesar de sus inicios de comedia, y se exilia a Hollywood, camino que muchos otros prestigiosos autores europeos, con los alemanes en primer lugar, habían emprendido años antes. Comienza entonces una serie de películas que, según los entendidos, no logran alcanzar la expresividad, la personalidad o la trascendencia de su obra pretérita.

Esta tierra es mía no es el mejor ejemplo para confirmar dicha tesis.

             La película recoge como punto de partida el monumento a los soldados caídos en la Primera Guerra Mundial, aquellos cuyo mensaje había sido ignorado en La gran ilusión. Es 1943, con Hitler en la cima de un poder que, a partir de ese momento, le iba llegar el comienzo de su declive; un año en el que los Estados Unidos se encontraba ya inmerso del todo en el conflicto tras su ingenua neutralidad inicial, lo que se evidenciaba también en el posicionamiento mucho más decidido que transmitían las películas y documentales del momento (Por qué peleamos, Casablanca, Objetivo: Birmania,…). Estamos ante un pueblo genérico, extensible a cualquier localidad europea sometida al yugo nazi, un invasor que, pese a la violencia de su conquista, trata de crear una falsa normalidad desde la conservación del orden y los poderes tradicionales, vestir una piel de cordero hecha de civismo y racionalidad frente a unos actos de insurgencia que crean reacciones dispares entre la población ocupada.

El protagonista, Albert Lory (Charles Laughton), el maestro de escuela, es un hombre incompleto, sometido a la tiranía de una madre sobreprotectora, incapaz de imponer su personalidad siquiera a los niños, que se deja llevar por los acontecimientos como mero espectador e incapaz siquiera de demostrar su amor a la joven profesora Louise (Maureen O’Hara). Esta, en cambio, es una mujer fuerte y decidida, representación junto con su hermano de la resistencia activa de palabra y de hecho. Otros, como George Lambert (George Sanders) y el alcalde Manville (Thurson Hall), representan los poderes históricos del pueblo, el económico y el político, plegados al invasor en una supuesta y razonada defensa del bienestar común, de la opción menos mala, que no oculta sino el primitivo egoísmo autoconservador de las élites, presente también en el común del hombre, como ejemplifica esa madre, terrenal y amorosa en exceso, hecho que le convierte en corta de miras, si no ciega. En el lado opuesto se sitúa el profesor Sorell (Philip Merivale), garante de la cultura, lúcido intelectual que es consciente de que la guerra se gana con el futuro, y que ese futuro son los niños, cuyo espíritu se decanta de un lado u otro, con la espectacularidad del poder marcial y la fuerza de la masa irracional o con el convencimiento desde la moral, la educación, la razón y el sentimiento en defensa de los valores humanos, un heroísmo más difícilmente identificable.

            No son personajes vacíos, ni planos, sino seres tridimensionales, complejos, siempre cargados de sus propias razones, a veces erradas, como es lógico en seres humanos. Los buenos no son héroes de folletín y ni siquiera esas hordas conquistadoras son monstruos sangrientos o máquinas sin rostro. Creen en unos principios, se sustenta en el deontologismo, en el bien para la mayoría. El mayor von Keller (Walter Slezak) busca la paz después de la (mortífera) victoria, si bien siempre acotada dentro de las formas que el nuevo régimen considera convenientes. Los soldados rasos cumplen órdenes, pero son afables con aquellos que colaboran con la causa. Ninguno tiene la inconsciencia del fanático.

            La previsibilidad del argumento –aunque eran tiempos estos en los que convenía decir ciertas cosas altas y claras, cosa que se le puede acusa en parte del final-, con el protagonista cobarde que habrá de devenir en hombre de coraje y compromiso por medio de la adquisición de una conciencia del deber y la responsabilidad moral y social, pero que emplea en principio, causa que parece egoísta, el amor como elemento catalizador –también es la parte que peor encaja en la trama-; queda anulada por un desarrollo natural en la evolución del personaje, sin trampas o imposturas.

Una llamada de atención, un recuerdo y  reconciliación con los valores sociales y humanos inexcusables en la sociedad civilizada, sin descuidos ni concesiones por parte de los honrados Lambert o los deshonestos Manville -y viceversa- del mundo.

Imprescindible.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 10.

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