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Quemada!

11 Ago

“En las revoluciones hay dos clases de personas; las que las hacen y las que se aprovechan de ellas.”

Napoleón Bonaparte

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Quemada!

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Año: 1969.

Director: Gillo Pontecorvo.

Reparto: Marlon Brando, Evaristo Márquez, Renato Salvatori, Norman Hill.

Opening

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             Gillo Pontecorvo, cuya filmografía presenta en su mayor parte documentales, ya había dado muestras de su firme compromiso de izquierdas desde su debut con Prisioneros del mar hasta los filmes que le había otorgado reconocimiento internacional: Kapò, sobre los campos de exterminio nazi, y La batalla de Argel, a propósito de la descolonización de la Argelia francesa; siempre con el apoyo en la lituratura de Franco Solinas, sea como guionista, sea como escritor o sea como ambos, como en este caso.

             Con Quemada!, Pontecorvo retomaba precisamente este tema de la descolonización, coincidiendo con una época en la que el proceso de desmembramiento de los grandes y caducos imperios coloniales era ya continuo e inevitable, al mismo tiempo que se sucedían procesos de neocolonialismo, más subrepticios pero sin duda similares, derivados de los movimientos de la política internacional de Guerra Fría (Vietnam, Europa del Este, gobiernos-títere de los norteamericanos en Centroamérica, procesos revolucionarios de inspiración y subvención soviética en África, luego la infructuosa invasión de Afganistán, etcétera).

             Así pues, Pontecorvo usa la figura de William Walker (Marlon Brando), enviado del almirantazgo inglés a la (imaginaria) isla caribeña de Queimada, para volcar en la pantalla su discurso acerca de los procesos revolucionarios auspiciados por las grandes potencias, apoyos que no hacen sino esconder sus propios intereses coloniales; un personaje inspirado, al menos en el nombre, en uno de los llamados filibusteros norteamericanos –aventureros y mercenarios privados destinados a ejecutar el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe estadounidense de manera extraoficial- que participaron en las independencias de varias regiones del continente en el siglo XIX.

Un contenido y más que correcto Marlon Brando envuelve en un halo de decepción y pesimismo la mirada de un personaje que es un cirujano de las revoluciones, un hacedor de independencias al servicio de la corona británica –más tarde de la compañía inglesa de explotación de caña de azúcar, que no es muy distinto-, pragmático y en cierta manera vacío -de lo cual es consciente, de ahí su trasfondo de tristeza-, entregado a su trabajo, empleando a las personas sobre el escenario de las rebeliones y luchas como piezas de ajedrez en el tablero, como es el caso de José Dolores (sorprendente Evaristo Márquez, sin experiencia de actor, elegido por Pontecorvo en el mismo lugar de rodaje), aparentemente un isleño más pero iluminado un aura de carisma especial que servirá a Walker para crear la revolución sobre sus hombros.

            De esta manera, Pontecorvo expone su visión de las revoluciones románticas latinoamericanas del siglo XIX –esta en particular toma algunos rasgos de la independencia de Haití-, siempre con el pueblo inevitablemente oprimido entre el juego de las grandes naciones coloniales y la plutarquía imperante con sus egoístas señores, tiranos y caciques locales; el idealismo romántico e ingenuo aniquilado por los intereses de los mercados internacionales y su propio alejamiento de la realidad del pueblo llano; el empleo y luego vana destrucción de títeres al servicio de intereses ajenos a la causa,… expresado con recursos que hacen patente el origen como documentalista de su autor, evidente en pasajes didácticos como la aparición de personajes –o de voz en off– que explican directa o indirectamente al espectador la situación y las causas y procesos que concurren en ella, sin caer nunca en la machaconería o el simplismo pueril.

             Sería injusto acusar a Pontecorvo de miedo o falta de riesgo en rodar escenas de acción –robo, batallas-, puesto que los desastres de la guerra quedan ya bien representados en esas imágenes de miseria, destrucción y cadáveres, a la vez que la espectacularidad no es el objetivo del autor, sino expresar un mensaje a través de una película que, a pesar de tardar un poco en entrar en calor y poseer cierta tendencia discursiva, desde su claro posicionamiento ideológico, siempre muestra una enorme lucidez, enjundia, precisión, y, aún en la actualidad, una vigencia fuera de toda duda.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8,5.

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