Archivo | septiembre, 2011

The Doors

23 Sep

“Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es, infinito.”

William Blake

 

 

The Doors

 

Año: 1991.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Val Kilmer, Meg Ryan, Kyle MacLachlan, Frank Whaley, Kevin Dillon.

Tráiler

 

 

            Oliver Stone, realizador siempre fascinado por las personalidades sociales preeminentes y los efectos del poder en el ser humano en todas sus formas, buscará adentrarse en la vida de uno de los mitos del productivo rock de la California de finales de los sesenta: Jim Morrison, líder de The Doors, fulgurante estrella fugaz fallecida en 1971 a la edad maldita de los músicos, 27 años.

            Objeto de su interés por su incansable búsqueda de sí mismo, un camino que transcurre paralelo al que lleva a su autodestrucción pese a su consideración casi heroica, de divinidad clásica, Stone, con su estilo poco contenido, menos videoclipero de lo que se podía esperar para el reflejo de la vida de un cantante y grupo de música y nada efectivo en sus propósitos de ilustrar obsesivamente la percepción alterada de Morrison, realiza un retrato a brochazos del genio, eligiendo lo más vacuo pero más efectista, la anécdota espectacular sobre la esencia sutil, lo burdo sobre lo complejo, para mostrar en pantalla un fantoche perdido en su propia vida, símbolo de una época confusa, en constante persecución de la realidad última o la muerte y que, parece que por casualidad, revoluciona la música, a través de poemas, whiskey y peyote.

Un payaso descontrolado que recorre su existencia entre delirium tremens y conflictos amorosos con la princesa de lo ñoño, Meg Ryan, y al que, hay que reconocer, tampoco ayude una pésima traducción y un mal doblaje –era, probablemente, una de esas películas que en ningún caso deberían ser dobladas-, cosa hace difícil juzgar la actuación de un Val Kilmer que imita bastante bien las actuaciones y las pelucas de Morrison.

            Una película poco recomendable como acercamiento al grupo californiano y a su legendario y torturado líder –mucho mejor será el documental When You’re Strange de Tom DiCillo, más contextualizado y con más matices, más rico, más potente-, que contaría tan solo con la complacencia de John Densmore dentro de entre sus miembros, quien era precisamente el más alejado y el que más reacio se sentía de lo que representaba Morrison –también el único de sus que colaborará con Stone en la realización del filme-.

Y lo imperdonable es que, finalmente, sea un filme aburrido sobre uno de los conjuntos más apasionantes de la música.

Eso sí, la banda sonora es cojonuda, qué menos.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 3.

Cartas desde Iwo Jima

22 Sep
“Estamos aquí para defender esta isla al límite de nuestra fuerza. Debemos dedicarnos a esa tarea enteramente. Cada uno de tus tiros debe matar a muchos americanos. No podemos permitirnos que nos capturen el enemigo. Si sobrepasan nuestras posiciones, tomaremos bombas y granadas y nos lanzaremos debajo de los tanques para destruirlos. Infiltraremos las líneas del enemigo para exterminarlo. Ningún hombre debe morir hasta que él haya matado por lo menos a diez americanos. Acosaremos el enemigo con acciones del guerrilla hasta que el último de nosotros haya fallecido. ¡Viva el emperador!”

Tadamichi Kuribayashi

 

 

Cartas desde Iwo Jima

 

Año: 2006.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Ken Watanabe, Kazunari Ninomiya, Tsuyoshi Ihara, Ryo Kase, Shidou Nakamura.

Tráiler

 

 

             Cartas desde Iwo Jima cierra el díptico sobre la famosa batalla de Iwo Jima, perteneciente a la campaña del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial, iniciada por Clint Eastwood con Banderas de nuestros padres, a la que complementa a la perfección con el ofrecimiento, en este caso, del punto de vista de los aguerridos combatientes nipones.

             La película, con historia y guion de la japonesa Iris Yamashita en colaboración con Paul Haggis, habitual de Eastwood y ya presente en la primera parte, basándose en el libro original que recopila las misivas del general Tadamichi Kuribayashi, también protagonista del filme, se centra casi en exclusiva en el momento previo y en el desarrollo de la defensa de Iwo Jima, apenas con los saltos temporales que estructuraban la anterior.

            La película pone rostro humano al aterrador enemigo que acribillaba sin piedad a los valientes marines de Banderas de nuestros padres. No son más que otras víctimas de la locura de la guerra, muchachos en defensa de su país sometidos a una dirección incompetente e incapaz y encadenados a estrictos códigos de honor que exigen vencer o morir, que no dejan otra opción que entregar la vida en sangrienta ofrenda por la dudosamente legítima causa superior; hechos que el recién llegado general Kuribayashi (Ken Watanabe, tan acertado como siempre) tratará de suavizar con la mayor carga de humanidad y racionalidad posible ante la oposición de no pocos de sus compañeros de cuartel, más tradicionales e intransigentes.

Es el retrato de unos jóvenes que sobreviven a la insoportable tensión que anticipa una batalla perdida de antemano, el horror latente, hombres sostenidos por el fatalismo estoico de quien se sabe muerto, la tranquila desesperación de que, pese a la más que probable inutilidad de su sacrificio extremo, es lo único que pude y debe hacerse. O no.

            Cartas desde Iwo Jima es una cinta más difícil que Banderas de nuestros padres, con una igualmente elegante y efectiva puesta en escena, marca de la casa de un narrador clásico, sobrio y que siempre sabe supeditarse a la historia en cuestión como Clint Eastwood; un mejor en el manejo de las emociones de sus personajes, a pesar de que estos tampoco terminen de ser demasiado complejos y, por otra parte, la duración del filme se antoje excesiva.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

Banderas de nuestros padres

21 Sep

“Recuerdo lo que respondía a mi nieto cuando preguntó ‘Abuelo, ¿fuiste un héroe en la guerra?’ ‘No, pero luché en compañía de héroes’.”

Richard D. Winters

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Banderas de nuestros padres

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Año: 2006.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Ryan Phillippe, Jesse Bradford, Adam Beach, Barry Pepper, Jamie Bell, Paul Walker.

Tráiler

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           Clint Eastwood se disponía a rendir su particular homenaje a los veteranos de la campaña del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial llevando a la pantalla el libro del escritor y periodista Ron Powers y James Bradley, descendiente de uno de los marines protagonistas del argumento, incluso caracterizado en el filme, con Steven Spielberg en la producción, una nueva muestra de su compromiso con el tema, como también fueron su trabajo tras las cámaras en Salvar al soldado Ryan, revisión del heroicismo, humanismo y compañerismo de unos marines en misión de rescate suicida en el horror extremo del conflicto, y su labor como productor en series como Hermanos de sangre y The Pacific, fieles reproducciones de las campañas en Europa y el Pacífico del ejército norteamericano, siempre desde el punto de vista de la persona como parte de un contingente que entrega su vida por una causa justa.

            Con Banderas de nuestros padres, Eastwood procede a retratar la historia de una fotografía, la famosa imagen del alzado de bandera entre varios soldados en la hostil isla japonesa de Iwo Jima; el making off de un mito, la dura verdad tras la leyenda, de nuevo las personas tras los héroes; por medio de tres líneas de tiempo: el periodista que recaba información del evento, hijo de uno de los retratados; la vuelta a casa de lo soldados de la foto para recaudar fondos de guerra, y los recuerdos bélicos que les sobrevienen a la mente como pesadillas, como estallidos en la tormenta.

            Como en Salvar al soldado Ryan y, sobre todo, Hermanos de sangre, el contingente de soldados queda descrito en su esencia humana, fraternal, a través de la combinación entre jocosas anécdotas y chascarrillos militares y la posterior manifestación de su vulnerabilidad en batalla, una lucha terrible que, como las anteriores, recurre al hiperrealismo más extremo, frenético y espectacular, capaz de provocar escalofríos al más pintado.

Una acumulación de acciones bélicas en las que aún sobrevive el halo de pesimismo que rodea toda la obra y que se hace aún más evidente en esos presuntos héroes que vuelven momentáneamente a casa para seguir con la batalla en otro terreno, el de los corazones y las carteras de una sociedad cínica y necesitada de símbolos heroicos para volver a confiar en los valores humanos que llamaban a la inexcusable lucha.

La sociedad de la imagen y el mercado que exprimirá hasta la última gota a tres jóvenes que representan tres tipos de actitud: el oportunismo para aprovechar en lo posible la popularidad, el intento de mantener toda la dignidad posible sabiéndose un farsante por el bien de los lejanos hermanos de sangre, intentando pasar página con el mayor estoicismo posible, o, simplemente, la incapacidad de sobreponerse a hacer cualquier uso de los compañeros perdidos, dejándose arrastrar hasta la total autodestrucción por los fantasmas de la guerra.

            La cinta busca unas pretensiones de profundidad que no se terminan de cumplir pese a su cierta carga de crítica social por esa idea de homenaje sincero y respetuoso a los caídos, sentida y facilona perorata final incluida, repetición de la fórmula hagiográfica de las ya mencionadas series de la HBO, un gran ejercicio de documentación y crudeza militar casi documental pero planas y aburridas, sin mayor interés e intención que eso, la loa al valor de unos combatientes de una guerra que, dentro de la dificultad de calificar como justo a un conflicto armado, este sí lo mercería claramente, del mismo modo que todo reconocimiento social a su sacrificio.

Más sutil y elegante es la dirección de un Clint Eastwood que, a mi juicio, da lo mejor de sí mismo en las historias engañosamente denominadas “pequeñas”.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6.

Compañías mortales

18 Sep

“Lo que aprendí de Compañías mortales es que nunca tienes que aceptar dirigir una película si no tienes el control del guion. Desde entonces, he aprendido que a veces ni eso basta.”

Sam Peckinpah

 

 

Compañías mortales

 

Año: 1962.

Director: Sam Peckinpah.

Reparto: Brian Keith, Maureen O’Hara, Steve Cochran, Chill Wills.

 

 

 

            Sam Peckinpah hacía su irrupción en la gran pantalla con Compañías mortales tras su experiencia como segunda unidad de Don Siegel y como director de varios capítulos de seriales del Oeste para la televisión, espacio donde el género parecía quedar cada vez más restringido, inmerso en un proceso de decadencia que solo autores como Peckinpah pudieron retrasar con dignidad, si bien alejándose de muchos de los códigos clásicos.

            Compañías mortales es un western de escaso presupuesto, lo que revierte en su pobreza visual general, y que desarrolla la historia de un hombre con heridas de guerra aún sin cicatrizar física y moralmente, que ha hecho de la búsqueda de venganza su vida. Un individuo misterioso que elige, bien por azar, bien por ocultas intenciones, a dos insólitos secuaces de correrías en lo que supuestamente sería el robo del banco de una pequeña localidad de Arizona: un pistolero joven, arrogante y mujeriego y un desequilibrado y brutal desertor del ejército confederado. Pero un desgraciado accidente en el que por su culpa fallece un niño le lleva a cambiar de planes para acompañar en su viaje fúnebre a la madre del muchacho, una mujer que, como el protagonista, también se encuentra herida y abandonada pero que intenta mantener su orgullo y su integridad a duras penas; una prostituta-santa que es símbolo, como es frecuente en el cine de Bloody Sam, de una inesperada oportunidad de redención y vuelta a una vida que se creía perdida irremisiblemente.

            Lo que parece sobre el papel un relato con posibilidades queda truncado por un guion tremendamente inconsistente, con fallos de lógica elementales y errores de continuidad en su desarrollo pantalla, libreto sobre el que Peckinpah careció totalmente de control, sometido a una producción que hizo y deshizo a su antojo, para mal del filme.

Por su parte, el californiano hace lo que puede con una historia condenada al fracaso, dando muestras de una destacable capacidad para exprimir notas de amarga poesía de los conflictos personales de unos seres sin futuro, extraños compañeros en su desesperación.

Aún así, no será suficiente para levantar la película.

 

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 5,1.

Nota del blog: 4.

Motín a bordo

17 Sep

“No hay viento favorable para el barco que no sabe adónde va.”

Séneca

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Motín a bordo

Año: 1984.

Director: Roger Donaldson.

Reparto: Anthony Hopkins, Mel Gibson, Tevaite Vernette, Daniel Day-Lewis, Bernard Hill, Liam Neeson, Laurence Olivier.

Tráiler

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            Hasta en cuatro ocasiones había sido ya llevado al cine el motín del buque armado de su majestad Bounty, acontecido en 1789, desde una versión silente australiana en 1916, pasando por el debut en pantalla de Errol Flynn en In the Wake of the Bounty en 1933, hasta las dos cintas más populares, La tragedia de la Bounty, dirigida en 1935 por Frank Lloyd y protagonizada por Charles Laughton y Clark Gable¡sin bigotito!– como el capitán Blight y el primer oficial Christian respectivamente, y Rebelión a bordo, de 1962, con Lewis Milestone en la dirección -como reemplazo del agotado Carol Reed– y papeles principales para Trevor Howard y Marlon Brando, que convirtió el rodaje en un ejercicio de egomanía.

            Motín a bordo, la versión que nos ocupa, supone el salto a las producciones hollywoodienses de Roger Donaldson, australiano procedente del cine de Nueva Zelanda, donde había sido uno de los miembros fundadores del New Zealand Film Commision, el principal organismo del Séptimo Arte del país.

Con un presupuesto holgado, Donaldson se hace cargo de esta quinta versión con el objetivo de conseguir una película más ajustada a la realidad histórica que las anteriores, lo que se pretende obtener, aparte de superando el cartón piedra, los decorados tropicales de estudio y los actores disfrazados de indígenas, reduciendo la carga maniquea y melodramática del relato a través de suavizar los personajes del capitán Blight, no presentado ya como un auténtico déspota de cubierta, y un primer oficial Christian al que por su parte se lima su carácter de héroe romántico, incluso con relación de amistad en un inicio, personajes entregados al británico Anthony Hopkins y a la principal estrella en ciernes procedente del país austral, Mel Gibson, también debutante en el cine estadounidense.

En cambio, no varía la tensión y lucha psicológica y moral entre ambos, insoportable en un espacio tan febril y claustrofóbico como el de un barco, como se escenifica en otras obras desarrolladas en ambientes marineros como el Billy Budd, marinero de Herman Melville, llevado a la gran pantalla en La fragata infernal. Un enfrentamiento entre el ambicioso e inflexible Bligth y el valeroso y pasional Christian, acaso representantes del choque paralelo entre los corsés de lo civilizado y la libertad del buen salvaje, que despertará con el contacto entre la tripulación y los nativos de Tahití, uno de los puntos clave en su ruta, un encuentro en el que se intercambian saludos de amistad, cuerpos esculturales semidesnudos y flores y frutos tropicales por lujuria y salvas de cañones.

Como en la obra de Melville, con el rencor del reprimido y tiránico suboficial Claggart hacia el libre y bondadoso Billy Budd, la civilización, altanera y rígida, teme y rehuye, escondido tras una eufemística “fuerza de carácter”, la felicidad que se obtiene por los sentimientos, por vivir la vida sin el prejuicio y las ataduras de los valores creados por ella. Porque qué ser humano en sus cabales, en plena posesión de los sentimientos más básicos y naturales al hombre, podría resistirse a esa oferta de Paraíso.

            En mi opinión, Motín a bordo sabe conservar el sabor de los clásicos a través del buen hacer de Donaldson, con un sentido de aventura marinera que explota, para mayor realismo, las posibilidades técnicas alcanzadas ya en aquel entonces y unas hermosísimas localizaciones, y un guion aceptable al que en todo caso se le puede achacar que sus protagonistas, sobre todo Christian, algo desdibujado en ocasiones, hayan cedido parte de su profundidad en esa búsqueda de verosimilitud histórica y huida de lo melodramático, quizás, al mismo tiempo, también de lo cinematográfico.

Destaca un reparto en el que, pese a no ser ni Laughton, ni Brando, el duelo Hopkins-Gibson mantiene un notable nivel.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 8.

La última ola

16 Sep

“La inutilidad del primer diluvio es lo único que impide que se nos envíe otro.”

Nicolas Chamfort

 

 

La última ola

 

Año: 1977.

Director: Peter Weir.

Reparto: Richard Chamberlaine, Olivia Hamnett, David Gulpilil, Nandjiwarra Amagula.

Tráiler

 

 

            Ya asentado como una de las más firmes promesas del emergente panorama cinematográfico de las antípodas, Peter Weir repetía con La última ola, como en su anterior Picnic en Hanging Rock, con una intriga de ambiente propiamente australiano y corte sobrenatural, más evidente en esta ocasión.

           Un abogado (un acertado Richard Chamberlain, toda una estrella televisiva en los Estados Unidos) se enfrenta a sus propios sueños premonitorios y a su propia naturaleza de la mano de su intervención en el supuesto asesinato tribal de un aborigen en la civilizada Sidney, unas intuiciones envueltas en un tiempo atípicamente tormentoso que parecen vaticinar la llegada de una catástrofe de dimensiones apocalípticas, signo del eterno retorno de una Tierra, de lo superior al ser humano, que se perpetúa a su vez en sus ciclos vitales.

            Weir compone un sugerente misterio –si bien el recurso a la sensibilidad y conexión esotérica de los nativos frente al hombre “civilizado” es un recurso demasiado visto en el cine de todo el mundo- que conjuga una lograda e hipnótica ambientación y puesta en escena junto con un guion que consigue cautivar la atención del espectador, sumamente efectivo en la dosificación del suspense –pese a decaer algo en los momentos finales, más acelerado pero menos interesante- y en el que, además, se recoge con acierto el conflicto racial de una Australia que aún camina entre el arrepentimiento por actitudes pasadas, el paternalismo derivado de ello y la desconfianza subconsciente hacia una población nativa sumida en la miseria y aún castigada y marginada que no comprenden y, por tanto, temen, todavía percibida como salvaje y extraña.

Recomendable.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Doctor Cíclope (Dr. Cyclops)

15 Sep

“Cuán terrible es lo que los científicos guardan en sus portafolios.”

Nikita Jrushchov

 

 

Doctor Cíclope (Dr. Cyclops)

 

Año: 1940.

Director: Ernest B.Schoedsack.

Reparto: Albert Dekker, Janice Logan, Thomas Coley, Charles Halton, Victor Kilian, Frank Yaconelli.

Tráiler

 

 

           La Paramount se disponía con Dr. Cyclops a dar un paso adelante frente a sus competidoras en cine de aventuras, temática de enorme popularidad en este momento, y de ciencia ficción, campo abonado para la serie B y las producciones low cost, a través de la técnica, es decir, sumando a las aventuras exóticas en territorios selváticos e indómitos y a los pérfidos experimentos científicos el empleo del technicolor y la exhibición de unos efectos especiales sin parangón, pese a que coincidiría en ese mismo año con la espectacular El ladrón de Bagdad, de producción británica, que arrasaría en los Oscar con los galardones a Mejor fotografía en color, Mejor dirección artística en color y Mejores efectos especiales, derrotando precisamente a esta.

           Dr. Cyclops, una película que presenta elementos arquetípicos como el científico loco, el germánico doctor Thorkel (Albert Dekker), con un aspecto similar al por entonces ya siniestro pero aún no enemigo declarado de los EEUU Heinrich Himmler, que desde sus dominios aislados de la civilización –y de sus valores-, en este caso la jungla amazónica de un Perú lleno de nativos con sombrero y acentos mexicanos, amenaza el devenir de la humanidad con sus experimentos –el uso del radio para modificar y reducir a su antojo toda forma de vida-, cosa que habrán de evitar un heterogéneo grupo conformado por un experimentado científico, una bella auxiliar de microscopio, un apuesto y haragán geólogo, el minero dueño de una recua de mulas y el servidor del buen doctor Thorkel, natural del lugar y, por supuesto, bufonesco y más bien estúpido, en lo que supone casi una revisitación, como se admitirá en el propio filme, del pasaje de Ulises y el cíclope Polifemo –de ahí el título- de la Odisea.

            Al igual que muchas de las superproducciones comerciales de hoy en día, Dr. Cyclops, pese a contar con un director ducho en el terreno de la aventura como Ernest B.Schoedsack, centra principalmente su esfuerzo en ese desarrollo de la espectacularidad visual, con su condición de primera película de ciencia ficción rodada en technicolor de tres colores y con el empleo de esos ricos efectos especiales, basados en el montaje superpuesto de planos para aparentar la diferencia de tamaños, recurso que incluso había sido experimentado ya por Méliès en El hombre de la cabeza de goma de ¡1901! y que, en cuanto al tema de la reducción de seres humanos, alcanzará mayor popularidad con El increíble hombre menguante, nada menos que diecisiete años posterior.

            Esto quiere decir que el argumento de Dr. Cyclops se reduce a apoyar esa ostentosidad de efectos –para la época, claro-, con un tono de aventura-ciencia ficción para todos los públicos que resulta en una cinta bastante convencional, simplona, ingenua y con no pocas lagunas de guion, dedicado al entretenimiento sin mayor trascendencia.

Poco más que una película con un bonito coloreado.

 

Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 4. 

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